¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

Martes, 13 de marzo de 2018

He visto el agua que brotaba del templo:

y todos aquellos a quienes alcanzó esta agua

han sido salvados

 

Lectura de la profecía de Ezequiel

 

40, 1-3; 47, 1-9. 12

 

La mano del Señor descendió sobre mí y me llevó a la tierra de Israel. Allí vi a un hombre que por su aspecto parecía de bronce. El hombre me llevó a la entrada de la Casa del Señor y vi que salía agua por debajo del umbral de la Casa, en dirección al oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia el oriente. El agua descendía por debajo del costado derecho de la Casa, al sur del altar. Luego me sacó por el camino de la puerta septentrional, y me hizo dar la vuelta por un camino exterior, hasta la puerta exterior que miraba hacia el oriente. Allí vi que el agua fluía por el costado derecho.

Cuando el hombre salió hacia el este, tenía una cuerda en la mano. Midió quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a las rodillas. Midió otros quinientos metros y me hizo caminar a través del agua, que me llegó a la cintura. Luego midió otros quinientos metros, y ya era un torrente que no pude atravesar, porque el agua había crecido: era un agua donde había que nadar, un torrente intransitable.

El hombre me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre?», y me hizo volver a la orilla del torrente. Al volver, vi que a la orilla del torrente, de uno y otro lado, había una inmensa arboleda.

Entonces me dijo: «Estas aguas fluyen hacia el sector oriental, bajan hasta la estepa y van a desembocar en el Mar. Se las hace salir hasta el Mar, para que sus aguas sean saneadas. Hasta donde llegue el torrente, tendrán vida todos los seres vivientes que se mueven por el suelo y habrá peces en abundancia. Porque, cuando esta agua llegue hasta el Mar, sus aguas quedarán saneadas, y habrá vida en todas partes adonde llegue el torrente.

Al borde del torrente, sobre sus dos orillas, crecerán árboles frutales de todas las especies. No se marchitarán sus hojas ni se agotarán sus frutos, y todos los meses producirán nuevos frutos, porque el agua sale del Santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas de remedio».

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                     45, 2-3. 5-6. 8-9

 

R.    ¡El Señor está con nosotros!

 

El Señor es nuestro refugio y fortaleza,

una ayuda siempre pronta en los peligros.

Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva

y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar. R.

 

Los canales del Río alegran la Ciudad de Dios,

la más santa Morada del Altísimo.

El Señor está en medio de ella: nunca vacilará;

Él la socorrerá al despuntar la aurora. R.

 

El Señor de los ejércitos está con nosotros,

nuestro baluarte es el Dios de Jacob.

Vengan a contemplar las obras del Señor,

Él hace cosas admirables en la tierra. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

En seguida el hombre se sanó

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan

 

5, 1-3a. 5-18

 

Se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.

Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo "Betsata", que tiene cinco pórticos. Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, lisiados y paralíticos.

Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años. Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: «¿Quieres sanarte?».

Él respondió: «Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes».

Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y camina».

En seguida el hombre se sanó, tomó su camilla y empezó a caminar.

Era un sábado, y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser sanado: «Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla».

Él les respondió: «El que me sanó me dijo: "Toma tu camilla y camina"». Ellos le preguntaron: «¿Quién es ese hombre que te dijo: "Toma tu camilla y camina"».

Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí.

Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: «Has sido sanado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía».

El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había sanado. Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.

Él les respondió: «Mi Padre trabaja siempre, y Yo también trabajo». Pero para los judíos ésta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre.

 

Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Ez. 40, 1-3; 47, 1-9. 12De junto a Dios, que habita en el Santo Templo de Jerusalén, mana un caudal de aguas que, a su paso, va haciendo brotar la vida incluso en las tierras más áridas; al desembocar en el mar muerto o mar de la sal, que sepultó a la ciudad pecadora, Sodoma, lo saneará de tal forma que será posible ahí la vida de abundantes especies marinas.

Siempre estará el mal acechando, como serpiente, a la puerta de nuestra vida. Hay muchos ámbitos de nuestra vida personal, familiar o social que han sido atrapados por el mal. No podemos cerrar los ojos ante esa realidad. Muchos buscan solución a estos males a través de consultas psicológicas, ocultistas, paranormales, etc. A pesar de tantos esfuerzos la vida alcanza a abrirse paso para llegar con toda su fuerza al corazón del hombre. La salvación ha brotado como un inmenso caudal que se ha desbordado sobre la tierra, para hacer brotar la vida aún en los corazones más áridos, para servir de alimento, de curación a todos; para ofrecer el perdón, la reconciliación y la capacidad de volver a tener vida, alegría, paz y amor a aquellos corazones de quienes ya sólo se esperaban sólo signos de muerte. Jesús, el enviado del Padre, es para nosotros esa fuente de perdón, de misericordia, de amor y de vida. En Él y por Él Dios ha desbordado todo su amor a favor nuestro.

No podemos menos de alabar a Dios por su inmensa bondad y misericordia para con nosotros. También le hemos de pedir que nos ayude a ser un buen terreno que reciba, con amor, su Palabra y nos haga ser fecundos en buenas obras.

Sólo así los que creemos en Él, haremos de nuestro mundo un mundo más justo, más recto, más fraterno, más en paz. Este es el compromiso que tenemos los que hemos depositado en Cristo nuestra fe: Dejarnos transformar por Él y ser, para nuestro tiempo, un signo de su amor, de su cercanía, de su fecundidad amorosa que explota en un sin fin de buenas obras, conforme a la fecundidad del Espíritu de Dios en nosotros.

