¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Lunes, 21 de mayo de 2018

 

Tobit seguía los caminos de la verdad

 

Lectura del libro de Tobías

1, 3; 2, 1b-8

 

Yo, Tobit, seguí los caminos de la verdad y de la justicia todos los días de mi vida. Hice muchas limosnas a mis hermanos y a mis compatriotas deportados conmigo a Nínive, en el país de los Asirios.

En nuestra fiesta de Pentecostés, que es la santa fiesta de las siete Semanas, me prepararon una buena comida y yo me dispuse a comer. Cuando me encontré con la mesa llena de manjares, le dije a mi hijo Tobías: «Hijo mío, ve a buscar entre nuestros hermanos deportados en Nínive a algún pobre que se acuerde de todo corazón del Señor, y tráelo para que comparta mi comida. Yo esperaré hasta que tú vuelvas».

Tobías salió a buscar a un pobre entre nuestros hermanos, pero regresó, diciéndome: «¡Padre!»

Yo le pregunté: «¿Qué pasa, hijo?» Y él agregó: «Padre, uno de nuestro pueblo ha sido asesinado: lo acaban de estrangular en la plaza del mercado, y su cadáver está tirado allí».

Entonces me levanté rápidamente y, sin probar la comida fui a retirar el cadáver de la plaza, y lo deposité en una habitación para enterrarlo al atardecer.

Al volver, me lavé y me puse a comer muy apenado, recordando las palabras del profeta Amós contra Betel:

"Sus fiestas se convertirán en duelo

y todos sus cantos en lamentaciones".

Y me puse a llorar. A la caída del sol, cavé una fosa y enterré el cadáver.

Mis vecinos se burlaban de mí, diciendo: «¡Todavía no ha escarmentado! Por este mismo motivo ya lo buscaron para matarlo. ¡Apenas pudo escapar, y ahora vuelve a enterrar a los muertos!»

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                           111, 1-6

 

R.    ¡Feliz el que teme al Señor!

 

Feliz el hombre que teme al Señor

y se complace en sus mandamientos.

Su descendencia será fuerte en la tierra:

la posteridad de los justos es bendecida. R.

 

En su casa habrá abundancia y riqueza,

su generosidad permanecerá para siempre.

Para los buenos brilla una luz en las tinieblas:

es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo. R.

 

Dichoso el que se compadece y da prestado

y administra sus negocios con rectitud.

El justo no vacilará jamás.

su recuerdo permanecerá para siempre. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

Apoderándose del hijo amado, lo mataron

y lo arrojaron fuera de la viña

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos

12, 1-12

 

Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y les dijo:

«Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías.

De nuevo les envió a otro servidor, y a éste también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes. Envió a un tercero, y a éste lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros.

Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: "Respetarán a mi hijo". Pero los viñadores se dijeron: "Éste es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra". Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.

¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros. ¿No han leído este pasaje de la Escritura:

"La piedra que los constructores rechazaron

ha llegado a ser la piedra angular:

ésta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos"?»

 

Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque como prendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron.

 

Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Tob. 1, 3; 2, 1- 8. A los cincuenta días (pentecostés), de haber salido de Egipto (pascua), decían los Judíos, Dios había entregado su Ley al Pueblo, como camino de unión con Él y de salvación para ellos. A los cincuenta días del paso de Cristo de la muerte a la vida Él nos envía su Espíritu Santo. Así nosotros somos el fruto del amor de Dios, de tal forma que, convertidos en un signo de su amor, hemos de manifestar la presencia del Señor en nosotros mediante una vida fortalecida y guiada por el Espíritu Santo. Esto nos debe llevar a saber compartir lo nuestro con los más desprotegidos, pero también nos ha de abrir los ojos para detenernos ante los oprimidos por el pecado, de tal forma que, convertidos en un signo de su amor, manifestemos al Señor mediante una vida fortalecida y guiada por el Espíritu santo. Esto nos debe llevar a saber compartir lo nuestro con los más desprotegidos, pero también nos ha de abrir los ojos para detenernos ante los oprimidos por el pecado, de tal forma que colaboremos para que también llegue a ellos la salvación que Dios ofrece a todos. Ciertamente no podemos sentirnos satisfechos cuando nos sentamos a la mesa del Señor mientras muchos viven atrapados por la maldad. El Señor ha constituido a su Iglesia como signo de perdón y de salvación en el mundo. Tratemos, guiados por el Espíritu Santo, de cumplir con la misión que el Señor nos ha confiado.

