¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Lunes, 11 de diciembre de 2017

Dios mismo viene a salvarnos

 

Lectura del libro de Isaías

35, 1-10

 

¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca,

alégrese y florezca la estepa! ¡

Sí, florezca como el narciso,

que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo!

Le ha sido dada la gloria del Líbano,

el esplendor del Carmelo y del Sarón.

Ellos verán la gloria del Señor,

el esplendor de nuestro Dios.

Fortalezcan los brazos débiles,

robustezcan las rodillas vacilantes;

digan a los que están desalentados:

«¡ Sean fuertes, no teman:

ahí está su Dios!

Llega la venganza, la represalia de Dios:

Él mismo viene a salvarlos».

Entonces se abrirán los ojos de los ciegos

y se destaparán los oídos de los sordos,

entonces el tullido saltará como un ciervo

y la lengua de los mudos gritará de júbilo.

Porque brotarán aguas en el desierto

y torrentes en la estepa;

el páramo se convertirá en un estanque

y la tierra sedienta en manantiales;

la morada donde se recostaban los chacales

será un paraje de cañas y papiros.

Allí habrá una senda y un camino

que se llamará "Camino santo".

No lo recorrerá ningún impuro

ni los necios vagarán por él;

no habrá allí ningún león

ni penetrarán en él las fieras salvajes.

Por allí caminarán los redimidos,

volverán los rescatados por el Señor;

y entrarán en Sión con gritos de júbilo,

coronados de una alegría perpetua:

los acompañarán el gozo y la alegría,

la tristeza y los gemidos se alejarán.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                               84, 9ab. 10-14

 

R.    Nuestro Dios viene a salvarnos.

 

Voy a proclamar lo que dice el Señor:

el Señor promete la paz para su pueblo y sus amigos.

Su salvación está muy cerca de sus fieles,

y la Gloria habitará en nuestra tierra. R.

 

El Amor y la Verdad se encontrarán,

la Justicia y la Paz se abrazarán;

la Verdad brotará de la tierra

y la Justicia mirará desde el cielo. R.

 

El mismo Señor nos dará sus bienes

y nuestra tierra producirá sus frutos.

La Justicia irá delante de Él,

y la Paz, sobre la huella de sus pasos. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

Hoy hemos visto cosas maravillosas

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

5, 17-26

 

Un día, mientras Jesús enseñaba, había entre los presentes algunos fariseos y doctores de la Ley, llegados de todas las regiones de Galilea, de Judea y de Jerusalén. La fuerza del Señor le daba poder para sanar. Llegaron entonces unas personas trayendo a un paralítico sobre una camilla y buscaban el modo de entrar, para ponerlo delante de Jesús. Como no sabían por dónde introducirlo a causa de la multitud, subieron a la terraza y, desde el techo, lo bajaron por entre las tejas con su camilla en medio de la concurrencia y lo pusieron delante de Jesús.

Al ver la fe de ellos, Jesús le dijo: «Hombre, tus pecados te son perdonados».

Los escribas y los fariseos comenzaron a preguntarse: «¿Quién es éste que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?» Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: «¿Qué es lo que están pensando? ¿Qué es más fácil decir: "Tus pecados están perdonados", o "Levántate y camina"? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- a ti te digo, levántate, toma tu camilla y vuelve a tu casa».

Inmediatamente se levantó a la vista de todos, tomó su camilla y se fue a su casa alabando a Dios. Todos quedaron llenos de asombro y glorificaban a Dios, diciendo con gran temor: «Hoy hemos visto cosas maravillosas».

 

Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Is. 35, 1-10. Llega el momento en que los desterrados ha de retornar a la Tierra que Dios había prometido a sus antiguos padres, y de la que habían sido expulsados a causa de sus culpas. Todos han de regocijarse en el Señor, pues Él jamás ha dejado de amarlos. Deben cobrar ánimo pues hay que reconstruir no sólo la ciudad, sino el Templo de Dios. Pero antes que nada es necesario reconstruir el corazón y llenarlo de esperanza para ponerse en camino y poner manos a la obra. Los que creemos en Cristo, a pesar de que muchas veces hayamos sido dominados por el pecado y la muerte; a pesar de que nuestra concupiscencia pudiera habernos arrastrado por caminos de maldad; y aun cuando hayamos estado lejos del amor a Dios y al prójimo, no hemos de perder de vista que el Señor sale a nuestro encuentro, buscándonos amorosamente como el Pastor busca a la oveja descarriada, para ofrecernos el perdón y la oportunidad de una vida renovada en Él. A nosotros corresponde abrir nuestro corazón para aceptar esta oportunidad de gracia que Él nos ofrece. Vivamos con una nueva esperanza, revestidos de Cristo, para que en adelante no sólo busquemos nuestro bien, nuestra justificación y nuestra santificación, sino el bien y la salvación de toda la humanidad. A la Iglesia de Cristo corresponde continuar con la obra de salvación levantado los ánimos caídos, reconstruyendo el corazón de toda la humanidad para que, juntos, hagamos realidad, ya desde ahora, el Reino de Dios entre nosotros.

