VIA CRUCIS

Texto de las meditaciones escritas el año 2000 por Juan Pablo II

 

ORACION INICIAL

En el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo.

R/. Amén.

 

"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese así mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16, 24).

 

Viernes Santo por la tarde. Desde hace veinte siglos, la Iglesia se reúne esta tarde para recordar y revivir los acontecimientos de la última etapa del camino terreno del Hijo de Dios. Hoy, como cada año, la Iglesia que está en Roma se congrega en el Coliseo para seguir las huellas de Jesús que, "cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota" (Jn 19, 17).

 

Estamos aqu�, conscientes de que el Viacrucis del Hijo de Dios no fue simplemente el camino hacia el lugar del suplicio. Creemos que cada paso del Condenado, cada gesto o palabra suya, así como lo que han visto y hecho todos aquellos que han tomado parte en este drama, nos hablan continuamente. En su pasión y en su muerte, Cristo nos revela también la verdad sobre Dios y sobre el hombre.

 

En este año jubilar queremos reflexionar con particular intensidad sobre el contenido de aquellos acontecimientos, para que nos hablen con renovado vigor a la mente y al corazón, y sean así origen de la gracia de una auténtica participación.

 

Participar significa tener parte. �Qué quiere decir tener parte en la cruz de Cristo? Quiere decir experimentar en el Espíritu Santo el amor que esconde tras de sí la cruz de Cristo. Quiere decir reconocer, a la luz de este amor, la propia cruz. Quiere decir cargarla sobre la propia espalda y, movidos cada vez más por este amor, caminar... Caminar a través de la vida, imitando a Aquel que "soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios" (Hb 12, 2).

 

 

ORACION
 

Se�or Jesucristo, colma nuestros corazones con la luz de tu Esp�ritu Santo, para que, sigui�ndote en tu �ltimo camino, sepamos cu�l es el precio de nuestra redenci�n y seamos dignos de participar en los frutos de tu pasi�n, muerte y resurrecci�n. T� que vives y reinas por los siglos de los siglos.

        R/. Amén.

 

I ESTACIÓN
JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Con esto, el procurador romano consideró terminado el interrogatorio. Volvió a salir donde los judíos y les dijo: "Yo no encuentro ningún delito en él" (cf. Jn 18, 37-38). El drama de Pilato se oculta tras la pregunta: "�qué es la verdad?".

 

No era una cuesti�n filos�fica sobre la naturaleza de la verdad, sino una pregunta existencial sobre la propia relaci�n con la verdad. Era un intento de escapar a la voz de la conciencia, que ordenaba reconocer la verdad y seguirla. El hombre que no se deja guiar por la verdad, llega a ser capaz incluso de emitir una sentencia de condena de un inocente.

 

 

 

 

 

Los acusadores intuyen esta debilidad de Pilato y por eso no ceden. Reclaman con obstinación la muerte en cruz. Las decisiones a medias, a las que recurre Pilato, no le sirven de nada. No es suficiente infligir al acusado la pena cruel de la flagelación. Cuando el Procurador presenta a la muchedumbre a un Jesús flagelado y coronado de espinas, parece como si con ello quisiera decir algo que, a su entender, debería doblegar la intransigencia de la plaza. Señalando a Jesús, dice: "Ecce homo!". "Aquí tenéis al hombre".

 

Pero la respuesta es: "�Crucifícalo, crucifícalo!". Pilato intenta entonces negociar: "Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en él" (cf. Jn 19, 5-7).

 

Está cada vez más convencido de que el imputado es inocente, pero esto no le basta para emitir una sentencia absolutoria. Entonces, los acusadores recurren a un argumento decisivo: "Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César" (Jn 19, 12). Es una amenaza muy clara. Intuyendo el peligro, Pilato cede definitivamente y emite la sentencia, si bien con el gesto ostentoso de lavarse las manos: "Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis" (Mt 27, 24). Así fue condenado a la muerte en cruz Jesús, el Hijo de Dios vivo, el Redentor del mundo.

 

A lo largo de los siglos, la negaci�n de la verdad ha generado sufrimiento y muerte. Son los inocentes los que pagan el precio de la hipocres�a humana. No bastan decisiones a medias. No es suficiente lavarse las manos. Queda siempre la responsabilidad por la sangre de los inocentes. Por ello Cristo implor� con tanto fervor por sus disc�pulos de todos los tiempos: Padre, "Santificalos en la verdad: tu Palabra es verdad" (Jn 17, 17).

 

 

ORACION
 

Cristo, que aceptas una condena injusta, conc�denos, a nosotros y a los hombres de todos los tiempos, la gracia de ser fieles a la verdad y no permitas que caiga sobre nosotros y sobre los que vendr�n despu�s de nosotros el peso de la responsabilidad por el sufrimiento de los inocentes. A ti, Jes�s, Juez justo, honor y gloria por los siglos de los siglos.

