¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Martes, 2 de octubre de 2018

 

Santos Ángeles Custodios

 

¿Para qué dar a luz a un desdichado?

 

Lectura del libro de Job

3, 1-3. 11-17. 20-23

 

Job rompió el silencio y maldijo el día de su nacimiento. Tomó la palabra y exclamó:

¡Desaparezca el día en que nací

y la noche que dijo: «Ha sido engendrado un varón»!

 

¿Por qué no me morí al nacer?

¿Por qué no expiré al salir del vientre materno?

¿Por qué me recibieron dos rodillas

y dos pechos me dieron de mamar?

Ahora yacería tranquilo,

estaría dormido y así descansaría,

junto con los reyes y consejeros de la tierra

que se hicieron construir mausoleos,

o con los príncipes que poseían oro

y llenaron de plata sus moradas.

O no existiría, como un aborto enterrado,

como los niños que nunca vieron la luz.

Allí, los malvados dejan de agitarse,

allí descansan los que están extenuados.

 

¿Para qué dar a luz a un desdichado

y la vida a los que están llenos de amargura,

a los que ansían en vano la muerte

y la buscan más que a un tesoro,

a los que se alegrarían de llegar a la tumba

y se llenarían de júbilo al encontrar un sepulcro,

al hombre que se le cierra el camino

y al que Dios tiene acorralado por todas partes?

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                 87, 2-8

 

R.    ¡Que mi plegaria llegue a tu presencia, Señor!

 

¡Señor, mi Dios y mi salvador,

día y noche estoy clamando ante ti:

que mi plegaria llegue a tu presencia;

inclina tu oído a mi clamor! R.

 

Porque estoy saturado de infortunios,

y mi vida está al borde del Abismo;

me cuento entre los que bajaron a la tumba,

y soy como un hombre sin fuerzas. R.

 

Yo tengo mi lecho entre los muertos,

como los caídos que yacen en el sepulcro,

como aquéllos en los que Tú ya ni piensas,

porque fueron arrancados de tu mano. R.

 

Me has puesto en lo más hondo de la fosa,

en las regiones oscuras y profundas;

tu indignación pesa sobre mí,

y me estás ahogando con tu oleaje. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

Sus ángeles en el cielo están constantemente

en presencia de mi Padre celestial

 

a    Lectura del santo Evangelio

según san Mateo

18, 1-5. 10

 

Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?»

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que si no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre me recibe a mí mismo.

Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial».

 

Palabra del Señor. 

 

Reflexión

  

Job 3, 1-3. 11. 16. 12-15. 17. 20-23. Hay momentos a los que nunca quisiéramos llegar; pero se dan. Días de dolor, de sufrimiento, de angustia, de enfermedad, de desgracia. Entonces quisiera uno refugiarse en el seno materno y volver a la tierra de la que fuimos formados. Pero aún en los momentos más arduos de nuestra vida, no podemos claudicar cobardemente. Debemos continuar trabajando, arduamente, por un nuevo orden de cosas y por una humanidad que se revista de Cristo.

El momento en que nuestro cuerpo regrese a la tierra de la que fue formado y nuestro espíritu vuelva a Dios, que lo dio, sólo Él lo sabe; a nosotros sólo corresponde aprovechar este tiempo de gracia que Él nos concede.

Démosle gracias al Señor por la vida que nos concede y agradezcámosle el que nos permita identificarnos con su propio Hijo, pues Él, desde nosotros, hoy sigue padeciendo y dando su Vida para que todos tengan la misma oportunidad de lograr el descanso eterno, después de haberle sido fieles, aún en los momentos de persecución y de muerte.

 

Sal. 88 (89). No permita Dios que nos separemos de Cristo. Aún en medio de nuestras fragilidades y de la diversas tentaciones a que continuamente somos sometidos, pidámosle al Señor que nos dé la firmeza necesaria para que nada ni nadie pueda arrancarnos de su mano.

El Señor nos pide que oremos y estemos vigilantes para no caer en tentación. Él nos ama y es misericordioso para con nosotros y no dejará que suframos la corrupción, pues, aun cuando tengamos que padecer la muerte, tenemos la esperanza cierta de llegar a poseer los bienes eternos, ya que esto es aquello por lo que el Hijo de Dios nos mostró su amor, muriendo y resucitando por nosotros.

Dios está siempre dispuesto a perdonarnos y a hacernos experimentar las pruebas de su amor. Acudamos a Él llenos de confianza pues ni sus oídos ni su corazón están cerrados para nosotros.

