¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Viernes, 2 de noviembre de 2018

 

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

 

No habrá más muerte

 

Lectura del libro del Apocalipsis

21, 1-5a. 6b- 7

 

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más.

Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo.

Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios entre los hombres: Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será con ellos su propio Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó».

Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tiene sed, Yo le daré de beber gratuitamente de la fuente del agua de la Vida. El vencedor heredará estas cosas, y Yo seré su Dios y él será mi hijo».

 

Palabra de Dios.

                                   

 

SALMO RESPONSORIAL                                        26, 1. 4. 7. 8b-9a. 13-14

 

R.    El Señor es mi luz y mi salvación.

 

 

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

El Señor es el baluarte de mi vida,

¿ante quién temblaré?  R.

 

Una sola cosa he pedido al Señor,

y esto es lo que quiero:

vivir en la Casa del Señor

      todos los días de mi vida,

para gozar de la dulzura del Señor

      y contemplar su Templo.  R.

 

¡Escucha, Señor, yo te invoco en alta voz,

apiádate de mí y respóndeme!

Yo busco tu rostro, Señor,

no lo apartes de mí.  R.

 

Yo creo que contemplaré la bondad del Señor

en la tierra de los vivientes.

Espera en el Señor y sé fuerte;

ten valor y espera en el Señor.  R.

 

 

Todos revivirán en Cristo

 

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto

15, 20-23

 

Hermanos:

Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos. Porque la muerte vino al mundo por medio de un hombre, y también por medio de un hombre viene la resurrección.

En efecto, así como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo, cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos, luego, aquéllos que estén unidos a Él en el momento de su Venida.

 

Palabra de Dios.

 

 

 

EVANGELIO

 

¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?

 

a   Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

24, 1-8

 

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.

Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que El les decía cuando aún estaba en Galilea: "Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día"». Y las mujeres recordaron sus palabras.

 

Palabra del Señor.

 

 

Reflexión

 

EL VERDADERO SENTIMIENTO CRISTIANO DE LA MUERTE

1.- La fiesta cristiana de los difuntos se celebraba en otros tiempos en un ambiente de luto y gran dolor, de rezos y plegarias continuadas por el eterno descanso de las almas que todavía estaban padeciendo en el purgatorio. Era un día en el que uno se levantaba y se acostaba pensando en el cementerio. Hasta tres misas seguidas decíamos en este día casi todos los sacerdotes. Hoy día la fiesta de los difuntos va perdiendo ese carácter lúgubre y penitencial de otros tiempos y se ha ido acercando progresivamente, en su significado, a la fiesta de todos los santos. Ahora, nuestros cementerios se llenan de flores en el día de todos los santos, más que en el día de todos los difuntos. En el fondo de todo esto está, creo yo, un cambio en nuestra sensibilidad cristiana de hoy ante el problema de la muerte. De la fe en un Dios principalmente justiciero hemos pasado a la fe en un Dios principalmente compasivo y misericordioso. Creemos que es la misericordia de Dios la que ha salvado a nuestros seres queridos, más que nuestras obras. Por pura gracia estamos salvados, como nos dice san Pablo. Por eso, tendemos a pensar en nuestras celebraciones de hoy que nuestros fieles y queridos difuntos ya están gozando de la presencia de Dios, y ya son por consiguiente santos. Por eso, como digo, las dos fiestas se han casi identificado y celebramos más solemnemente la fiesta de los santos que la de los difuntos.

2.- El temor, y hasta el pánico, ante la muerte, es un sentimiento primario muy humano, pero nosotros, los cristianos, debemos intentar corregir y modificar este sentimiento primario. Porque hay muchos sentimientos humanos espontáneos y primarios que deben ser corregidos y enriquecidos por la reflexión cristiana. Muchos sentimientos humanos primarios no son beneficiosos siempre para el ser humano: el egoísmo, el odio, la pasión sexual… necesitan ser bien encauzados por la razón y por el sentimiento cristiano. El hombre, a diferencia de los animales, debe saber contradecir a muchos sentimientos primarios y guiarse, en muchísimos momentos, por la fe y la razón. La fe y la razón deben estar continuamente poniendo freno a algunos sentimientos primarios y robusteciendo y enriqueciendo a otros. De lo contrario viviríamos todavía en la selva y en la guerra de todos contra todos. En este sentido, digo que el sentimiento primario de pánico ante la muerte debe ser corregido y enriquecido por la reflexión cristiana.

