¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Martes, 12 de diciembre de 2017

 

En América Latina

 

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Patrona de todas las Américas

 

Miren, la joven está embarazada

 

Lectura del libro del profeta Isaías

7, 10-14; 8, 10

 

En aquellos días:

El Señor habló a Ajaz en estos términos: «Pide para ti un signo de parte del Señor, en lo profundo del abismo, o arriba, en las alturas». Pero Ajaz respondió: «No lo pediré ni tentaré al Señor».

Isaías dijo: «Escuchen, entonces, casa de David: ¿Acaso no les basta cansar a los hombres, que cansan también a mi Dios? Por eso el Señor mismo les dará un signo. Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel, que significa "Dios está con nosotros"».

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                         66, 2-3. 5. 7-8

 

R.   ¡Que todos los pueblos te den gracias, Señor!

 

El Señor tenga piedad y nos bendiga,

haga brillar su rostro sobre nosotros,

para que en la tierra se reconozca su dominio,

y su victoria entre las naciones. R.

 

Que todos los pueblos te den gracias.

Que canten de alegría las naciones,

porque gobiernas a los pueblos con justicia

y guías a las naciones de la tierra. R

 

La tierra ha dado su fruto:

el Señor, nuestro Dios, nos bendice.

Que Dios nos bendiga,

y lo teman todos los confines de la tierra. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

Tú eres bendita entre todas las mujeres

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

1, 39-48

 

Durante su embarazo, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:

«¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?

Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».

María dijo entonces:

«Mi alma canta la grandeza del Señor,

y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,

porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora».

 

Palabra del Señor.

Reflexión

 

Is. 7, 10-14. Ante el enemigo, que cerca a Jerusalén para destruirla, el Señor promete que velará por su pueblo; y si no quieren creerle, su rey puede pedir una señal para que sepan que las promesas de Dios no son espejismos engañosos.

Ante la negativa de pedir una señal, el mismo Dios hace el anuncio de la misma: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros. Al paso del tiempo, esta promesa que se refería a la defensa que Dios haría ante los enemigos de su Pueblo, llegará a su pleno cumplimiento con el nacimiento del Hijo de Dios, hecho hombre por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María de Nazaret.

Así, por medio de Jesús, el Señor se hace Dios-con-nosotros. Él viene no sólo a reconciliarnos con Dios y a liberarnos de la esclavitud al pecado, sino a elevarnos a la dignidad de ser sus hijos, por nuestra unión a su Hijo, hecho uno de nosotros.

Y esta salvación no estará ya reservada a un pueblo, sino que se abre a todas las naciones, para que todos encuentren su Camino de Salvación en Cristo, hijo de María Virgen. Ella es la Madre del Verdadero Dios por quien se vive y contempla con gran ternura de Madre a quienes su Hijo encomendó como hijos; vela por ellos y los impulsa a encontrarse con el Dios de la Vida para tener en Él la salvación.

Ojalá y que nuestra devoción a María no se quede sólo en exterioridades, sino que llegue al compromiso de caminar junto con ella en la fidelidad a la voluntad de Dios sobre nosotros, hasta llegar al gozo definitivo de los bienes eternos.

 

Sal 67 (66). El Señor ha vuelto su mirada hacia nosotros para manifestarnos su obra salvadora. Todas las naciones están llamadas a participar de la vida que Él nos ha ofrecido por medio de su Hijo encarnado en María Virgen.

Dios quiere que todas las naciones se conviertan en una continua alabanza de su Santo Nombre, porque el Espíritu del Señor repose sobre ellas. Entonces habrán terminado las luchas fratricidas, los desprecios de los más desprotegidos, las persecuciones injustas; entonces viviremos todos como hijos de un sólo Dios y Padre.

Agradezcamos al Señor la cosecha abundante de salvación que se nos ha dado en Cristo; ojalá y la recojamos y almacenemos en nuestro corazón, para que desde ahí transforme nuestra vida, y podamos distribuirla a todos aquellos a quienes hemos sido enviados para proclamarles el Evangelio.

María, llevando a Jesús no sólo en su seno, sino en su corazón, se acerca a nosotros para que la Salvación que Dios nos ofrece en su Hijo, sea también salvación nuestra.

 

Lc. 1, 39-48. Dios ha irrumpido en la historia del hombre haciéndose uno de nosotros. Por obra y gracia de Dios se han logrado las aspiraciones de todo hombre: llegar a ser como Dios. El Hijo de Dios, encarnado en María, lleva a su pleno cumplimiento las promesas hechas a nuestros antiguos padres, desde aquella primera Buena Noticia dada en el paraíso terrenal.