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

 

II ESTACIÓN
JESÚS CARGA CON LA CRUZ A CUESTAS

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

 La cruz. Instrumento de una muerte infame. No era l�cito condenar a la muerte en cruz a un ciudadano romano: era demasiado humillante. Pero el momento en que Jes�s de Nazaret carg� con la cruz para llevarla al Calvario, marc� un cambio en la historia de la cruz. De ser signo de muerte infame, reservada a las personas de baja categor�a, se convierte en llave maestra. Con su ayuda, de ahora en adelante, el hombre abrir� la puerta de las profundidades del misterio de Dios. Por medio de Cristo, que acepta la cruz, instrumento del propio despojo, los hombres sabr�n que "Dios es amor".

 

 

Amor inconmensurable: "Porque tanto am� Dios al mundo que dio a su Hijo �nico, para que todo el que crea en �l no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

 

Esta verdad sobre Dios se ha revelado a trav�s de la cruz. �No pod�a revelarse de otro modo? Tal vez s�. Sin embargo, Dios ha elegido la cruz. El Padre ha elegido la cruz para su Hijo, y el Hijo la ha cargado sobre sus hombros, la ha llevado hasta el monte Calvario y en ella ha ofrecido su vida. "En la cruz est� el sufrimiento, en la cruz est� la salvaci�n, en la cruz hay una lecci�n de amor. Oh Dios, quien te ha comprendido una vez, ya no desea ni busca ninguna otra cosa" (Canto cuaresmal polaco). La Cruz es signo de un amor sin l�mites.

 

ORACION
 

Cristo, que aceptas la cruz de las manos de los hombres para hacer de ella un signo del amor salvífico de Dios por el hombre, concédenos, a nosotros y a los hombres de nuestro tiempo la gracia de la fe en este infinito amor, para que, transmitiendo al nuevo milenio el signo de la cruz, seamos auténticos testigos de la Redención. A ti, Jesús, Sacerdote y Víctima, alabanza y gloria por los siglos de los siglos.

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

 

III ESTACIÓN
JESÚS CAE POR LA PRIMERA VEZ

 

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

 "Dios carg� sobre �l los pecados de todos nosotros" (cf. Is 53, 6). "Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros" (Is 53, 6). Jesús cae bajo el peso de la cruz. Sucederá tres veces durante el camino relativamente corto de la "vía dolorosa". Cae por agotamiento. Tiene el cuerpo ensangrentado por la flagelación, la cabeza coronada de espinas. Le faltan las fuerzas. Cae, pues, y la cruz lo aplasta con su peso contra la tierra.

 

 

 

Hay que volver a las palabras del profeta, que siglos antes ha previsto esta ca�da, casi como si la estuviera viendo con sus propios ojos: ante el Siervo del Se�or, en tierra bajo el peso de la cruz, manifiesta el verdadero motivo de la ca�da: "Dios carg� sobre �l los pecados de todos nosotros". Han sido los pecados los que han aplastado contra la tierra al divino Condenado. Han sido ellos los que determinan el peso de la cruz que �l lleva a sus espaldas. Han sido los pecados los que han ocasionado su ca�da. Cristo se levanta a duras penas para proseguir el camino. Los soldados que lo escoltan intentan instigarle con gritos y golpes. Tras un momento, el cortejo prosigue.

 

Jes�s cae y se levanta. De este modo, el Redentor del mundo se dirige sin palabras a todos los que caen. Les exhorta a levantarse. "El mismo que, sobre el madero, llev� nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, vivi�ramos para la justicia; con cuyas heridas hab�is sido curados" (1 Pe 2, 24).

 

 

ORACION
 

Cristo, que caes bajo el peso de nuestras culpas y te levantas para nuestra justificación, te rogamos que ayudes a cuantos están bajo el peso del pecado a volverse a poner en pie y reanudar el camino. Danos la fuerza del Espíritu, para llevar contigo la cruz de nuestra debilidad. A ti, Jesús, aplastado por el peso de nuestras culpas, nuestro amor y alabanza por los siglos de los siglos.

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

IV ESTACIÓN
JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

 "No temas, Mar�a, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebir�s en tu vientre y dar�s a luz un hijo, y le pondr�s por nombre Jes�s. Ser� grande, se llamar� Hijo del Alt�simo, el Se�or Dios le dar� el trono de David, su padre, reinar� sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendr� fin" (Lc 1, 30-33).

 

 

 

Mar�a recordaba estas palabras. Las consideraba a menudo en la intimidad de su coraz�n. Cuando en el camino hacia la cruz encontr� a su Hijo, quiz�s le vinieron a la mente precisamente estas palabras. Con una fuerza particular. "Reinar�... Su reino no tendr� fin", hab�a dicho el mensajero celestial. Ahora, al ver que su Hijo, condenado a muerte, que lleva la cruz en la que habr�a de morir, podr�a preguntarse, humanamente hablando: �C�mo se cumplir�n aquellas palabras? �De qu� modo reinar� en la casa de David? �C�mo ser� que su reino no tendr� fin?