3.- En el evangelio de la fiesta de este día Jesús les dice a sus discípulos: esta es la voluntad de mi Padre: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día; que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna. Jesús en el huerto de los olivos, también sintió un sentimiento primario de miedo y pánico ante la muerte, pero su amor y su comunión con el Padre vencieron rápidamente su temor. Con sentimiento primario dijo: que pase de mí este cáliz, pero su amor y su comunión con el Padre le hicieron también rápidamente decir: que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Jesús de Nazaret vivió siempre sabiendo que tenía que morir en esta tierra, antes de ir, definitivamente, a la casa de su Padre. También nosotros debemos tener esta esperanza cierta, esta vivencia, del gozo inmenso que tendremos para siempre en la casa de nuestro Padre. Así podremos vencer, humanamente hablando, el temor y el pánico, que espontáneamente sentimos ante la muerte. Así también nosotros, los cristianos, tenemos la esperanza firme y cierta de que Jesús nos ha preparado ya un sitio en la casa de su Padre donde, después de esta vida, gozaremos con él de la presencia eterna y gozosa de Dios.

4.- Celebremos nosotros también esta fiesta de los difuntos con gozo y esperanza, como celebramos ayer la fiesta de todos los santos y digamos con el salmista: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

 

Gabriel González del Estal

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LLAMADOS A VIVIR

1.- “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”. Aunque tengamos muy sabido que la muerte tiene que llegar también a la gente que conocemos y amamos, ante la muerte de los seres querido nos encontramos tristes y desconcertados, pero también esperanzados. Ellos no se encuentran ya entre nosotros, están ahora junto a Dios. Confiamos que la bondad infinita del Padre les abra las puertas de la vida eterna, de la esperanza eterna, del gozo eterno. Por eso nos encontramos aquí, para orar por ellos y para decirnos mutuamente que creemos en la bondad infinita de Dios, y para orar todos juntos por estos hermanos nuestros, para que verdaderamente Dios los acoja para siempre en su Reino. El Libro de las Lamentaciones nos dice que “El Señor es bueno para los que en El esperan y lo buscan”. La muerte es una puerta que se abre a una vida en plenitud. Por eso vivimos con esperanza.

2.- Que nuestra vida merezca la pena. ¡Cómo valdrá la pena que en la hora de la verdad podamos darnos cuenta de que sí, de que hemos vivido la vida profundamente, seriamente, valiosamente! ¡Y qué tristeza, qué lástima, si tuviéramos que darnos cuenta de que solamente nos hemos pasado la vida a base de ir tirando, sin tomarnos en serio nada que valiera la pena, sin haber contribuido a la felicidad de los demás, sin haber procurado amar de veras! Entonces llegaríamos a este momento definitivo con una lámpara apagándose, que apenas serviría de nada. Habríamos perdido la vida muy lamentablemente. Y ante nuestro Padre del cielo, y ante los demás hombres, y ante nosotros mismos, deberíamos reconocer que habíamos defraudado las esperanzas que Dios había puesto en nosotros, y que los demás hombres habían puesto en nosotros. Qué gran dicha es el poder presentar ante el Señor un corazón lleno de nombres, de las personas que hemos amado y nos han amado. La Carta a los Romanos nos recuerda que ahora todavía estamos a tiempo y nos invita a vivir a vivir una vida nueva,

3.- Sintámonos llamados a confiar, a orar, a caminar hacia adelante. Jesús en el evangelio de Juan nos invita a creer en El, porque en la casa del Padre hay muchas estancias. Jesús es el camino, la felicidad que todos buscamos. Él es la verdad que tanto perseguimos. Es la Vida, que todos anhelamos. Nos decía San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Nos quiere junto a Él para gozar su misma vida. Nuestro destino es feliz. Al final de esta vida, nos esperan las manos amorosas de Dios, que nos acoge con sus manos de Padre. Debemos confiar en el amor del Padre que nos quiere a cada uno de nosotros. Sintámonos llamados, también, a orar. A manifestar ante Dios nuestro deseo y nuestra esperanza de que nuestros seres queridos, liberados de toda culpa, puedan entrar en la luz gozosa de Dios, en la casa del Padre. Y sintámonos llamados finalmente, todos nosotros, a trabajar para que nuestra vida sea realmente luminosa, llena de la luz del amor, de la apertura, de la atención a los demás, porque solamente así habrá merecido la pena ante Dios, ante los demás hombres, ante nosotros mismos haber vivido.

