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TIEMPO ORDINARIO
VIERNES DE LA SEMANA
XXXIV
De la Feria. Salterio II
1
de diciembre
OFICIO DE LECTURA
INVITATORIO
Si �sta es la primera oraci�n del d�a:
V.
Se�or abre mis
labios
R.
Y mi boca proclamar�
tu alabanza
Se a�ade el Salmo del Invitatorio con la siguiente ant�fona:
Ant.
El
Se�or es bueno, bendecid su nombre.
Si
antes se ha rezado ya alguna otra Hora:
V.
Dios m�o, ven en mi
auxilio
R.
Se�or, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Esp�ritu
Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Am�n.
Aleluya.
Himno: SI ERES, MUERTE, LO M�S M�O
Si eres, muerte, lo m�s m�o
y mi vida lo m�s tuyo,
si con instantes construyo
mi tumba, hueco de fr�o,
si ensaya mi desvar�o
morir mi muerte en el sue�o,
�me empe�ar� en otro empe�o?
�Estar�, muerte, maduro
para el instante inseguro
de adue�arme de tu ensue�o?
�Eres victoria vencida,
o sol sin ning�n ocaso?
�Con mi sombra, a cada paso,
va tu sombra confundida?
�Cu�ndo estallar�, encendida,
�sta mi c�rcel de lodo?
�D�nde, con qui�n, de qu� modo
llegar�, muerte, el momento
de soltar mi voz al viento,
t� en mi nada y yo en mi todo? Am�n.
SALMODIA
Ant 1.
Se�or, no me castigues con c�lera.
Salmo 37 I - ORACI�N DE UN PECADOR EN PELIGRO DE MUERTE
Se�or, no me corrijas con ira,
no me castigues con c�lera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre m�;
no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Esp�ritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Am�n.
Ant.
Se�or, no me castigues con c�lera.
Ant
2.
Se�or, todas mis ansias est�n en tu presencia.
Salmo 37 II
Mis llagas est�n podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el d�a camino sombr�o;
tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con m�s fuerza que un le�n.
Se�or m�o, todas mis ansias est�n en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi coraz�n,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.
Mis amigos y compa�eros se alejan de m�,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra m�,
los que desean mi da�o me amenazan de muerte,
todo el d�a murmuran traiciones.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Esp�ritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Am�n.
Ant.
Se�or, todas mis ansias est�n en tu presencia.
Ant
3.
Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Se�or, Dios m�o.
Salmo 37 III
Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.
En ti, Se�or, espero,
y t� me escuchar�s, Se�or, Dios m�o;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.
Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de m�:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin raz�n,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.
No me abandones, Se�or,
Dios m�o, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Se�or m�o, mi salvaci�n.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Esp�ritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Am�n.
Ant.
Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Se�or, Dios m�o.
V.
Mis ojos se consumen aguardando tu salvaci�n.
R.
Y
tu promesa de justicia.
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Ezequiel 40, 1.4; 43,
1-12; 44, 6-9
VISI�N DE LA RESTAURACI�N DEL TEMPLO Y DE ISRAEL
El a�o veinticinco de nuestra deportaci�n, al comienzo del a�o, el diez del mes,
el a�o catorce de la ca�da de la ciudad, ese mismo d�a, vino sobre m� la mano
del Se�or; y el Se�or me llev� en �xtasis a la tierra de Israel, dej�ndome en un
monte muy alto, en cuya cima parec�a estar construida una ciudad al mediod�a.
Me llev� all� y vi junto a la entrada un hombre que parec�a de bronce, el cual
ten�a en la mano un cordel de lino y una ca�a de medir. Aquel personaje me dijo:
�Hijo de hombre, mira y escucha atentamente, f�jate bien en lo que voy a
ense�arte, porque has sido tra�do aqu� para que yo te lo ense�e. Anuncia a la
casa de Israel todo lo que veas.�
Luego me condujo a la puerta oriental del templo, y vi la gloria del Dios de
Israel que ven�a de oriente, con estruendo de aguas caudalosas: la tierra
resplandec�a con su gloria. La visi�n que tuve era como la visi�n que yo hab�a
visto cuando vine para la destrucci�n de la ciudad, y tambi�n como la visi�n que
hab�a contemplado a orillas del r�o Kebar. Y ca� rostro en tierra. La gloria del
Se�or entr� en el templo por la puerta oriental. Entonces me arrebat� el
esp�ritu y me llev� al atrio interior. La gloria del Se�or llenaba el templo.
El hombre segu�a a mi lado, y yo o� que alguien me hablaba desde el templo y me
dec�a:
�Hijo de hombre, �ste es el sitio de mi trono, el sitio de las plantas de mis
pies, donde voy a residir para siempre, en medio de los hijos de Israel. La casa
de Israel y sus monarcas ya no profanar�n mi nombre santo con sus fornicaciones
ni con los cad�veres de sus reyes difuntos, poniendo su umbral junto a mi umbral
y las jambas de sus puertas pegadas a las m�as, ellos y yo pared de por medio.
Ellos profanaron mi nombre santo con las abominaciones que perpetraron y por eso
los consumi� mi ira. Pero ahora alejar�n de m� sus fornicaciones y los cad�veres
de sus monarcas, y residir� en medio de ellos para siempre.
