¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Viernes, 13 de julio de 2018

 

Ya no diremos más «¡Dios nuestro!»

a la obra de nuestras manos

 

Lectura de la profecía de Oseas

14, 2-10

 

Así habla el Señor:

Vuelve, Israel, al Señor tu Dios,

porque tu falta te ha hecho caer.

Preparen lo que van decir y vuelvan al Señor.

Díganle: «Borra todas las faltas,

acepta lo que hay de bueno,

y te ofreceremos el fruto de nuestros labios.

Asiria no nos salvará,

ya no montaremos a caballo,

ni diremos más "¡Dios nuestro!"

a la obra de nuestras manos,

porque sólo en ti el huérfano encuentra compasión».

 

Yo los sanaré de su apostasía,

los amaré generosamente,

porque mi ira se ha apartado de ellos.

Seré como rocío para Israel:

él florecerá como el lirio,

hundirá sus raíces como el bosque del Líbano;

sus retoños se extenderán,

su esplendor será como el del olivo

y su fragancia como la del Líbano.

¡Volverán a sentarse a mi sombra,

harán revivir el trigo,

florecerán como la viña,

y su renombre será como el del vino del Líbano.

 

Efraím, ¿qué tengo aún que ver con los ídolos?

Yo le respondo y velo por él.

Soy como un ciprés siempre verde,

y de mí procede tu fruto.

¡Que el sabio comprenda estas cosas!

¡Que el hombre inteligente las entienda!

Los caminos del Señor son rectos:

por ellos caminarán los justos,

pero los rebeldes tropezarán en ellos.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                            50, 3-4. 8-9. 12-14. 17

 

R.    ¡Mi boca proclamará tu alabanza, Señor!

 

¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad,

por tu gran compasión, borra mis faltas!

¡Lávame totalmente de mi culpa

y purifícame de mi pecado! R.

 

Tú amas la sinceridad del corazón

y me enseñas la sabiduría en mi interior.

Purifícame con el hisopo y quedaré limpio;

lávame, y quedaré más blanco que la nieve. R.

 

Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,

y renueva la firmeza de mi espíritu.

No me arrojes lejos de tu presencia

ni retires de mí tu santo espíritu. R.

 

Devuélveme la alegría de tu salvación,

que tu espíritu generoso me sostenga.

Abre mis labios, Señor,

y mi boca proclamará tu alabanza. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

No serán ustedes que hablarán,

sino el Espíritu de su Padre

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

       según san Mateo

10, 16-23

 

Jesús dijo a sus apóstoles:

Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas.

Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes.

El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.

Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Les aseguro que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel, antes de que llegue el Hijo del hombre.

 

Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Os. 14, 2-10. Jesús nos dirá: Yo les aseguro que en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesiten conversión. ¡Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja y la moneda que se me habían perdido!

El retorno a Dios, consecuencia de un sincero arrepentimiento, es aquello en lo que culmina la gracia de la conversión que Dios concede al pecador. Y retornar a Dios significa dejar los falsos dioses, los caminos equivocados, las confianzas puestas en manos humanas o en uno mismo para lograr la paz, la felicidad y la plena realización. Dios nos quiere totalmente confiados en Él. No es tanto que quiera tratarnos y manipularnos como niños; Él quiere que nuestros esfuerzos cobren su verdadera dimensión, pues nuestra vocación estriba en llegar a ser conforme a la imagen de su propio Hijo. Y esto no podemos realizarlo al margen de Aquel que nos ha creado y nos ha llamado con Santa llamada para que lleguemos a la plenitud en Él. Ir por un camino diferente significa haber perdido el rumbo de la plena realización humana, que, gracias a Cristo, ha sido elevada a una meta superior: Llegar a ser el Pueblo-Hijo de Dios, participando de su misma Vida y de su mismo Espíritu.

Aquel que una su vida a Cristo mediante la Comunidad de Fe en Él, será amado por el Padre Dios y Él velará por todos sus intereses, pues lo contemplará con el mismo amor con que contempla a su Hijo amado, en quien se complace eternamente.

