¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Martes, 26 de diciembre de 2017

 

SAN JUAN, APÓSTOL Y EVANGELISTA

Fiesta

 

Les anunciamos lo que hemos visto y oído

 

Lectura de la primera carta de san Juan

1, 1-4

 

Queridos hermanos:

Lo que era desde el principio,

lo que hemos oído,

lo que hemos visto con nuestros ojos,

lo que hemos contemplado

y lo que hemos tocado con nuestras manos

acerca de la Palabra de Vida,

es lo que les anunciamos.

Porque la Vida se hizo visible,

y nosotros la vimos y somos testigos,

y les anunciamos la Vida eterna,

que existía junto al Padre

y que se nos ha manifestado.

Lo que hemos visto y oído,

se lo anunciamos también a ustedes,

para que vivan en comunión con nosotros.

y nuestra comunión es con el Padre

y con su Hijo Jesucristo.

Escribimos esto

para que nuestra alegría sea completa.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                       96, 1-2. 5-6.11-12

 

R.    Alégrense, justos, en el Señor.

 

¡El Señor reina! Alégrese la tierra,

regocíjense las islas incontables.

Nubes y Tinieblas lo rodean,

la Justicia y el Derecho son la base de su trono. R.

 

Las montañas se derriten como cera

delante del Señor, que es el dueño de toda la tierra.

Los cielos proclaman su justicia

y todos los pueblos contemplan su gloria. R.

 

Nace la luz para el justo,

y la alegría para los rectos de corazón.

Alégrense, justos, en el Señor

y alaben su santo Nombre. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

El otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro

y llegó antes al sepulcro

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan

20, 1-8

 

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto la cabeza de Jesús; éste no estaba caído con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.

Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.

 

Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

1Jn. 1-4. A pesar de las pruebas por las que tengamos que pasar por creer en Cristo Jesús, vivamos completamente alegres en el Señor. Si el Señor está con nosotros y de parte nuestra ¿quién o qué podrá apartarnos de su amor? Por eso, habiendo experimentado el amor de Dios, cuando anunciamos su Nombre a los demás no podemos hacerlo desde fábulas o inventos humanos, sino desde un corazón que ha experimentado personalmente y ha hecho suyo al Señor y que, en una auténtica Alianza con Él, lo transparenta a través de la propia vida. Tratemos de vivir en una verdadera relación personal con el Señor para poder ser genuinos testigos suyos.

 

Sal. 97 (96). La tierra se alegra porque ha visto al Salvador. Quienes, unidos a Cristo, vivamos en la justicia y el derecho, colaboraremos para que todos los pueblos vean la gloria de Dios. Ciertamente sólo al final veremos cara a cara al Señor y reinaremos junto con Cristo. Sin embargo, ya desde esta vida, hemos de ser testigos del Reino de Dios, que es justicia, paz y gozo en el Espíritu del Señor. La Iglesia peregrina de Cristo tiene como vocación transparentar la presencia de su Señor en el mundo. Quienes, por medio de ella, se encuentren con Jesucristo, deben encontrar esa alegría, paz, bondad, misericordia y gozo que proceden de Dios.

 

Jn. 20, 2-9. El discípulo amado vio y creyó. La transmisión del hecho de la resurrección es algo que el discípulo amado no sólo comprobará al ver el sepulcro vacío, sino también al contemplar al resucitado en las varias apariciones de las que será testigo. Lo que nos transmita no será sólo algo que le haya llegado de oídas, sino algo que él mismo vio y tocó con sus propias manos. A nosotros, al paso del tiempo, nos corresponde transmitir la Buena Nueva de Jesús Salvador, que por nosotros murió y resucitó. Y aún cuando nosotros nos apoyamos en la autoridad de quienes vieron al Señor, sin embargo hemos de abrir nuestro corazón para que Él viva en nosotros y no nos quedemos como un sepulcro vacío, sino que seamos como un templo en el cual habite el Señor. El vivir liberados de la esclavitud al pecado, vacíos de toda maldad, hará creíble nuestro testimonio de que somos hijos de Dios.

En esta Eucaristía el Señor viene a colmar nuestras esperanzas. Él viene a hacer su morada en nuestra propia vida. Si hemos recibido al Señor en nosotros no lo arrumbemos en nuestro propio interior, sino que entremos en un diálogo amoroso con Él. Convirtámonos en sus discípulos amados, que no sólo se dejan instruir por Él, sino que viven conforme a sus enseñanzas llevando una vida renovada en Cristo y dejándose guiar por el Espíritu Santo. Aun cuando por ser fieles a nuestra fe tengamos que entregar nuestra vida, como una ofrenda de amor a Dios y de amor a nuestros semejantes, esforcémonos en conocer al Señor para poder proclamar esa fe no sólo con los labios, sino con todo nuestro ser.

Habiendo participado de la Eucaristía hemos de volver a nuestra vida ordinaria como testigos del amor que Dios nos ha manifestado en Jesús, su Hijo. No vamos como quienes actúan de un modo imaginario. No llegamos ante los demás como quienes los obliga a caminar en el bien. Vamos como quienes, a través de un vida recta e íntegra, se convierten en la mejor invitación para que lo demás busquen al Señor, se encuentren y se comprometan con Él en la construcción de un mundo que día a día se vaya renovando en el amor fraterno. Aprendamos a entregar nuestra vida en lo cotidiano, en el servicio a favor de todos, amándolos como Cristo nos ha amado.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda vivir con lealtad nuestra fe, no sólo en el templo, de rodillas ante Él, sino en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra existencia, amándonos fraternalmente unos a otros y preocupándonos del bien de todos. Amén.

 

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