 

Sal. 46 (45) Que el Pueblo entone un Cántico a Sión, la Ciudad Santa, pues ahí se encuentra el Templo Santo de Dios. Y el Señor habita en él. Estando Dios con nosotros, Él se convierte para nosotros en nuestro refugio y nuestra fuerza. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra y los montes caigan en el fondo del mar.

El Dios-con-nosotros es Cristo Jesús; Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Por eso cobremos ánimo y no dejemos de hacer el bien, pues si el Señor está con nosotros ¿quién podrá contra nosotros? El Señor nos pide depositar en Él nuestra confianza y trabajar denodadamente haciendo el bien y esforzándonos para que su Reino llegue a todos, sabiendo que su Espíritu jamás se alejará de nosotros.

Por eso, no sólo nuestra alabanza y confianza se han de depositar en Dios, sino que conociendo nuestra fragilidad, acudamos al Señor para que sea siempre el Dios-con-nosotros, nuestro refugio y defensa, pero también Aquel que nos impulse a hacer el bien a nuestros hermanos.

A nosotros corresponde dar un nuevo rostro a la historia. El Señor está con nosotros no para que nos encerremos como se oculta una luz debajo de una vasija y se siente segura en contra de los vientos; Cristo nos llama para que seamos luz para todos. Esa luz se ha de convertir en seguridad, en apoyo, en un estar nosotros con los que necesitan de nuestra ayuda, de nuestro ánimo, de nuestro amor fraterno. Para esto nos ha llamado y nos ha enviado el Señor.

 

Jn. 5, 1-3. 5-16. Ahora es Jesús el que se acerca al enfermo, que yace en uno de los portales que rodean a la piscina llamada Betesda (= Casa de la misericordia). Mediante la curación que haga del enfermo manifestará que su Palabra es más eficaz que esas aguas. Así entendemos que el Judaísmo ha llegado a su límite. La salvación no vendrá por el cumplimiento de la Ley, ni por el culto sino por creer en Cristo Jesús, y por escuchar su Palabra y hacerla vida en nosotros.

En nuestro tiempo buscamos y experimentamos muchos caminos de salvación al margen de Cristo. Muchos piensan en su felicidad basada en sus adquisiciones materiales o económicas. Muchos desean encontrar la paz en la práctica de técnicas orientales. Hay quienes buscan su seguridad maltratando o destruyendo a quienes les estorban. ¿Nos hemos dejado encontrar por Cristo? Vivir una experiencia personal con Él, escuchar su Palabra, dejarnos sanar por Él de nuestros egoísmos y miserias es lo único que puede ponernos en pié y hacernos caminar dando testimonio de la verdad, del amor y de la paz.

Sabiendo que somos tan frágiles y que nos envuelve una diversidad de tentaciones que pretenden hacernos incapaces para hacer el bien, roguémosle al Señor que vuelva hacia nosotros su mirada compasiva y nos fortalezca con su Espíritu para que no nos contentemos con escuchar y tal vez meditar su Palabra, sino que la pongamos en práctica, y así también ella sea eficaz en nosotros.

Los que creemos en Cristo, habiendo bajado a la piscina bautismal, habiendo sido perdonados de nuestros pecados, habiendo sido, no sólo reconciliados con Dios, sino habiendo sido hechos sus hijos, tomemos el compromiso de ser un signo del Señor para los demás. Que no sólo pronunciemos palabras que hablen de Dios, sino que nuestra propia vida sea el mejor de los lenguajes a través del cual el Señor siga sanando los corazones heridos por el pecado, levantando a los decaídos y fortaleciendo las rodillas vacilantes.

En la Eucaristía el Señor se convierte para nosotros en un torrente de vida nueva. Llega a nuestros corazones y hasta lo más profundo de nuestro Espíritu mediante su Palabra eficaz, que viene a transformar nuestra vida.

Su Eucaristía, memorial de su muerte y resurrección, fortalece nuestra vida para que nos levantemos de nuestras incongruencias en la fe que profesamos y comencemos un nuevo camino de testimonio por nuestras buenas obras.

No importa que pareciese que estuviésemos estériles como los desiertos. Con la presencia del Señor en nuestra vida será posible darle un nuevo rumbo a nuestra existencia.

Celebrar la Eucaristía no es sólo este momento de culto; la celebración se ha de continuar en nuestra vida diaria, fecundada por el Espíritu del Señor en nosotros.

Al volver a nuestra vida diaria vayamos a ella con la Fuerza del Espíritu de Dios en nosotros. Demos testimonio de que hemos sido renovados en Cristo. Su presencia en nosotros nos hará caminar sin tropiezos y sin ser ocasión de tropiezo para los demás.

Nuestro amor por el prójimo, la construcción de relaciones más llenas de amor, cariño y respeto en el hogar, en la vida laboral y en la diversidad de relaciones sociales, indicarán, desde nosotros, la fecundidad de la vida del Señor en y desde nosotros.

Dios va con nosotros. No estamos solos. No yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Que el Señor haga su obra de salvación en nuestra historia en estos momentos en que el mundo necesita signos más creíbles de su amor; y esos, hemos de ser nosotros.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María nuestra Madre, la gracia de permanecer continuamente en su gracia y en su amor, de tal forma que, llenos de su vida en nosotros, el Señor, por medio nuestro, haga llegar a todos su salvación y su paz, como fruto del Amor que habita en nuestros corazones, y que es fuente fecunda de amor y de vida para todos. Amén.

 

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