 

Son preguntas humanamente comprensibles. María, sin embargo, recuerda que tiempo atrás, al oír el anuncio del Ángel, había contestado: "Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Ahora ve que aquellas palabras se están cumpliendo como palabra de la cruz. Porque es madre, María sufre profundamente. No obstante, responde también ahora como respondió entonces, en la anunciación: "Hágase en mí según tu palabra". De este modo, maternalmente, abraza la cruz junto con el divino Condenado. En el camino hacia la cruz, María se manifiesta como Madre del Redentor del mundo.

 

"Vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta" (Lm 1, 12).

 

Es la Madre Dolorosa la que habla, la Sierva obediente hasta el final, la Madre del Redentor del nundo.

 

 

ORACION
 

Oh Mar�a, t� que has recorrido el camino de la cruz junto con tu Hijo, quebrantada por el dolor en tu coraz�n de madre, pero recordando siempre el "fiat" e �ntimamente confiada en que Aqu�l para quien nada es imposible cumplir�a sus promesas, suplica para nosotros y para los hombres de las generaciones futuras la gracia del abandono en el amor de Dios. Haz que, ante el sufrimiento, el rechazo y la prueba, por dura y larga que sea, jam�s dudemos de su amor. A Jes�s, tu Hijo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. 

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

V ESTACIÓN
SIMÓN DE CIRENE LLEVA LA CRUZ DE JESÚS

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

 Obligaron a Sim�n (cf. Mt 15, 21). Los soldados romanos lo hicieron temiendo que el Condenado, agotado, no lograra llevar la cruz hasta el Gólgota. No habrían podido ejecutar en él la sentencia, de la crucifixión. Buscaban a un hombre que lo ayudase a llevar la cruz. Su mirada se detuvo en Simón. Lo obligaron a cargar aquel peso. Se puede uno imaginar que él no estuviera de acuerdo y se opusiera. Llevar la cruz junto con un condenado podía considerarse un acto ofensivo de la dignidad de un hombre libre. Aunque de mala gana, Simón tomó la cruz para ayudar a Jesús.

 

 

 

En un canto de cuaresma se escuchan estas palabras: "Bajo el peso de la cruz Jes�s acoge al Cireneo". Son palabras que dejan entrever un cambio total de perspectiva: el divino Condenado aparece como alguien que, en cierto modo, "hace don" de la cruz. �Acaso no fue El quien dijo: "El que no toma su cruz y me sigue detr�s no es digno de m�?" (Mt 10, 38).

 

Simón recibe un don. Se ha hecho "digno" de él. Lo que a los ojos de la gente podía ofender su dignidad, en la perspectiva de la redención, en cambio, le ha otorgado una nueva dignidad. El Hijo de Dios le ha convertido, de manera singular, en copartícipe de su obra salvífica.

 

�Simón, es consciente de ello? El evangelista Marcos identifica a Simón de Cirene como "padre de Alejandro y de Rufo" (15, 21). Si los hijos de Simón de Cirene eran conocidos en la primitiva comunidad cristiana, se puede pensar también que él haya creído en Cristo, precisamente mientras llevaba la cruz. Pasó libremente de la constricción a la disponibilidad, como si hubieran llegado a su corazón aquellas palabras: "El que no lleva su cruz conmigo, no es digno de mí".

 

Llevando la cruz, fue introducido en el conocimiento del evangelio de la cruz.

 

Desde entonces este evangelio habla a muchos, a innumerables cireneos, llamados a lo largo de la historia a llevar la cruz junto con Jes�s.

 

 

ORACION
 

Cristo, que has concedido a Sim�n de Cirene la dignidad de llevar tu cruz, acógenos también a nosotros bajo su peso, acoge a todos los hombres y concede a cada uno la gracia de la disponibilidad. Haz que no apartemos nuestra mirada de quienes están oprimidos por la cruz de la enfermedad, de la soledad, del hambre y de la injusticia. Haz que, llevando las cargas los unos de los otros, seamos testigos del evangelio de la cruz y testigos de ti, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

 VI ESTACIÓN
LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

 La Ver�nica no aparece en los Evangelios. No se menciona este nombre, aunque se citan los nombres de diversas mujeres que aparecen junto a Jes�s. Puede ser, pues, que este nombre exprese m�s bien lo que esa mujer hizo. En efecto, seg�n la tradici�n, en el camino del calvario una mujer se abri� paso entre los soldados que escoltaban a Jes�s y enjug� con un velo el sudor y la sangre del rostro del Se�or. Aquel rostro qued� impreso en el velo; un reflejo fiel, un "verdadero icono". A eso se referir�a el nombre mismo de Ver�nica. Si es as�, este nombre, que ha hecho memorable el gesto de aquella mujer, expresa al mismo tiempo la m�s profunda verdad sobre ella.

