�Al�grate, el Se�or est� contigo!

 

Liturgia - Lecturas del d�a

 

 

S�bado, 7 de setiembre de 2019

 

Dios los ha reconciliado,

a fin de que pudieran presentarse delante de �l

como una ofrenda santa e inmaculada

 

 

Lectura de la carta del Ap�stol san Pablo

a los cristianos de Colosas

1, 21-23

 

Hermanos:

Antes, a causa de sus pensamientos y sus malas obras, ustedes eran extra�os y enemigos de Dios. Pero ahora, �l los ha reconciliado en el cuerpo camal de su Hijo, entreg�ndolo a la muerte, a fin de que ustedes pudieran presentarse delante de �l como una ofrenda santa, inmaculada e irreprochable. Para esto es necesario que ustedes permanezcan firmes y bien fundados en la fe, sin apartarse de la esperanza transmitida por la Buena Noticia que han o�do y que fue predicada a todas las criaturas que est�n bajo el cielo y de la cual yo mismo, Pablo, fui constituido ministro.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                           53, 3-4. 6. 8

 

R.    �Dios es mi ayuda!

 

Dios m�o, s�lvame por tu Nombre,

defi�ndeme con tu poder.

Dios m�o, escucha mi s�plica,

presta atenci�n a las palabras de mi boca. R.

 

Dios es mi ayuda,

el Se�or es mi verdadero apoyo.

Te ofrecer� un sacrificio voluntario,

dar� gracias a tu Nombre, porque es bueno. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

�Por qu� ustedes hacen lo que no est� permitido en s�bado?

 

a    Evangelio de nuestro Se�or Jesucristo

seg�n san Lucas

6, 1-5

 

Un s�bado, en que Jes�s atravesaba unos sembrados, sus disc�pulos arrancaban espigas y, frot�ndolas entre las manos, las com�an.

Algunos fariseos les dijeron: ��Por qu� ustedes hacen lo que no est� permitido en s�bado?�

Jes�s les respondi�: ��Ni siquiera han le�do lo que hizo David cuando �l y sus compa�eros tuvieron hambre, c�mo entr� en la Casa de Dios y, tomando los panes de la ofrenda, que s�lo pueden comer los sacerdotes, comi� �l y dio de comer a sus compa�eros?�

Despu�s les dijo: �El Hijo del hombre es due�o del s�bado�.

 

Palabra del Se�or.

 

Reflexi�n

 

 

Col. 1, 21-23. A quienes viv�amos lejos del Se�or, sin la esperanza que le daba al Pueblo elegido el disfrutar de la salvaci�n, Dios nos llam�, en Cristo Jes�s, reconcili�ndonos mediante su muerte, para que tambi�n nosotros podamos presentarnos como una ofrenda santa, inmaculada e irreprensible ante Dios, participando as� de la Redenci�n que nos ha sido concedida en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Puesto que, por pura gracia, hemos sido hechos part�cipes de la Vida que en Cristo Dios ofrece a todo el mundo, procuremos que esa gracia no caiga en nosotros como en sacos rotos, o vasijas agrietadas que no pueden retener el agua. Permanezcamos firmes en nuestra profesi�n de fe, hecha no s�lo con los labios, sino manifestada tambi�n con nuestra vida, convertida en un testimonio aut�ntico de que el Se�or habita en nosotros y de que nosotros somos, en Cristo Jes�s, hijos de Dios. Es cierto que constantemente nos acechan infinidad de tentaciones, queri�ndonos hacer tropezar o apartarnos del camino recto; por eso hemos de permanecer constantemente vigilantes y, conscientes de nuestras propias miserias, hemos de vivir en una constante conversi�n, que nos conduzca a una uni�n m�s plena con el Se�or, para poder convertirnos en ministros puestos al servicio del Evangelio, colaborando as� para que todos recobren la esperanza y se esfuercen en vivir, con un compromiso de mayor lealtad, la fe que han o hayan depositado en Cristo Jes�s.

 

Sal. 54 (53). Gracias sean dadas a Dios nuestro Padre, ya que por medio de Jesucristo, nuestro Dios y Se�or, nos ha liberado de la mano de nuestros enemigos. Quien acude al Se�or y en �l conf�e, jam�s se sentir� defraudado, pues por los huesos del justo vela Dios, y �l salva a quienes le viven fieles. Por eso acudamos al Se�or mediante una oraci�n sincera, no s�lo para pedirle su protecci�n y ayuda, sino tambi�n para escucharlo y poner en pr�ctica su Palabra; entonces, en verdad, seremos amigos de Dios, y �l har� su morada en nosotros.