 

José María Martín OSA

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¡QUE NO DECAIGA LA ESPERANZA!

¡La vida no termina! ¡A la vuelta de la esquina de la muerte, nos aguarda la eternidad! ¿Nos espera algo? ¡No! ¡Mucho más que algo! ¡Nos espera ALGUIEN! ¿Qué sería de un mundo sin esperanza? ¿Cómo pueden asumir –el trago amargo de la separación de sus seres queridos aquellos que, el aguardar a… lo dejaron ya en el olvido?

1.- En este dos de noviembre, al día siguiente de festejar el triunfo de los grandes atletas de Dios (Todos los Santos), fijamos nuestra mirada en aquellos que nos han precedido en el camino de la vida.

-Lo hacemos desde el corazón. Donde, la muerte, es incapaz de arrebatarnos a aquellos que hemos querido, con los que hemos compartido tantos momentos buenos y también otros tantos malos. En el corazón cuidamos un agradecimiento emocionado porque, entre otras cosas, dejaron profunda huella en palabras y en obras.

-Fijamos también nuestra mirada en nuestros difuntos con la esperanza de volvernos a ver. ¿Quién ha dicho que no ha vuelto nadie a relatarnos cómo se está o qué hay en la orilla que es la eternidad? ¡No es cierto! Un tal Jesús de Nazaret, descendió al sepulcro, estuvo tres días en El y, al tercer día, cuando resucitó nos dijo que existía un Padre que nos esperaba. Que había vida y suficiente, más que de sobra, para todos los que creyeran y esperaran en El.

Si Jesús es la VIDA, tendremos vida en abundante; si Jesús es la VERDAD ¿por qué no nos hemos de fiar de sus promesas de que un día resucitaremos? Si Jesús es el CAMINO, ya sabemos por dónde hemos de avanzar para no quedarnos sumidos en la desesperanza o en el desasosiego, en la tristeza o en la amargura: ¡Dios cumple lo que promete! Conmemorar a nuestros difuntos en este día es querer y pedir lo mejor para ellos, que también lo será para nosotros, la VIDA ETERNA.

-Recordamos a nuestros seres queridos fallecidos con la mirada puesta en Dios. Un Dios que no permite que nadie de los suyos se pierda o se queden en el olvido. Hoy la gran familia de la Iglesia se reúne para implorar y recordar que la misericordia de Dios es ilimitada. Que, en sus brazos abiertos, esperamos se encuentren todos aquellos que cerraron los ojos a este mundo deseando verle; a todos aquellos que, en sus últimos instantes, no hicieron otra cosa sino proclamar: creo en Dios, creo en Cristo, creo en el Espíritu Santo, en la Resurrección de la carne…en la Vida Eterna. Lo hacemos con las lentes de la fe y por ello mismo lo hacemos con esperanza y la seguridad de que la muerte es un obstáculo pero nunca un final. De que es una estación donde todos, tarde o temprano, nos apearemos pero donde –al final- pasará el último vagón que nos conducirá a la resurrección final.

2.- ¿Dónde están los nuestros? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Cómo están y dónde se encuentran? Ni más ni menos, así nos lo dicta nuestra fe, EN LAS MANOS DE DIOS.

-Oremos para que, lejos de olvidarlos, estén presentes en nuestra vida diaria, en nuestra oración, en la misa que encargamos para ellos con motivo de su cumpleaños, su fallecimiento o una fecha especial.

-Oremos para que, el testimonio que nos dejaron, lo mantengamos vivo y presente en nuestras vidas.

-Oremos para que, la fe que profesaron, sea también para nosotros como un revulsivo para mantener al día nuestra esperanza en el Señor.

-Oremos para que, las faltas que pudieron tener, sean perdonadas por un Padre que nos comprende, que nos entiende pero que…busca y quiere nuestra perfección cristiana mientras nos encontramos en este mundo.

--Hoy no es un día de simplón sentimiento, de vago recuerdo, de lágrima fácil.

---Hoy es el momento de desearles a nuestros familiares difuntos lo que el mundo es incapaz de ofrecernos ni de darnos: LA ETERNIDAD.

 

Javier Leoz

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