 

Sal. 85 (84). Nos acercamos al Señor para escuchar su Palabra. Pero no podemos estar ante Él como discípulos distraídos, sino atentos a sus enseñanzas para ponerlas en práctica. El Señor quiere justificarnos. A nosotros corresponde seguir sus caminos amorosa y fielmente. Día a día nos vamos acercando a nuestra salvación eterna. Pero no podemos esperar que esa salvación suceda de un modo mágico en nosotros; es necesario ponernos en camino para que constantemente se vaya haciendo realidad en nosotros, de tal forma que podamos presentarnos ante los demás como personas más llenas de amor, más justas y más solidarias con los que sufren. Sólo así, transformados a imagen y semejanza de Cristo, podremos ser un signo de su amor salvador en medio de nuestros hermanos. Jesús es el Camino que se ha abierto para conducirnos a la plena unión con Dios, nuestro Padre. Sigamos sus pisadas, tomando nuestra cruz de cada día.

 

Lc. 5, 17-26. Hoy hemos visto maravillas: el Señor se ha convertido en nuestro Salvador y nos ha redimido del pecado y de la muerte. Él nos ha abierto las puertas de la salvación. El Señor no sólo ha venido a socorrernos en nuestras pobrezas, no sólo ha venido a curarnos de nuestras enfermedades. Él ha venido para liberarnos de la esclavitud al pecado y a la muerte, y a conducirnos, como Hijos, a la Casa Paterna. Y no sólo hemos de conocer nosotros a Dios y disfrutar de la salvación que Él nos ofrece en Cristo Jesús. Los que hemos sido beneficiados de los dones de Dios hemos de ser los primeros en preocuparnos del bien y de la salvación de los demás, trabajando intensamente y utilizando todos los medios a nuestro alcance para conducirlos a la presencia del Señor, de tal forma que también ellos encuentren en Él el perdón de sus pecados y la vida eterna. El Señor quiere que su Iglesia se convierta en un signo de salvación para el mundo entero. Vivamos conforme a la confianza que el Señor ha depositado en nosotros.

El Señor nos invita en este día a participar del Sacramento de Salvación, mediante el cual Él nos comunica su Vida. Él ha entregado su vida por nosotros para el perdón de nuestros pecados. Mediante este Memorial de su muerte y resurrección nosotros somos hechos partícipes de la Redención que Él ofrece a toda la humanidad. Hoy nos reunimos en su presencia no sólo para contemplar sus maravillas, sino para ser los primeros en ser beneficiados por ellas, de tal manera que quede atrás todo aquello que nos impida caminar como testigos de su amor. Unidos a Cristo hemos de cobrar ánimo para que no sólo nuestra vida, sino la humanidad entera sea hecha una criatura nueva en Cristo Jesús. Dios ha tenido misericordia de nosotros. Dejemos que realmente su perdón y su salvación se hagan realidad en nosotros para que, convertidos en testigos suyos, vayamos a trabajar, fortalecidos por su Gracia y por la presencia de su Espíritu Santo en nosotros, para que a todos llegue la salvación, la justicia y la paz.

Nuestra fe en Cristo nos ha de hacer volver la mirada hacia todos aquellos que viven deteriorados por las injusticias, por la enfermedad, por el pecado. No podemos decirnos a nosotros mismos: ¿Acaso soy yo guardián de mi hermano? El Señor nos quiere fraternalmente unidos por el amor. Y ese amor nos ha de llevar a preocuparnos del bien de nuestro prójimo, de tal forma que jamás pasemos de largo ante Él cuando le veamos esclavizado por algún pecado, o tratado injustamente, o dominado por la enfermedad. La Iglesia no puede conformarse con darle culto al Señor, ni con sólo anunciar su Santo Nombre a los demás. La Iglesia debe convertirse en la cercanía amorosa de Dios para todos aquellos que necesitan de una mano que se les tienda para ayudarles a superar sus diversos males. Al final el Señor sólo reconocerá en nosotros el amor que le hayamos tenido a Él a través de nuestro prójimo. Vivamos, pues, nuestra fe en obras de amor, que nos hagan no sólo llamarnos, sino manifestarnos como hijos de Dios.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de trabajar constantemente para que la salvación llegue a todos, aún a aquellos que, alejados de Dios, parecieran como un desierto sin aliento ni esperanza, pero que, puesto que para Dios nada hay imposible, Él quiere que también ellos lleguen a ser sus hijos. Amén.

 

Homiliacatolica.com