 

 

 

Un d�a, ante la cr�tica de los presentes, Jes�s defendi� a una mujer pecadora que hab�a derramado aceite perfumado sobre sus pies y los hab�a enjugado con sus cabellos. A la objeci�n que se le hizo en aquella circunstancia, respondi�: "�Por qu� molest�is a esta mujer? Pues una obra buena ha hecho conmigo (...). Al derramar este ung�ento sobre mi cuerpo, en vista de mi sepultura lo ha hecho" (Mt 26, 10.12). Las mismas palabras podrían aplicarse también a la Verónica. Se manifiesta así la profunda elocuencia de este episodio. El Redentor del mundo da a Verónica una imagen auténtica de su rostro.

 

El velo, sobre el que queda impreso el rostro de Cristo, es un mensaje para nosotros. En cierto modo nos dice: He aqu� c�mo todo acto bueno, todo gesto de verdadero amor hacia el pr�jimo aumenta en quien lo realiza la semejanza con el Redentor del mundo.

 

Los actos de amor no pasan. Cualquier gesto de bondad, de comprensión y de servicio deja en el corazón del hombre una señal indeleble, que lo asemeja un poco más a Aquél que "se despojó de sí mismo tomando condición de siervo" (Flp 2, 7). Así se forma la identidad, el verdadero nombre del ser humano.

 

 

ORACION
 

Se�or Jesucristo, t� que aceptaste el gesto desinteresado de amor de una mujer y, a cambio, has hecho que las generaciones la recuerden con el nombre de tu rostro, haz que nuestra obras, y las de todos los que vendr�n despu�s de nosotros, nos hagan semejantes a ti y dejen al mundo el reflejo de tu infinito amor. Para ti, Jes�s, esplendor de la gloria del Padre, alabanza y gloria por los siglos.

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

 VII ESTACIÓN
JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

"Y yo gusano, que no hombre, verg�enza del vulgo, asco del pueblo" (Sal 22 [21] 11, 7). Vienen a la mente estas palabras del salmo mientras contemplamos a Jes�s, que cae por segunda vez bajo la cruz.

En el polvo de la tierra est� el Condenado. Aplastado por el peso de su cruz. Cada vez m�s le fallan sus fuerzas. Pero, aunque con gran esfuerzo, se levanta para seguir el camino:

 

 

 

�Qu� nos dice a nosotros, hombres pecadores, esta segunda ca�da? M�s a�n que de la primera, parece exhortarnos a levantarnos, a levantarnos otra vez en nuestro camino de la cruz.

 

Cyprian Norwid escribe: "No detrás de sí mismos con la cruz del Salvador, sino detrás del Salvador con la propia cruz". Sentencia breve pero que dice mucho. Explica en qué sentido el cristianismo es la religión de la cruz. Deja entender que cada hombre encuentra en este mundo a Cristo que lleva la cruz y cae bajo su peso. A su vez, Cristo, en el camino del Calvario, encuentra a cada hombre y, cayendo bajo el peso de la cruz, no deja de anunciar la buena nueva.

 

Desde hace dos mil a�os el evangelio de la cruz habla al hombre. Desde hace veinte siglos Cristo, que se levanta de la ca�da, encuentra al hombre que cae.

 

A lo largo de estos dos milenios, muchos han experimentado que la caída no significa el final del camino. Encontrando al Salvador, se han sentido sosegados por Él: "Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad" (2 Co 12, 9). Se han levantado confortados y han transmitido al mundo la palabra de la esperanza que brota de la cruz. Hoy, cruzado el umbral del nuevo milenio, estamos llamados a profundizar el contenido de este encuentro. Es necesario que nuestra generación lleve a los siglos venideros la buena nueva de nuestro volver a levantarnos en Cristo.

 

 

ORACION
 

Se�or Jesucristo, que caes bajo el peso del pecado del hombre y te levantas para tomarlo sobre ti y borrarlo, conc�denos a nosotros, hombres d�biles, la fuerza de llevar la cruz de cada d�a y de levantarnos de nuestras ca�das, para llevar a las generaciones que vendr�n el Evangelio de tu poder salvífico. A ti, Jesús, soporte de nuestra debilidad, la alabanza y la gloria por los siglos.