María, la Madre del Hijo de Dios Encarnado, se convierte en la portadora de esa salvación para Isabel que queda llena del Espíritu Santo, el cual es el único que nos hace participar de la Vida y Salvación que Dios nos ofrece en Jesús; y Juan el Bautista queda santificado y da brincos de gozo en el vientre de su madre.

Esa salvación será salvación nuestra en la medida en que no la rechacemos, sino que la hagamos nuestra.

María, además de Madre de Jesús, es para nosotros figura y prototipo de la Iglesia que se convierte en misionera, en portadora de la salvación, en engendradora del Salvador en el corazón de todos los hombres por la Fuerza del Espíritu Santo que habita en ella.

Ojalá y también nosotros, como Iglesia, seamos capaces de ir hasta los lugares más apartados y escarpados del mundo para que Cristo sea conocido, amado, anunciado y testificado.

María viene como un signo de la manera en que nosotros nos hemos de encontrar y comprometer con su Hijo para que sea luz, guía y fortaleza en nuestro camino hacia la perfección en Dios, a la que todos hemos sido convocados.

En esta Eucaristía el Señor sale a nuestro encuentro mediante estos signos sencillos y humildes del Pan y del Vino que se convierten para nosotros en el Cuerpo y Sangre del Señor, Pan de Vida para su Iglesia.

Pero Él también se ha dirigido a nosotros para recordarnos que somos hijos de Dios. Que nuestra dignidad es la misma que Él posee como Hijo unigénito del Padre.

Él nos invita a entrar con Él en comunión de vida. Ojalá y no nos quedemos sólo en adorarlo, en elevarle alabanzas, sino que aceptemos nuestro compromiso de ser para los demás un signo creíble de su amor.

Que María, nuestra Madre amorosa que nos acompaña en esta celebración, nos ayude a vivir abiertos a la escucha de la Palabra de Dios y a la puesta en práctica de la misma para no ser discípulos distraídos, sino totalmente dispuestos a trabajar en hacer realidad el Reino de Dios entre nosotros.

Quienes participamos de esta Eucaristía hemos de reconocer que también en todos y cada uno de nuestros prójimos habita la presencia del Señor.

Por eso hemos de esforzarnos continuamente en hacer que esa imagen de Cristo en nuestro prójimo resplandezca con mayor dignidad, y no deteriorarla a causa de nuestras incomprensiones, injusticias, persecuciones, o desprecios; ni por deteriorarles la vida con vicios, o envileciéndolos.

Si queremos que nuestros pueblos sean un signo real del Reino de Dios entre nosotros, seamos los primeros esforzados por hacerlo realidad entre nosotros. Abramos nuestro corazón al Espíritu de Dios para que, hechos hijos en el Hijo, seamos los hijos amados del Padre y los hijos más pequeños en el corazón de nuestra Madre, no para sentirnos orgullosos de estar ahí, sino para sentirnos comprometidos en darle un nuevo rumbo a nuestro mundo y su historia.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de convertirnos en un signo de su amor salvador y liberador para nuestros hermanos. Amén.

 

Homiliacatolica.com

 

En el resto del mundo

 

Dios consuela a su pueblo

 

Lectura del libro de Isaías

40, 1-11

 

¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo,

dice su Dios!

Hablen al corazón de Jerusalén

y anúncienle

que su tiempo de servicio se ha cumplido,

que su culpa está pagada,

que ha recibido de la mano del Señor

doble castigo por todos sus pecados.

Una voz proclama:

¡Preparen en el desierto

el camino del Señor,

tracen en la estepa

un sendero para nuestro Dios!

¡Que se rellenen todos los valles

y se aplanen todas las montañas y colinas;

que las quebradas se conviertan en llanuras

y los terrenos escarpados, en planicies!

Entonces se revelará la gloria del Señor

y todos los hombres la verán juntamente,

porque ha hablado la boca del Señor.

Una voz dice: «¡Proclama!»

y yo respondo: «¿Qué proclamaré?»

«Toda carne es hierba

y toda su consistencia como la flor de los campos:

la hierba se seca, la flor se marchita

cuando sopla sobre ella el aliento del Señor.

Sí, el pueblo es la hierba.

La hierba se seca, la flor se marchita,

Pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre».

