¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

Jueves, 11 de octubre de 2018

 

¿Ustedes recibieron el Espíritu por las obras de la Ley

o por haber creído en la predicación?

 

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Galacia

3, 1-5

 

Gálatas insensatos, ¿quién los ha seducido a ustedes, ante cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado? Una sola cosa quiero saber: ¿ustedes recibieron el Espíritu por las obras de la Ley o por haber creído en la predicación? ¿Han sido tan insensatos que llegaron al extremo de comenzar por el Espíritu, para acabar ahora en la carne? ¿Habrá sido en vano que recibieron tantos favores?

¡Ojalá no haya sido en vano! Aquél que les prodiga el Espíritu y está obrando milagros entre ustedes, ¿lo hace por las obras de la Ley o porque han creído en la predicación?

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                            Lc 1, 69-75

 

R.    ¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel!

 

Nos ha dado un poderoso Salvador

en la casa de David, su servidor,

como lo había anunciado mucho tiempo antes

por boca de sus santos profetas. R.

 

Para salvarnos de nuestros enemigos

y de las manos de todos los que nos odian.

Así tuvo misericordia de nuestros padres

y se acordó de su santa Alianza. R.

 

Se acordó del juramento que hizo a nuestro padre Abraham

de concedernos que, libres de temor

arrancados de las manos de nuestros enemigos,

lo sirvamos en santidad y justicia

bajo su mirada, durante toda nuestra vida. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

Pidan y se les dará

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

11, 5-13

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: «Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle», y desde adentro él le responde: «No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos».

Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.

¿Hay entre ustedes algún padre que da su hijo una serpiente cuando le pide un pescado? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquéllos que se lo pidan!

 

Palabra del Señor.

 

 

Reflexión

 

Gal. 3, 1-5. Jesucristo, clavado en la cruz, nuestro perdón y causa de nuestra salvación, es Aquel que ha de ser presentado como el único camino que nos conduce al Padre.

Junto con el perdón de Dios en Cristo hemos recibido nueva vida en Él; y por nuestra fe en el Señor y por creer en su Evangelio el Padre nos ha comunicado el Espíritu Santo y obra milagros entre nosotros.

Todos estos dones provienen del amor gratuito que Dios nos tiene, y no son producto de nuestra fidelidad a la Ley. No queramos, pues, cambiar la gracia de Dios como salvación nuestra, por una marca en la carne, pues entonces los Dones de Dios en nosotros habrían caído como en saco roto.

Nuestro Dios y Padre quiere que nosotros pongamos nuestra esperanza de salvación únicamente en Cristo, muerto y resucitado por nosotros, para nuestra salvación. Acudamos al Señor para que nos fortalezca y nos ayude a no jugar con nuestra fe, arrodillándonos ante Él para después buscar nuestra seguridad en ídolos creados por nosotros mismos.

Con la confianza puesta únicamente en el Señor pongámonos en Camino para trabajar de tal forma que no sea ya lo pasajero, ni las invenciones humanas lo que le dé la paz y la seguridad a nuestra vida, sino Jesucristo, único Nombre en el cual podemos salvarnos por haber sido sepultados junto con Él, y por haber resucitado a una vida nueva, también junto con Él.

 

Lc. 1, 69-75. Dios fiel a sus promesas. Él jamás se ha olvidado de nosotros. A pesar de nuestros pecados e infidelidades, Él nos ha buscado como el pastor busca a la oveja descarriada, pues no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

El Señor es nuestra fuerza salvadora; Él nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos aborrecen, pues es misericordioso para con los suyos. Por eso aprendamos a confiar en el amor de Dios. Él no nos quiere lejanos, sino cercanos a su corazón de Padre, lleno de amor por nosotros.

Nuestro servicio al Señor no será sólo mediante el culto, sino con una vida de santidad y de justicia delante de Él desde ahora y para siempre.