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

VIII ESTACIÓN
JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN

 

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

"Hijas de Jerusal�n, no llor�is por m�; llorad m�s bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegar�n d�as en que se dir�: �Dichosas las est�riles, las entra�as que no engendraron y los pechos que no criaron! Entonces se pondr�n a decir a los montes: �Caed sobre nosotros! Y a las colinas: �Cubridnos! Porque si en el le�o verde hacen esto, en el seco �qu� se har�?" (Lc 23, 28-31)

 

 

 

Son las palabras de Jes�s a las mujeres, que lloraban mostrando compasi�n por el Condenado. "No llor�is por m�; llorad m�s bien por vosotras y por vuestros hijos". Entonces era verdaderamente dif�cil entender el sentido de estas palabras. Conten�an una profec�a que pronto habr�a de cumplirse. Poco antes, Jes�s hab�a llorado por Jerusal�n, anunciando la horrenda suerte que le iba a tocar. Ahora, �l parece remitirse a esa predicci�n: "Llorad por vuestros hijos...". Llorad, porque ellos, precisamente ellos, ser�n testigos y part�cipes de la destrucci�n de Jerusal�n, de esa Jerusal�n que "no ha sabido reconocer el tiempo de la visita" (Lc 19, 44).

 

Si, mientras seguimos a Cristo en el camino de la cruz, se despierta en nuestros corazones la compasión por su sufrimiento, no podemos olvidar esta advertencia. "Si en el leño verde hacen esto, en el seco �qué se hará?". Para nuestra generación, que deja atrás un milenio, más que de llorar por Cristo martirizado, es la hora de "reconocer el tiempo de la visita". Ya resplandece la aurora de la resurrección. "Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación" (2 Co 6, 2).

 

Cristo dirige a cada uno de nosotros estas palabras del Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entrar� en su casa y cenar� con �l y �l conmigo. Al vencedor le conceder� sentarse conmigo en mi trono, como yo tambi�n venc� y me sent� con mi Padre en su trono" (3, 20-21).

 

 

ORACION
 

Cristo, que has venido a este mundo para visitar a todos los que esperan la salvaci�n, haz que nuestra generaci�n reconozca el tiempo de tu visita y tenga parte en los frutos de tu redenci�n. No permitas que por nosotros y por los hombres del nuevo siglo se tenga que llorar porque hayamos rechazado la mano del Padre misericordioso. A ti, Jes�s, nacido de la Virgen, Hija de Sión, honor y gloria por los siglos de los siglos.

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

 IX ESTACIÓN
JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

 

 

 

Cristo se desploma de nuevo a tierra bajo el peso de la cruz. La muchedumbre que observa, est� curiosa por saber si a�n tendr� fuerza para levantarse.

 

San Pablo escribe: "El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 6-8).

 

La tercera caída parece manifestar precisamente esto: El despojo, la kénosis del Hijo de Dios, la humillación bajo la cruz: Jesús había dicho a los discípulos que había venido no para ser servido, sino para servir (cf. Mt 20, 28). En el Cenáculo, inclinándose en tierra y lavándoles los pies, parece como si hubiera querido habituarlos a esta humillación suya. Cayendo a tierra por tercera vez en el camino de la cruz, de nuevo proclama a gritos su misterio. �Escuchemos su voz! Este condenado, en tierra, bajo el peso de la cruz, ya en las cercanías del lugar del suplicio, nos dice: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). "El que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12).

 

Que no nos asuste la vista de un condenado que cae a tierra extenuado bajo la cruz.

 

Esta manifestaci�n externa de la muerte, que ya se acerca, esconde en s� misma la luz de la vida.

 

 

ORACION
 

Se�or Jesucristo, que por tu humillaci�n bajo la cruz has revelado al mundo el precio de su redenci�n, concede a los hombres del tercer milenio la luz de la fe, para que reconociendo en ti al Siervo sufriente de Dios y del hombre, tengamos la valent�a de seguir el mismo camino, que a trav�s de la cruz y el despojo, lleva a la vida que no tendr� fin. A ti, Jes�s, apoyo en nuestra debilidad, honor y gloria por los siglos. 

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

 X ESTACIÓN
JES�S ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS, LE DAN

A BEBER HIEL Y VINAGRE

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

"Despu�s de probarlo, no quiso beberlo" (Mt 27, 34).

 

 

 

No quiso calmantes, que le habr�an nublado la conciencia durante la agon�a. Quer�a agonizar en la cruz conscientemente, cumpliendo la misi�n recibida del Padre.

 

Esto era contrario a los métodos usados por los soldados encargados de la ejecución. Debiendo clavar en la cruz al condenado, trataban de amortiguar su sensibilidad y consciencia. En el caso de Cristo no podía ser así. Jesús sabe que su muerte en la cruz debe ser un sacrificio de expiación. Por eso quiere mantener despierta la consciencia hasta el final. Sin ésta no podría aceptar, de un modo completamente libre, la plena medida del sufrimiento.

 

En efecto, Él debe subir a la cruz para ofrecer el sacrificio de la Nueva Alianza. Él es Sacerdote. Debe entrar mediante su propia sangre en la morada eterna, después de haber realizado la redención del mundo (cf. Hb 9, 12).