 

Sal. 112 (111). El Señor Jesús en el Evangelio nos pide que busquemos primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá a nosotros por añadidura. También el Sabio proclama: “Señor, no me des riqueza en abundancia para que no me olvide de Ti; ni me des tanta pobreza que me lleves a renegar de Ti.” Tal vez nuestra felicidad no dependa tanto de poseer o no bienes materiales cuanto en la capacidad de saber compartir lo nuestro con los que nada tienen. Y muy por encima de todo esto está el Señor, a quien buscamos y amamos libres de cualquier interés pasajero, o apego a las cosas materiales, pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su alma? Tratemos de brillar no por nuestro poder económico o político, sino por vivir con rectitud, como hijos de Dios que, guiados por el Espíritu Santo y unidos a Cristo pasemos, como Él, haciendo el bien a todos.

 

Mc. 12, 1-12. Dios espera de nosotros el fruto que le corresponde respecto a la Viña que Él ha plantado. Su Iglesia no puede ser administrada como fuente de ingresos personales, como motivo de ocupar puestos pasajeros y recibir reverencias. El Señor, especialmente a quienes ha puesto como Pastores de su pueblo, nos quiere constantemente al servicio de la salvación de todos. Nadie puede apropiarse al pueblo de Dios. Todos debemos sentirnos responsables del bien y de la salvación unos de otros. El Señor nos ha enviado a proclamar su Evangelio, y esa debe ser nuestra tarea primordial, de tal forma que estemos incluso dispuestos a ser perseguidos y entregados a la muerte con tal de buscar y salvar todo lo que se había perdido. Sabemos que Jesús, entregado por nuestra salvación, ahora vive para siempre, constituido en piedra angular del Reino de Dios. Si algún día queremos vivir y reinar con Él para siempre, no podemos sino vivir tras sus huellas y conforme al estilo de vida que Él nos manifestó, amando y sirviendo a nuestro prójimo a la misma altura en que Él lo hizo para con nosotros.

Dios nos envió a su propio Hijo para que lleve consigo a toda la humanidad y la presente ante el Padre como el fruto de su amor redentor hacia nosotros. Los que acudimos a la Celebración Eucarística y renovamos y fortalecemos nuestra unión a Cristo estamos comprometiéndonos a trabajar por su Reino en medio de las realidades en que se desarrolle nuestra vida. Es verdad que el Señor fue calumniado, perseguido y clavado en una Cruz, sin embargo Dios lo resucitó de entre los muertos y lo constituyó en Señor de todo lo creado. Cuando el Señor nos sienta a su Mesa nos está haciendo participar de su Vida, de su Espíritu, pero también de su Misión y de su suerte, de tal forma que hemos de trabajar incansablemente para que el amor y la salvación que proceden de Dios lleguen hasta el último rincón de la tierra, dispuestos a correr la misma suerte del Señor de la Iglesia.

No es sencillo servir a nuestro prójimo guiados por el amor y por el Espíritu del Señor. Es más fácil encerrarnos en nuestro egoísmo, banquetear espléndidamente, gozar de nuestra propia paz y olvidarnos de los pobres y de los que sufren. Pero el Señor nos invita a sentarlos a nuestra mesa; a compartir lo nuestro con los que nada tienen, y a no pasar de largo ante las miserias y pobrezas de nuestros hermanos. Pertenecer a la Iglesia de Cristo debe convertirnos en trabajadores incansables de su Reino. Y ese nuestro trabajo debe tener como fruto el ganar a todos para Cristo. Identificados con Cristo hemos de vivir como discípulos ante Él, escuchando en oración su Palabra para ponerla en práctica, y sirviendo a nuestro prójimo buscando no nuestros propios intereses, sino buscando únicamente su salvación. La Iglesia de Cristo no puede centrar su atención al prójimo sólo en tratar de solucionarle sus necesidades pasajeras, pues aun cuando no podemos ignorar el servicio social como consecuencia de nuestro amor al prójimo, sin embargo no podemos estancarnos sólo en eso, pues el fin fundamental de la Iglesia es hacer que la salvación llegue a todos, de tal forma que podamos manifestarnos cada día de un modo mejor como hijos de Dios, y amarnos como hermanos, de tal manera que todos podamos construir un mundo más fraterno, más en paz y cada día avanzando hacia una mayor perfección en Cristo Jesús.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir cada día más plenamente unidos a Él, de tal forma que seamos signos cada vez más perfecto de su amor, de su bondad, y de su servicio en favor de la salvación de todos. Amén.

 

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