Súbete a una montaña elevada,

tú que llevas la buena noticia a Sión;

levanta con fuerza tu voz,

tú que llevas la buena noticia a Jerusalén.

Levántala sin temor,

di a las ciudades de Judá:

«¡Aquí está su Dios!»

Ya llega el Señor con poder

y su brazo le asegura el dominio:

el premio de su victoria lo acompaña

y su recompensa lo precede.

Como un pastor, Él apacienta su rebaño,

lo reúne con su brazo;

lleva sobre su pecho a los corderos

y guía con cuidado a las que han dado a luz.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                        95, 1-3. 10ac. 11-13

 

R.    ¡El Señor viene a gobernar la tierra!

 

Canten al Señor un canto nuevo,

cante al Señor toda la tierra;

canten al Señor, bendigan su Nombre,

día tras día, proclamen su victoria. R.

 

Anuncien su gloria entre las naciones,

y sus maravillas entre los pueblos.

Digan entre las naciones: «¡El Señor reina!

El Señor juzgará a los pueblos con rectitud». R.

 

Alégrese el cielo y exulte la tierra,

resuene el mar y todo lo que hay en él;

regocíjese el campo con todos sus frutos,

griten de gozo los árboles del bosque. R.

 

Griten de gozo delante del Señor,

porque Él viene a gobernar la tierra:

Él gobernará al mundo con justicia,

y a los pueblos con su verdad. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

18, 12-14

 

Jesús dijo a sus discípulos:

¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre de ustedes, que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

 

Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Is. 40, 1-11. Un grito de consuelo y de esperanza para el mundo entero: El Señor ha escuchado nuestros ruegos, y se acerca a nosotros para liberarnos de nuestra esclavitud al pecado y a los diversos signos de muerte. Él viene para convertirse en nuestra alegría y en nuestra paz. Y su salvación ya se nos ha concedido en su Hijo, hecho uno de nosotros.

Los que creemos en Él anunciamos su salvación desde nuestra propia vida, que se convierte en un signo de su amor redentor para el mundo entero.

Es necesario prepararle el camino al Señor. Y lo haremos no sólo denunciando el pecado, sino anunciando un camino nuevo que hay que seguir, y por el cual ya han de ir nuestros pasos.

Sólo cuando haya desaparecido de nuestro corazón todo obstáculo, que nos impida amar a Dios y a nuestro prójimo, estará dispuesta nuestra vida, como un buen terreno, para que la Palabra de Dios, que permanece para siempre, sea sembrada en nosotros y produzca abundantes frutos de salvación; entonces podremos decir que la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte, es también nuestra victoria.

Sólo cuando en verdad el amor de Dios sea el que rija toda nuestra vida personal, familiar y social podremos alegrarnos porque el Señor habrá llegado con todo su poder salvador a nosotros; y entonces también nosotros habremos sido convertidos en un anuncio de consuelo y de paz para todos los pueblos.

 

Sal. 96 (95) Que el Señor nos permita convertirnos en una continua alabanza a su Santo Nombre, y que nuestras buenas obras sean el mejor cántico nuevo para Él.

Los que hemos aceptado al Señor por la fe, y que hemos recibido de Él su misma Vida, no podemos continuar como esclavos del pecado, permitiendo que nuestro corazón se rompa cada vez más, y que se destruya la vida familiar y social.

El Señor nos ha llamado para una vida en la verdad, en el amor y en la paz. Por eso el anuncio de la salvación que hacemos a todos los pueblos lo realizamos, además de con nuestras palabras, con nuestras obras y con nuestra vida misma.

Entonces, cuando en verdad sean nuestros la Vida y el Espíritu de Dios habrán desaparecido de entre nosotros toda clase de odios, rencores y divisiones, y viviremos fraternalmente unidos.

Entonces, junto con nosotros se alegrará la creación entera y la redención habrá sido realmente eficaz en nosotros.

El Señor se acerca cada día a nosotros. Abrámosle las puertas de nuestro ser al Redentor, que viene a salvarnos y a reorientar nuestra vida para que lleguemos en Él a nuestra plenitud de hijos de Dios, y de hermanos entre nosotros.

 

Mt. 18, 12-14. En primer lugar nos hemos de preguntar cada uno: ¿cuánto amo yo realmente a Dios? Cuánto lo amo con un amor que me lleve a aceptarlo en mi propia vida, con todas las consecuencias de lo que ha de ser una Alianza de amor entre Él y Yo; una alianza mucho más íntima y real que la alianza matrimonial. Una Alianza que nos identifique al uno con el otro, de tal forma que se haga realidad el deseo de Cristo: "Como el Padre está en Mí, y Yo estoy en el Padre, así Ustedes están en Mí y Yo en Ustedes".