 

Consciencia y libertad: son los requisitos imprescindibles del actuar plenamente humano. El mundo conoce tantos medios para debilitar la voluntad y ofuscar la consciencia. Es necesario defenderlas celosamente de todas las violencias. Incluso el esfuerzo legítimo por atenuar el dolor debe realizarse siempre respetando la dignidad humana.

 

Hay que comprender profundamente el sacrificio de Cristo, es necesario unirse a �l para no rendirse, para no permitir que la vida y la muerte pierdan su valor.

 

Esta manifestaci�n externa de la muerte, que ya se acerca, esconde en s� misma la luz de la vida.

 

 

ORACION
 

Se�or Jes�s, que con total entrega has aceptado la muerte de cruz por nuestra salvaci�n, haznos a nosotros y a todos los hombres del mundo part�cipes de tu sacrificio en la cruz, para que nuestro existir y nuestro obrar tengan la forma de una participaci�n libre y consciente en tu obra de salvaci�n. A ti, Jes�s, sacerdote y v�ctima, honor y gloria por los siglos. 

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

 XI ESTACIÓN
JESUS ES CLAVADO EN LA CRUZ

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

"Han taladrado mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos" (Sal 21 [22], 17-18). Se cumplen las palabras del profeta. Comienza la ejecuci�n. Los golpes de los soldados aplastan contra el madero de la cruz las manos y los pies del condenado. En las mu�ecas de las manos, los clavos penetran con fuerza. Esos clavos sostendr�n al condenado entre los indescriptibles tormentos de la agon�a. En su cuerpo y en su esp�ritu de gran sensibilidad, Cristo sufre lo indecible.

 

 

 

Junto a �l son crucificados dos verdaderos malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Se cumple as� la profec�a: "con los rebeldes fue contado" (Is 53, 12).

 

Cuando los soldados levanten la cruz, comenzará una agonía que durará tres horas. Es necesario que se cumpla también esta palabra: "Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). �Qué es lo que "atrae" de este condenado agonizante en la cruz? Ciertamente, la vista de un sufrimiento tan intenso despierta compasión. Pero la compasión es demasiado poco para mover a unir la propia vida a Aquél que está suspendido en la cruz.

 

�C�mo explicar que, generaci�n tras generaci�n, esta terrible visi�n haya atra�do a una multitud incontable de personas, que han hecho de la cruz el distintivo de su fe? �De hombres y mujeres que durante siglos han vivido y dado la vida mirando este signo?

 

Cristo atrae desde la cruz con la fuerza del amor, del Amor divino, que ha llegado hasta el don total de s� mismo; del Amor infinito, que en la cruz ha levantado de la tierra el peso del cuerpo de Cristo, para contrarrestar el peso de la culpa antigua; del Amor ilimitado, que ha colmado toda ausencia de amor y ha permitido que el hombre nuevamente encuentre refugio entre los brazos del Padre misericordioso.

 

�Que Cristo elevado en la cruz nos atraiga también a nosotros, hombres y mujeres del nuevo milenio! Bajo la sombra de la cruz, "vivimos en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma" (Ef 5, 2).

 

 

 

ORACION
 

Cristo elevado, Amor crucificado, llena nuestros corazones de tu amor, para que reconozcamos en tu cruz el signo de nuestra redenci�n y, atra�dos por tus heridas, vivamos y muramos contigo, que vives y reinas con el Padre y el Esp�ritu Santo, ahora y por los siglos de los siglos.  

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

 XII ESTACIÓN
JESÚS MUERE EN LA CRUZ

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

"Padre, perd�nalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34). En el culmen de la Pasión, Cristo no olvida al hombre, no olvida en especial a los que son la causa de su sufrimiento. El sabe que el hombre, más que de cualquier otra cosa, tiene necesidad de amor: tiene necesidad de la misericordia que en este momento se derrama en el mundo.

 

 

 

"Yo te aseguro: hoy estar�s conmigo en el para�so" (Lc 23, 43). Así responde Jesús a la petición del malhechor que estaba a su derecha: "Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino" (Lc 23, 42). La promesa de una nueva vida. Este es el primer fruto de la pasión y de la inminente muerte de Cristo. Una palabra de esperanza para el hombre.

 

A los pies de la cruz estaba la madre, y a su lado el discípulo, Juan evangelista. Jesús dice:"Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 26-27). "Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 27). Es el testamento para las personas que más amaba. El testamento para la Iglesia. Jesús al morir quiere que el amor maternal de María abrace a todos por los que Él da la vida, a toda la humanidad.

 

Poco después, Jesús exclama: "Tengo sed" (Jn 19, 28). Palabra que deja ver la sed ardiente que quema todo su cuerpo. Es la única palabra que manifiesta directamente su sufrimiento físico. Después Jesús añade: "�Dios mio, Dios mío! �por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46; cf. Sal 21 [22], 2); son las palabras del Salmo con el que Jesús ora. La frase, no obstante la apariencia, manifiesta su unión profunda con el Padre. En los últimos instantes de su vida terrena, Jesús dirige su pensamiento al Padre. El diálogo se desarrollará ya sólo entre el Hijo que muere y el Padre que acepta su sacrificio de amor.