Que Él sea nuestra fortaleza para que jamás nos alejemos de su presencia a causa del pecado, pues ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Aquel que por nosotros murió y resucitó. Con un vida íntegra convirtámonos en una continua alabanza al Santo Nombre de nuestro Dios y Padre.

 

Lc. 11, 5-13. La invitación que Jesús nos hace a orar siempre y sin cesar no nos lleva a una recitación continua de oraciones aprendidas de memoria, sino a permanecer, constantemente, en la presencia de Dios, de un modo amoroso.

Es verdad que tenemos muchas cosas que pedirle al Señor; pero por encima de todo le hemos de pedir que derrame, cada vez en mayor abundancia, su Espíritu en nosotros, para que nos vaya transformando en una imagen cada día más perfecta de su propio Hijo. Y no sólo hemos de pedir su Espíritu para nosotros; lo hemos de pedir para todos aquellos que se acercan a nosotros y que sabemos que tienen hambre de mayor rectitud, de mayor lealtad a la vida, de mayor amor y de mayor justicia.

Dios nos quiere fraternalmente unidos y preocupados del bien de unos por otros.

Ante este requerimiento de Dios hemos de ser perseverantes en la oración pidiéndole al Señor que su Reino llegue a nosotros con mayor fuerza, de tal manera que seamos una comunidad guiada, no por nuestros pensamientos egoístas, sino por el Espíritu Santo que habita en nosotros.

Al celebrar la Eucaristía el Señor nos invita a ser personas guiadas, no por lo temporal, sino por el Espíritu.

La salvación únicamente nos viene de Dios; por eso no podemos terminar como personas que han abandonado al Señor y han puesto su seguridad en cualquier otra cosa, incluso en la pretensión de lograr la vida eterna gracias a nuestras buenas obras. Únicamente de Él depende nuestra salvación.

Nuestra fe en Él es lo que nos ha traído a su presencia para pedirle que sea Él quien nos perdone, nos reconcilie y no haga partícipes de su Vida y de su Espíritu.

Sabemos que el Señor no nos dejará partir con las manos vacías, sino que Él mismo se hará nuestro huésped permanente. Al entrar en comunión de vida con Él seremos transformados en Él, de tal forma que no sólo tendremos con nosotros su Vida como un tesoro, sino que nosotros mismos seremos transformados en un signo de su presencia salvadora en el mundo.

Que Él nos permita vivir con un amor fiel conforme a este Don que nos concede para salvación nuestra y la de todos aquellos con quienes tengamos la oportunidad de relacionarnos.

Y nuestro mundo reclama testigos del amor misericordioso de Dios. Muchos claman día y noche esperando recibir de Dios una respuesta a sus diversos males, a sus opresiones, a sus pecados, a sus esclavitudes. Y pareciera que Dios guardara silencio mientras muchos se debaten entre la vida y la muerte, y muchos otros pierden la esperanza y la fe. Esperar una respuesta venida de Dios como una intervención suya y directa entre nosotros sería tanto como el provocar el descuido de la tarea que corresponde a la Iglesia de Cristo, a quien el Señor ha querido constituir en signo de su amor salvador en el mundo y su historia.

A nosotros corresponde dar respuesta a los diversos requerimientos de los pobres, de los oprimidos por diversas esclavitudes, de aquellos que viven desorientados como ovejas sin pastor. Y no lo hacemos solos, confiando en nuestras fuerzas o en lo erudito de nuestros estudios, sino que lo hacemos con la fuerza del Espíritu que actúa en nosotros y, desde nosotros, en los demás.

Seamos, pues, portadores de la gracia de Cristo para que la salvación llegue a todos, y todos puedan experimentar el amor y la misericordia de Dios.

Esto debe llevarnos a vivir en plena comunión con Cristo y a vivir intensamente nuestra oración, pues no somos más que siervos que sólo hacen aquello que se les ha pedido que realizaran.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber orar con gran fe y amor; con una fe y amor que nos lleven a vivir comprometidos en la realización del bien en favor de todos, hasta que juntos lleguemos a la casa del Padre en la eternidad. Amén.

 

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