 

Lc. 6, 1-5. Las prescripciones legales hab�an llegado a tal grado que indicaban que quien cortara espigas en s�bado, siendo peregrino, pod�a comerse los granitos uno a uno, pero no pod�a restregar la espiga entre las manos, pues eso ser�a tanto como ponerse a trabajar, lo cual no se permit�a en S�bado. Para aquel que vive en Cristo lo m�s importante es la persona, velar por ella, por su bienestar, hacerle el bien y no el mal. Pues de nada aprovecha sentarse ritualmente en S�bado para dar culto al Se�or, y despu�s dedicarse a hacer el mal y a provocar injusticias en los dem�s d�as. Ya el Se�or hab�a denunciado este mal por medio del profeta Am�s, poniendo en boca de los malvados el siguiente discurrimiento: �Cu�ndo pasar� el novilunio para poder vender el grano, y el s�bado para dar salida al trigo, para achicar la medida y aumentar el peso, falsificando balanzas de fraude, para comprar por dinero a los d�biles y al pobre por un par de sandalias, para vender hasta el salvado del grano? El Se�or, due�o del s�bado, nos invita llegar a �l como a un d�a que le consagramos, pero con la intenci�n de permanecer en su presencia los dem�s d�as procurando el bien de todos, de tal forma que podamos, finalmente, llegar a la posesi�n del Sabath eterno, al cual entraremos despu�s de haber trabajado haciendo el bien, y no s�lo qued�ndonos en exterioridades que nos dejar�an muy lejos del Se�or y de su Descanso.

En esta Eucarist�a el Se�or nos participa de su Pan, Pan de vida eterna, que no est� ya reservado a algunos solamente. Todos podemos entrar en comuni�n de vida con el Se�or. Celebrar la Eucarist�a es vivir por anticipado la Gloria que nos espera en el gozo eterno junto a Dios, donde ya no habr� fatigas, ni luto ni llanto, sino s�lo gozo y paz en el Se�or. Por eso aprendamos a esforzarnos continuamente para que el Reino de Dios llegue a todos. Contemplemos a Cristo que por nosotros subi� a la Cruz, para reconciliarnos a todos con Dios y hacernos hijos suyos. Contempl�moslo lleno de la Gloria que le corresponde como a Unig�nito del Padre, ya que, despu�s de padecer por nosotros, ahora vive, resucitado y glorificado para siempre. Participar de la Eucarist�a nos compromete a caminar hacia la participaci�n de esa misma glorificaci�n; pero para ello hemos de ir tras las mismas huellas de Cristo, pues, para llegar a donde �l ya nos precedi�, nuestro camino no puede desviarse de aquel que nos manifest� el mismo Se�or de la Iglesia.

No podemos llegar a la presencia del Se�or s�lo para pasar un momento de paz interior ante �l. Venimos a comprometernos a velar por el bien de nuestros hermanos, no apoyados en nuestras d�biles fuerzas, sino en la Fuerza que nos viene de lo alto y que se nos comunica al participar del Pan de Vida y del mismo Esp�ritu de Dios. Hagamos el bien sin jam�s darnos descanso. El Reino de Dios sufre violencia, y s�lo los violentos, los esforzados, van a lograr apoderarse de �l. Por eso, d�a a d�a, momento tras momento, debemos anunciar el Evangelio a toda la humanidad; y esa proclamaci�n la llevaremos a cabo mediante nuestras palabras, obras, actitudes y vida misma. No anunciemos un evangelio que esclavice a quienes lo acepten, queriendo hacerlos cumplir con detalles que nada tienen que ver con la fe. Ense��mosles a amar a Cristo, a unir su vida a �l mediante la Liturgia que nos hace part�cipes, ya desde ahora, de los bienes eternos; ense��mosles a amar a todas las personas, sin distinci�n, de tal forma que haya esa preocupaci�n constante de unos por otros, para que, haci�ndose realidad entre nosotros el amor fraterno, podamos construir un mundo m�s justo y m�s fraterno que, ya desde ahora, se convierta en un reflejo de lo que es la eternidad junto a Dios. El Se�or, sin distinci�n alguna, nos llama para que participemos de su vida y permanezcamos en una fe firme, no endeble; en una esperanza que nos haga convertirnos d�a a d�a en un Evangelio viviente del amor del Padre; y en un amor verdadero que nos haga no poner trabas ni l�mites a ese amor, sino que nos lleve a estar dispuesto incluso a entregar nuestra propia vida con tal de que todos tengan vida, y la tengan en abundancia.

Rogu�mosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesi�n de la Sant�sima Virgen Mar�a, nuestra Madre, la gracia de hacer el bien a todos en todo momento y circunstancia; pues en esta labor no podemos darnos descanso alguno, recordando lo que nos advierte el Se�or: Mientras uno duerme el enemigo siembra la ciza�a. No permitamos que, por nuestros descuidos, en lugar de convertirnos en luz para el mundo lo dejemos a la deriva en sus tinieblas y tropiezos. Que Dios nos conceda estar, siempre al servicio de su Evangelio. Am�n.

 

Homiliacatolica.com