 

Cuando llega la hora de nona, Jesús grita: "�Todo está cumplido!" (Jn 19, 30). Ha llevado a cumplimiento la obra de la redención. La misión, para la que vino a la tierra, ha alcanzado su propósito.

 

Lo demás pertenece al Padre: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46). Dicho esto, expiró. "El velo del Templo se rasgó en dos..." (Mt 27, 51). El "santo de los santos" en el templo de Jerusalén se abre en el momento en que entra el Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza.

 

 

 

ORACION
 

Se�or Jesucristo, T� que en el momento de la agon�a no has permanecido indiferente a la suerte del hombre y con tu �ltimo respiro has confiado con amor a la misericordia del Padre a los hombres y mujeres de todos los tiempos con sus debilidades y pecados, ll�nanos a nosotros y a las generaciones futuras de tu Esp�ritu de amor, para que nuestra indiferencia no haga vanos en nosotros los frutos de tu muerte. A ti, Jes�s crucificado, sabidur�a y poder de Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos.  

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

 XIII ESTACIÓN
JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ Y ENTREGADO A SU MADRE

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

 

 

 

Han devuelto a las manos de la Madre el cuerpo sin vida del Hijo. Los Evangelios no hablan de lo que ella experiment� en aquel instante. Es como si los Evangelistas, con el silencio, quisieran respetar su dolor, sus sentimientos y sus recuerdos. O, simplemente, como si no se considerasen capaces de expresarlos. S�lo la devoci�n multisecular ha conservado la imagen de la "Piedad", grabando de ese modo en la memoria del pueblo cristiano la expresi�n m�s dolorosa de aquel inefable v�nculo de amor nacido en el coraz�n de la Madre el d�a de la anunciaci�n y madurado en la espera del nacimiento de su divino Hijo. Ese amor se revel� en la gruta de Bel�n, fue sometido a prueba ya durante la presentaci�n en el Templo, se profundiz� con los acontecimientos conservados y meditados en su coraz�n (cfr. Lc 2, 51). Ahora este íntimo vínculo de amor debe transformarse en una unión que supera los confines de la vida y de la muerte.

 

Y será así a lo largo de los siglos: los hombres se detienen junto a la estatua de la Piedad de Miguel Ángel, se arrodillan delante de la imagen de la Melancólica Benefactora ("Smetna Dobrodziejka") en la iglesia de los Franciscanos, en Cracovia, ante la Madre de los Siete Dolores, Patrona de Eslovaquia; veneran a la Dolorosa en tantos santuarios en todas las partes del mundo. De este modo aprenden el difícil amor que no huye ante el sufrimiento, sino que se abandona confiadamente a la ternura de Dios, para el cual nada es imposible (cf. Lc 1, 37).

 

 

 

ORACION
 

Salve, Regina, Mater misericordiae; vita dulcedo et spes nostra, salve. Ad te clamamus... illos tuos misericordes oculos ad nos converte et Iesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exilium ostende.

Alc�nzanos la gracia de la fe, de la esperanza y de la caridad, para que tambi�n nosotros, como t�, sepamos perseverar bajo la cruz hasta al �ltimo suspiro. A tu Hijo, Jes�s, nuestro Salvador, con el Padre y el Esp�ritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

 XIV ESTACIÓN
EL CUERPO DE JESÚS ES PUESTO EN EL SEPULCRO

        

V/. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

"Fue crucificado, muerto y sepultado...". El cuerpo sin vida de Cristo fue depositado en el sepulcro. La piedra sepulcral, sin embargo, no es el sello definitivo de su obra. La �ltima palabra no pertenece a la falsedad, al odio y al atropello. La �ltima palabra ser� pronunciada por el Amor, que es m�s fuerte que la muerte.

 

"Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24). El sepulcro es la última etapa del morir de Cristo en el curso de su vida terrena; es signo de su sacrificio supremo por nosotros y por nuestra salvación.

 

 

 

 

Muy pronto este sepulcro se convertir� en el primer anuncio de alabanza y exaltaci�n del Hijo de Dios en la gloria del Padre, "Fue crucificado, muerto y sepultado (....) al tercer d�a resucit� de entre los muertos". Con la deposici�n del cuerpo sin vida de Jes�s en el sepulcro, a los pies del G�lgota, la Iglesia inicia la vigilia del S�bado Santo. Mar�a conserva en lo profundo de su coraz�n y medita la pasi�n del Hijo; las mujeres se dan cita para la ma�ana del d�a siguiente del s�bado, para ungir con aromas el cuerpo de Cristo; los disc�pulos se re�nen, ocultos en el Cen�culo, hasta que no haya pasado el s�bado.