 

Mt. 18, 1-5. 10. Celebrando en este día la fiesta de los santos Ángeles custodios, meditemos en esta parte del Evangelio que nos presenta la Liturgia correspondiente.

Dios, como Padre Providente, siempre vela por nosotros y se ha hecho cercanía a nosotros por medio de Jesús, su Hijo hecho Hombre. Él siempre manifestó su amor para con los pobres y los enfermos, para con los pequeños y los pecadores; Él nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano. Su amor preferencial para aquellos que son considerados como los niños, desprotegidos de todo y necesitados de todo, nos recuerda cuál debe ser también el camino preferencial en el amor de la Iglesia.

Muchas veces nos encontraremos con quienes necesitan quien vele por ellos y por sus intereses. Dios nos ha enviado a ellos para que les manifestemos de un modo real, efectivo, el amor misericordioso que Él nos ha tenido a nosotros y que quiere nosotros hagamos llegar a todos por medio de su Iglesia.

En esta Eucaristía el Señor nos ha hecho conocer su voluntad. Él nos precede con la manifestación más grande de su amor por nosotros: su Misterio Pascual, mediante el cual nos dice, no sólo con palabras, sino con obras, que nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos. Y nos invita a que también nosotros seamos sus amigos poniendo en práctica sus mandamientos.

Tratemos de no quedarnos únicamente escuchando la Palabra de Dios, sino que, meditándola y comprendiéndola, la vivamos y demos testimonio de ella con la vida misma, de tal forma que no vayamos a encender una lámpara para después ocultarla dentro de una vasija de barro.

Aquel que en verdad celebra al Señor debe abrir los ojos ante los hambrientos y necesitados para compartir con ellos lo que Dios ha puesto en sus manos. Pues sólo en la alegría que se comparte remediando las necesidades de los pobres, podremos, en verdad, confesarnos discípulos de Aquel que salió a nuestro encuentro para anunciarnos la Buena Nueva del amor del Padre mediante sus palabras, sus obras, sus actitudes y su vida misma.

Si en verdad entramos en comunión de vida con Él en esta Eucaristía, no podemos dejar de ser un signo creíble de su amor misericordioso para nuestros hermanos.

Los que vivimos unidos a Cristo preocupémonos de cuidar de nuestros hermanos necesitados como Dios ha velado por nosotros.

No podemos, por tanto, buscar seguridad, sino dar seguridad; no podemos esperar recibir, sino dar, pues hay más alegría en dar que en recibir; no podemos tender la mano como pobres cuando esta actitud no es consecuencia de un seguimiento radical, serio, verdadero del Señor, y de una constante proclamación de su Evangelio, sino sólo consecuencia de nuestras flojeras y comodidades que nos encierran, incluso, en nuestra propia casa y nos hacen ser unos dependientes inútiles, que más que tener un compromiso con Cristo han hecho del seguimiento del Señor un modo de vivir cómodo y fácil.

Por eso debemos ser bien cuidadosos al socorrer a los necesitados para no provocar simplemente el dejarnos estafar por personas moralmente deshonestas.

Ya nos dice la Didajé, que es un escrito del principio de nuestra era cristiana: A todo el que te pida, dale y no se lo reclames, pues el Padre quiere que a todos se dé de sus propios bienes. Bienaventurado el que, conforme al mandamiento, diere, pues es inocente. Pero ¡ay del que recibe! Pues si recibe por estar necesitado, será inocente; mas el que recibe sin sufrir necesidad, tendrá que dar cuenta por qué recibió y para qué. Será puesto en prisión, se le examinará sobre lo que hizo y no saldrá de allí hasta haber pagado el último cuadrante. Mas también acerca de esto fue dicho: Que tu limosna sude en tus manos, hasta que sepas a quién das.

Amemos y socorramos pues, en verdad, a quienes, siendo real y no de un modo ficticio como niños, necesitan de nuestra protección, de nuestra ayuda y de nuestro amparo.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber amar, ciertamente a todos, buscando el bien de todos, conduciendo a todos hacia un encuentro personal con el Señor; sin olvidar que hemos de tener una amor preferencial, no exclusivo, por aquellos que viven en desgracia, o que han sido dominados por el pecado, para ayudarlos a recobrar su dignidad humana y su dignidad de hijos de Dios. Amén.

 

Homiliacatolica.com

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