¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

Jueves, 21 de junio de 2018

Cuando Elías fue llevado en un torbellino,

Eliseo quedó lleno de su espíritu

 

Lectura del libro del Eclesiástico

48, 1-14

 

El profeta Elías surgió como un fuego,

su palabra quemaba como una antorcha.

El atrajo el hambre sobre ellos

y con su celo los diezmó.

Por la palabra del Señor, cerró el cielo,

y también hizo caer tres veces fuego de lo alto.

¡Qué glorioso te hiciste, Elías, con tus prodigios!

¿Quién puede jactarse de ser igual a ti?

Tú despertaste a un hombre de la muerte

y de la morada de los muertos, por la palabra del Altísimo.

Tú precipitaste a reyes en la ruina

y arrojaste de su lecho a hombres insignes;

tú escuchaste un reproche en el Sinaí

y en el Horeb una sentencia de condenación;

tú ungiste reyes para ejercer la venganza

y profetas para ser tus sucesores;

tú fuiste arrebatado en un torbellino de fuego

por un carro con caballos de fuego.

De ti está escrito que en los castigos futuros

aplacarás la ira antes que estalle,

para hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos

y restablecer las tribus de Jacob.

¡Felices los que te verán

y los que se durmieron en el amor,

porque también nosotros poseeremos la vida!

Cuando Elías fue llevado en un torbellino,

Eliseo quedó lleno de su espíritu.

Durante su vida ningún jefe lo hizo temblar,

y nadie pudo someterlo.

Nada era demasiado difícil para él

y hasta en la tumba profetizó su cuerpo.

En su vida, hizo prodigios

y en su muerte, realizó obras admirables.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                    96, 1-7

 

R.    ¡Alégrense, justos, en el Señor!

 

¡El Señor reina! Alégrese la tierra,

regocíjense las islas incontables.

Nubes y Tinieblas lo rodean,

la Justicia y el Derecho son la base de su trono. R.

 

Un fuego avanza ante Él

y abrasa a los enemigos a su paso;

sus relámpagos iluminan el mundo;

al verlo, la tierra se estremece. R.

 

Las montañas se derriten como cera

delante del Señor, que es el dueño de toda la tierra.

Los cielos proclaman su justicia

y todos los pueblos contemplan su gloria. R.

 

Se avergüenzan los que sirven a los ídolos,

los que se glorían en dioses falsos;

todos los dioses se postran ante Él.

¡Alégrense, justos, en el Señor! R.

 

 

 

EVANGELIO

 

Ustedes oren de esta manera

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

6, 7-15

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.

Ustedes oren de esta manera:

Padre nuestro,

que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre,

que venga tu Reino,

que se haga tu voluntad

en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día.

Perdona nuestras ofensas,

como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.

No nos dejes caer en la tentación,

sino líbranos del mal.

Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.

 

Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Eclo. 48, 1-15. La presencia del Espíritu Santo en nosotros es para que proclamemos siempre, con nuevo ardor, el Evangelio de la Gracia.

El fuego de Dios, manifestado en los profetas, y sobre todo en Cristo Jesús, nos purifica de nuestros pecados, para que nos presentemos ante Dios, santos, como Él es Santo.

Pero al mismo tiempo ese Fuego, Espíritu de Dios, calienta nuestra frialdad, aviva el fuego del Amor Divino en nosotros, y el Espíritu Santo se convierte en Huésped nuestro.

Los que hemos recibido el Don del Espíritu Santo no hemos sido enviados a juzgar ni a condenar a los demás, sino a salvarlos, sabiendo que Dios ama a todos, y a todos dirige su llamado a la santidad.

Por eso nosotros, Iglesia de Cristo, no podemos pasarnos la vida anatemizando a los demás, sino buscando, por todos los medios, que todo retorne a Cristo Jesús.

 

Sal. 97 (96). Delante del Señor avanza fuego, abrazando en torno a los enemigos. Dios nos quiere en su presencia libres de todo pecado. Él envió a su propio Hijo para perdonarnos nuestras ofensas. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

Su iglesia, convertida en su signo profético, va con el fuego purificador del Amor, que procede de Dios, a trabajar incansablemente hasta lograr que todo quede restaurado en Cristo Jesús.

Así, como apóstoles suyos, anunciamos el Evangelio y preparamos el camino al Señor, para que los corazones estén bien dispuestos a recibirlo y a dejarse conducir por Él hasta lograr la eterna Bienaventuranza.

 

Mt. 6, 7-15. Habiendo sido bautizados; habiéndosenos participado del mismo Espíritu que reposa sobre Jesús, en Él no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos en verdad.

La prueba del amor que Dios nos tiene es el perdón que nos da cuando, humillados y arrepentidos, volvemos a Él con un corazón sincero. Entonces conocemos el amor de Dios, que jamás se ha olvidado de nosotros, ni de que es nuestro Padre.

Nuestra experiencia personal de Dios nos debe llevar a amar y a perdonar a nuestro prójimo en la misma medida de amor y perdón con que nosotros hemos sido amados y perdonados por el Señor. Por eso el Padre nuestro no sólo es un resumen de lo que hemos de desear y amar, sino que es un compromiso de totalidad en nuestro ser de hijos de Dios, y en nuestro ser de hermanos de nuestro prójimo, con quien tenemos un Padre común, a quien santificamos en la fidelidad a su voluntad.

Junto con nuestro prójimo también trabajamos por el Reino de Dios y le participamos de nuestro Pan de cada día, le sabemos perdonar y juntos disfrutamos de la Victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.

Ojalá y no sólo recitemos, sino que vivamos, con gran amor, el Padre nuestro.

Nuestro Dios y Padre nos reúne en esta Eucaristía en torno a su Hijo, por quien y en quien hemos sido hechos hijos suyos.

Dios quiere que, revestidos de su propio Hijo, vayamos con el fuego de su Espíritu Santo a dar testimonio de su amor a nuestros hermanos.

Él nos da ejemplo de un amor siempre misericordioso hacia nosotros. Creer en Él nos lleva a aceptar el ser amados, perdonados, santificados y salvados por Él.

Por eso no podemos considerar la Eucaristía sólo como un acto de culto a Dios, sino como la aceptación de la vida de Dios en nosotros, entrando, mediante Ella, en una auténtica comunión de vida con el Señor para ser, en Él, hijos amados del Padre.

No sólo hemos de experimentar el amor que Dios nos tiene. No sólo hemos de alegrarnos por pertenecer a su Reino. No sólo hemos de disfrutar el pan de cada día. No sólo hemos de sentir la paz interior porque el Señor nos ha perdonado, y se ha convertido en nuestro poderoso protector. Quienes tenemos a Dios por Padre, hemos sido enviados como un signo claro y creíble de su amor y de su misericordia para nuestros hermanos.

Aquel que viva envuelto en el egoísmo, el que haya centrado su corazón en lo pasajero, quien se olvide de amar y sólo siga sus caprichos e inclinaciones, quien no sepa perdonar, quien sea ocasión de escándalo para su prójimo, quien induzca a otros al pecado, por más que recite con los labios la oración que el Señor nos enseñó será un parlanchín, un mentiroso, un hipócrita.

Si queremos colaborar en la construcción del Reino de Dios entre nosotros, si queremos una sociedad más sana, si queremos una Iglesia apostólica y convertida en testigo fiel del Señor, vivamos a plenitud el Padre nuestro.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de no sólo llamarnos, sino ser en verdad y con las obras, hijos suyos en Cristo Jesús. Amén.

 

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