 

Esta vigilia acabará con el encuentro en el sepulcro, el sepulcro vacío del Salvador. Entonces el sepulcro, testigo mudo de la resurrección, hablará. La losa levantada, el interior vacío, las vendas por tierra, será lo que verá Juan, llegado al sepulcro junto con Pedro: "Vio y creyó" (Jn 20, 8). Y, con él, creyó la Iglesia, que desde aquel momento no se cansa de transmitir al mundo esta verdad fundamental de su fe: "Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de todos los que han muerto" (1 Co 15, 20).

 

El sepulcro vacío es signo de la victoria definitiva, de la verdad sobre la mentira, del bien sobre el mal, de la misericordia sobre el pecado, de la vida sobre la muerte. El sepulcro vacío es signo de la esperanza que "no defrauda" (Rm 5, 5). "Nuestra esperanza está llena de inmortalidad" (Sb 3, 4).

 

 

 

ORACION
 

Se�or Jesucristo, que por el Padre, con la potencia del Esp�ritu Santo, fuiste llevado desde las tinieblas de la muerte a la luz de una nueva vida en la gloria, haz que el signo del sepulcro vac�o nos hable a nosotros y a las generaciones futuras y se convierta en fuente viva de fe, de caridad generosa y de firmísima esperanza. A ti, Jesús, presencia escondida y victoriosa en la historia del mundo, honor y gloria por los siglos.

 

R/. Am�n.

Todos: Padre nuestro...

Canto:

 

 LA PASIÓN DE CRISTO NO SE PUEDE ENTENDER
SIN EL CAMINO A EMAUS

Palabras del Papa al concluir el Viacrucis en el Coliseo de Roma

        

"�No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara as� en su gloria?" (Lc 24, 26).

 

Estas palabras de Jesús a dos discípulos camino de Emaús, resuenan en nuestro espíritu esta tarde, al final del "Viacrucis" en el Coliseo. También ellos, como nosotros, habían oído hablar de los hechos sobre la pasión y la crucifixión de Jesús. De vuelta a su pueblo, Cristo se acerca como un peregrino desconocido y ellos se apresuran a contarle "lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo" (Lc 24, 19), y "cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron" (Lc 24, 20). Con tristeza, terminan diciendo: "Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó" (Lc 24, 21).

 

 

 

"Nosotros esper�bamos...". Los disc�pulos est�n desanimados y abatidos. Tambi�n para nosotros es dif�cil entender por qu� la v�a de la salvaci�n deba pasar por el sufrimiento y la muerte.

 

"�No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" (Lc 24, 26). Nos hacemos la misma pregunta al final de la tradicional vía dolorosa junto al Coliseo.

 

Dentro de poco, dejaremos este lugar santificado por la sangre de los primeros mártires y nos dispersaremos en diversas direcciones. Volveremos a nuestras casas, repensando sobre los mismos acontecimientos de que hablaban los discípulos de Emaús.

 

�Que Jes�s se acerque a cada uno de nosotros y se haga tambi�n compa�ero nuestro de viaje! Mientras nos acompa�a, �l nos explicar� que ha subido al Calvario por nosotros, ha muerto por nosotros, cumpliendo las Escrituras. De este modo, la dolorosa escena de la crucifixi�n que acabamos de contemplar se convertir� para cada uno en una elocuente ense�anza.

 

Queridos Hermanos y Hermanas. El hombre contempor�neo tiene necesidad de encontrar a Jes�s crucificado y resucitado.

 

�Quién, si no es el divino Condenado, puede comprender plenamente la pena de quien sufre condenas injustas?

 

�Qui�n, si no es el Rey ultrajado y humillado, puede satisfacer las expectativas de tantos hombres y mujeres sin esperanza y sin dignidad?

 

�Qui�n, si no es el Hijo de Dios crucificado, puede entender el dolor de la soledad de tantas vidas truncadas y sin futuro?

 

El poeta francés Paul Claudel escribía que el Hijo de Dios "nos ha enseñando la vía de salida del dolor y la posibilidad de su transformación" ("Positions et propositions"). Abramos el corazón a Cristo: será Él mismo quien responda a nuestras más profundas expectativas. Él mismo nos desvelará los misterios de su pasión y muerte en la cruz.

 

"Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron" (Lc 24, 31). Con sus palabras, el corazón de los dos viandantes desconsolados adquirió serenidad y comenzó a henchirse de alegría. Reconocen a su Maestro al partir el pan.

 

Que los hombres de hoy, como ellos, reconozcan en la Eucarist�a la presencia de su Salvador. Que lo encuentren en el sacramento de su Pascua y lo acojan como compa�ero de su camino. �l sabr� escucharles y consolarles. Sabr� ser su gu�a para conducirles por los senderos de la vida hacia la casa del Padre.

 

"Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo!"