 

Sal. 51 (50). Nuestro retorno a Dios nos hace volver a Él cargados de nuestros propios pecados, pues el perdón, la salvación, la vestidura nueva, no es algo que podamos alcanzar por nosotros mismos, sino que es un don gratuito de Dios. Por eso volviendo a Él humillados, arrepentidos y con el corazón contrito, le pedimos que nos lave bien de todos nuestros delitos y que nos purifique de nuestros pecados, pues sabemos que Él es rico en compasión, en misericordia y en piedad, y que, además, siempre está dispuesto a perdonar a quien vuelve a Él con un corazón sincero y arrepentido.

Pero volvemos a Él también como discípulos, siempre dispuestos a dejarnos enseñar sobre el camino que hemos de seguir para que nuestro corazón sea recto en su presencia; pedimos, además, que, auxiliados por su Espíritu, nos conceda no sólo escuchar su Palabra, sino vivir conforme a sus enseñanzas. Así, libres del pecado, del error, de la maldad; teniendo en nosotros su Vida y participando de su Espíritu, podremos abrir nuestros labios no sólo para cantar sus alabanzas, sino para dar testimonio de lo misericordioso que Dios ha sido para con nosotros, colaborando también para que, quien quiera confiar en el Señor, viendo la obra de salvación que Dios ha llevado a efecto en nosotros, haga la prueba y experimente qué bueno es Él para con todos.

 

Mt. 10, 16-23. A causa de Cristo tal vez suframos persecuciones, e incluso la muerte misma. Sin embargo cuando al final el Padre Dios nos resucite para ser glorificados junto con su Hijo, estará dando testimonio de que realmente fue Él el que nos envió, y que nosotros, fieles a su voluntad, proclamamos su Evangelio con las palabras, con las obras y con la vida misma. Entonces comprenderemos que, junto con Cristo, habremos llegado a la perfección obedeciendo, en una obediencia hasta la muerte y muerte de Cruz, pues sólo el amor hasta el extremo, que se convierte en entrega para la salvación de los demás, es lo que nos identifica con el Hijo de Dios.

Teniendo esto presente en nosotros, ¿acaso no deberá ser motivo de alegrarnos y saltar de contento cuando nos persigan y maldigan, cuando digan cosas falsas de nosotros, cuando nos juzguen y condenen a muerte por Cristo, sabiendo que nuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos?

El Señor va delante nuestro cargando su cruz, va con su amor hasta el extremo, va con su entrega para salvación nuestra.

La Eucaristía que estamos celebrando no sólo nos reúne en torno a Él, sino que nos pone en camino, junto con Él, hacia la gloria del Padre. Junto con Él entregamos nuestro cuerpo y derramamos nuestra sangre para el perdón de los pecados de la humanidad entera, y no tanto porque la entrega de Cristo no haya bastado para eso, sino porque Él asumió en su cruz no sólo nuestros pecados para perdonarlos, sino también nuestro dolor, nuestras persecuciones por el Evangelio, nuestro gastarnos y desgastarnos por Él; y lo frágil nuestro lo elevó a la misma dignidad y eficacia salvadora de su Sacrificio Redentor.

Por eso vamos al mundo a proclamar el Evangelio, que es Cristo, con la valentía que nos viene de su Espíritu que habita en nosotros. La Iglesia del Señor no puede dejarse comprar, manipular o atar por los poderosos de este mundo, sino que debe ser fiel a su Señor. No fuimos enviados para complacer a quienes, tal vez, podrían levantarnos en gloria y poder humanos. No podemos poner nuestra confianza en quienes, para protegernos y enriquecernos, cierran sus oídos ante el llamado a la conversión, pero quieren tranquilizar su conciencia escuchando relecturas del Evangelio hechas por nosotros especialmente para ellos, tratando de justificar sus canalladas.

Dios nos quiere fieles a la misión que nos ha confiado, tratando de conducir a todos hacia un verdadero encuentro con Él, para que sepamos encontrarnos con nuestro prójimo como con nuestro hermano, más aún como con Cristo mismo a quien no sólo adoramos, sino a quien servimos con amor.

Tal vez este camino de evangelización nos atraiga muchos males y la muerte misma. Confiados en Dios aceptemos todas las consecuencias que nos vengan por anunciar fielmente el Evangelio de salvación, que Él puso bajo nuestra propia responsabilidad, auxiliados por su Espíritu Santo.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de ir tras las huellas amorosas de Cristo hasta lograr, junto con Él, la vida eterna. Amén.

 

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