Y t�, hijo de hombre, describe este templo a la casa de Israel, a ver si se
averg�enzan de sus culpas, y para que tomen nota de este plano. Si se
averg�enzan de toda su conducta, ens��ales la estructura y disposici�n del
templo, sus entradas y salidas, sus preceptos y leyes. Pon todo esto por escrito
ante sus ojos, para que pongan por obra todas sus leyes y preceptos. He aqu� el
fuero del templo: el �rea entera de la cima del monte es lugar sacrosanto. Dile
a la Casa Rebelde, a la casa de Israel: "Basta ya de perpetrar abominaciones,
casa de Israel. Profan�is mi templo metiendo en mi santuario extranjeros,
incircuncisos de coraz�n e incircuncisos de carne, y ofreci�ndome como alimento
grasa y sangre, mientras quebrant�is mi alianza con vuestras abominaciones. En
lugar de atender a mi servicio en el santuario, les hab�is encargado a otros el
ejercicio de vuestro ministerio en el santuario. Por tanto, esto dice el Se�or:
Ning�n extranjero incircunciso de coraz�n e incircunciso de carne entrar� en mi
santuario, ninguno de los extranjeros que viven entre los hijos de Israel."�
RESPONSORIO Ez 43, 4-5; cf. Lc 2, 27
R. La gloria
del Se�or entr� en el templo por la puerta oriental, * y llen� el templo la
gloria del Se�or.
V. Llevaron
sus padres al ni�o Jes�s al templo.
R. Y llen� el
templo la gloria del Se�or.
SEGUNDA LECTURA
Del Tratado de san Cipriano, obispo y m�rtir,
Sobre la muerte
(Cap. 18, 24. 26: CSEL 3, 308. 312-314)
RECHACEMOS EL TEMOR A LA MUERTE CON EL
PENSAMIENTO DE LA INMORTALIDAD QUE LA SIGUE
Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad,
sino la de Dios, tal como el Se�or nos mand� pedir en nuestra oraci�n cotidiana.
�Qu� contrasentido y qu� desviaci�n es no someterse inmediatamente al imperio de
la voluntad del Se�or, cuando �l nos llama para salir de este mundo! Nos
resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Se�or como unos
siervos rebeldes, con tristeza y aflicci�n, y partimos de este mundo forzados
por una ley necesaria, no por la sumisi�n de nuestra voluntad; y pretendemos que
nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza.
�Para qu� rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos
deleita la cautividad terrena? �Por qu� pedimos con tanta insistencia la pronta
venida del d�a del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo
supera al deseo de reinar con Cristo?
Si el mundo odia al cristiano, �por qu� amas al que te odia, y no sigues m�s
bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con
palabras bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de
la carne: No am�is al mundo -dice- ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo
no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia
de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y
sus concupiscencias con �l. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para
siempre. Procuremos m�s bien, hermanos muy queridos, con una mente �ntegra, con
una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de
Dios, cualquiera que �sta sea; rechacemos el temor a la muerte con el
pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que
creemos.
Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y
que mientras vivimos en �l somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con
ardor aquel d�a en que se nos asignar� nuestro propio domicilio, en que se nos
restituir� al para�so y al reino, despu�s de habernos arrancado de las ataduras
que en este mundo nos retienen. El que est� lejos de su patria es natural que
tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el para�so; all�
nos espera un gran n�mero de seres queridos, all� nos aguarda el numeroso grupo
de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero sol�citos
a�n de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significar� una gran
alegr�a el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin
t�rmino la hallaremos en el reino celestial, donde no existir� ya el temor a la
muerte, sino la vida sin fin.
All� est� el coro celestial de los ap�stoles, la multitud exultante de los
profetas, la innumerable muchedumbre de los m�rtires, coronados por el glorioso
certamen de su pasi�n; all� las v�rgenes triunfantes, que con el vigor de su
continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; all� los que
han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien,
socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo
del Se�or, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos
�vidamente, hermanos muy amados, la compa��a de todos ellos. Que Dios vea estos
nuestros pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de
nuestra fe, ya que tanto mayor ser� el premio de su amor, cuanto mayor sea
nuestro deseo de �l.
RESPONSORIO Flp 3, 20-21; Col 3, 4
R. Nuestros
derechos de ciudadan�a radican en los cielos, de donde esperamos que venga Como
salvador Cristo Jes�s, el Se�or. * �l transfigurar� nuestro cuerpo de humilde
condici�n en un cuerpo glorioso, semejante al suyo.
V. Cuando se
manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestar�is tambi�n vosotros con
�l, revestidos de gloria.
R. �l
transfigurar� nuestro cuerpo de humilde condici�n en un cuerpo glorioso,
semejante al suyo.
ORACI�N.
OREMOS,
Mueve, Se�or, nuestros corazones, para que correspondamos con mayor generosidad
a la acci�n de tu gracia, y recibamos en mayor abundancia la ayuda de tu bondad.
Por nuestro Se�or Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del
Esp�ritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Am�n
CONCLUSI�N
V. Bendigamos al Se�or.
R. Demos
gracias a Dios.
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