Habiendo iniciado así nuestro camino hacia nuestra propia perfección en Dios, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados, día a día iremos reflejando en nuestra propia vida toda la Gracia que de Él vayamos recibiendo cada vez en mayor plenitud; entonces realmente estaremos dando razón de nuestra esperanza.

Entonces conoceremos y experimentaremos el amor de Dios. El amor que nos tiene, y que jamás ha retirado de nosotros, pues es el Dios misericordioso, que a pesar de vernos caídos en la maldad, no nos abandonó a nuestras propia fuerzas, ni a nuestra propia suerte, sino que salió a buscarnos, hasta encontrarnos y cargarnos sobre sus hombros para llevarnos de vuelta al redil.

Hechos nuestros la vida de Dios y los mismos sentimientos de amor y de misericordia del mismo Cristo, a quien vivimos unidos como los miembros a la Cabeza, debemos trabajar constantemente para ganar a todos para Él.

El que realmente viva en comunión de Vida con Cristo no tiene la obligación de salir al encuentro de los descarriados para llevarlos al camino del bien, incluso dando su vida por ellos con tal de ganarlos para el Señor; no, no los buscará por obligación, sino que lo hará por su misma naturaleza de hijo de Dios, pues no podemos sólo decir que creemos en Cristo, sino que en Él vivimos, nos movemos y somos, y que, por tanto, el Señor continúa, por medio de su Iglesia, su obra salvadora en el mundo.

Nuestro Buen Pastor entrega su vida para que nosotros tengamos vida, y vida en abundancia.

Nosotros hoy nos hemos dejado encontrar por Él. Reconocemos que somos pecadores, y que estamos necesitados de su perdón y de su Gracia. Por eso hoy venimos para ser recibidos no sólo en la Casa del Padre, sino en su propia vida, en su mismo corazón de Dios y Padre nuestro, lleno de amor y de ternura para con sus hijos.

Ante Él deben caer de entre nosotros todos los muros que nos separan del amor y del servicio a nuestros hermanos, con quienes hemos de disfrutar de los mismos dones de Dios sin marginaciones nacidas por la condición social, religiosa, cultural, sexual o económica, pues ante Dios todos tenemos el mismo valor de la sangre derramada por su Hijo en la cruz para perdonarnos y llevarnos sanos y salvos a su Reino celestial.

Al participar de la Eucaristía nos hemos de identificar de tal forma con el Señor que, al igual que Él, nos hemos de convertir en el Evangelio viviente del Padre, que, por medio nuestro, sigue saliendo a buscar al pecador para salvarlo.

El Señor nos entrega hoy su Vida y su Espíritu; seamos portadores de estos dones para las personas de todos los pueblos y naciones.

Ovejas perdidas lejos del amor de Dios. Sin punto de referencia para hacer el bien, lo único que hemos hecho es destruir nuestra propia vida y la vida de aquellos que viven junto a nosotros, pues con nuestros comportamientos hemos sido ocasión de escándalo para ellos, dándoles motivo de pecar, pues no han visto en nosotros la lealtad a la fe que decimos tener, sino una mera hipocresía que los autoriza a vivir conforme a nuestros caminos equivocados.

Y podemos proclamar que los males que hacemos, y que los crímenes que cometemos son porque deseamos limpiar nuestro entorno de toda maldad, sin darnos cuenta de que nosotros mismos nos metemos en una espiral de violencia sin salida.

Es necesario hacer un alto para confrontar nuestra vida con Aquel que, enviado por el Padre, ha venido no a condenarnos, sino a buscar y a salvar todo lo que se había perdido.

Ante Él, ante los criterios de su amor, de su perdón y de su misericordia hemos de juzgar nuestros propios actos para evitar inventarnos una religión al margen de lo que realmente el Señor nos enseñó.

Por eso hagamos nuestro el camino de amor hasta el extremo del Señor por nosotros; sólo entonces podremos decir que realmente somos ocasión de alegría y de paz, y no de angustia, de desesperación y de tristeza para nuestro prójimo.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber ser compasivos y misericordiosos para con nuestros hermanos, para poder llegar a la perfección de nuestro Dios y Padre, siempre lleno de bondad y de misericordia para con todos. Amén.

 

Homiliacatolica.com