¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

Jueves, 1 de marzo de 2018

Maldito el que confía en el hombre.

Bendito el que confía en el Señor

 

Lectura del libro de Jeremías

17, 5-10

 

Así habla el Señor:

¡Maldito el hombre que confía en el hombre

y busca su apoyo en la carne,

mientras su corazón se aparta del Señor!

Él es como un matorral en la estepa t que no ve llegar la felicidad;

habita en la aridez del desierto,

en una tierra salobre e inhóspita.

¡Bendito el hombre que confía en el Señor

y en Él tiene puesta su confianza!

Él es como un árbol plantado al borde de las aguas,

que extiende sus raíces hacia la corriente;

no teme cuando llega el calor

y su follaje se mantiene frondoso;

no se inquieta en un año de sequía

y nunca deja de dar fruto.

Nada más tortuoso que el corazón humano

y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo?

Yo, el Señor, sondeo el corazón

y examino las entrañas,

para dar a cada uno según su conducta,

según el fruto de sus acciones.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                           1, 1-4. 6

 

R.    ¡Feliz el que pone su confianza en el Señor!

 

¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados,

ni se detiene en el camino de los pecadores,

ni se sienta en la reunión de los impíos,

sino que se complace en la ley del Señor

y la medita de día y de noche! R.

 

Él es como un árbol plantado al borde de las aguas,

que produce fruto a su debido tiempo,

y cuyas hojas nunca se marchitan:

todo lo que haga le saldrá bien. R.

 

No sucede así con los malvados:

ellos son como paja que se lleva el viento.

Porque el Señor cuida el camino de los justos,

pero el camino de los malvados termina mal. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

Has recibido tus bienes en vida y Lázaro recibió males:

ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

16, 19-31

 

Jesús dijo a los fariseos:

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.

El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.

En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan».

«Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí».

El rico contestó: «Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento».

Abraham respondió: «Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen».

«No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán».

Pero Abraham respondió: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán».

 

Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Jer. 17, 5-10. Religión: vivir ligado a alguien, a quien se le tiene como Dios, como centro de la vida. Esa es una de las definiciones de religión que dan quienes se dedican a tales investigaciones. Finalmente es poner en alguien la confianza total; amarle con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser. Entendiendo así las cosas, al escuchar lo que hoy Dios nos habla por medio del profeta Jeremías, es bastante entendible.

¿Acaso un hombre podrá convertirse en nuestro Dios? ¿Tendrá el poder de salvarnos y darnos vida eterna, como al árbol que se conserva siempre verde? Sólo quien confía en el Señor y en Él pone su esperanza podrá vivir eternamente, verse libre de todos los males y dar fruto constante de buenas obras. Es cierto que llegarán momentos de sequía y de calor; momentos de bochorno a causa de las penas, sufrimientos, persecuciones, pobrezas; sin embargo jamás se perderá la esperanza y seguirá uno, no sólo esperando el auxilio del Señor, sino luchando constantemente para que florezcan nuevos tiempos y se cosechen frutos de mayor bondad y justicia.

Buscar, antes que nada, el Reino de Dios y su justicia. No hacerlo con la confianza puesta en las personas, en la técnica, en la planificación; los demás son, junto con nosotros, colaboradores del Reino; las demás cosas, tal vez importantes y útiles, no son la solución para hacer eficaz la salvación.

Mientras no se viva la cercanía de la experiencia personal con Dios; mientras se piense que uno es eficaz por la ciencia y la técnica, podremos deslumbrar a los demás, pero no conducirlos hacia la salvación, pues ni nosotros mismos tendríamos al Señor en el corazón, sino tal vez, solo en la mente. Por eso, no sólo la mente, sino especialmente el corazón, debe tener como centro a Cristo; así no hablaremos de memoria, sino que, de la abundancia del corazón hablará la boca y todo nuestro ser.

 

Sal. 1. La Palabra de Dios en este Salmo nos hace retomar lo que en la primera lectura hemos meditado. El hombre justo no sólo vive en paz con Dios y con el prójimo, sino que, además medita y cumple la Ley del Señor; esto lo hace vivir seguro aún en los momentos más difíciles de la vida. El éxito en todas sus empresas es signo del amor que Dios le tiene por su fidelidad. En cambio, el malvado, que se ha olvidado de Dios, del prójimo y de la Ley Santa de Dios, es como paja barrida por el viento y sus caminos acabarán por perderlo.

¿Cuál camino quieres escoger? No culpes a Dios de las decisiones que, de modo personal, hayas hecho tuyas y te dañen.

Sin embargo, no por vivir uno la fidelidad ante Dios, debe vivir marginado de los pecadores. No podemos contemplar la miseria de los demás y alejarnos de ellos para vivir instalados en aquello de lo que disfrutamos. Jesucristo, el único Santo, nos ha enseñado que el camino de la persona de fe es el camino que abre el buen pastor para buscar a la oveja descarriada hasta encontrarla y hacerla volver, cargándola amorosamente sobre los hombros, al redil, para vivir la comunión, la fe, la responsabilidad junto con las demás ovejas que no se habían descarriado.

¿Quién puede decirse libre de culpa? Todos necesitamos convertirnos, rectificar nuestros caminos. Mientras aún es tiempo, volvamos al Señor para que Él no ayude a ir por el camino del bien; y a convertirnos en signos de amor para nuestros hermanos tratando de lograr que, con la luz de Cristo, también ellos inicien su camino hacia el Señor.

 

Lc. 16, 19-31. Moisés y los profetas. De un modo especial se escuchaba a Moisés, pues Dios, por medio de Él, había entregado la Ley a los Israelitas. En la Ley santa de Dios tenían el camino que los unía con Él y les aseguraba la salvación. En esta vida gozarían de salud, poder, prestigio y de todos los bienes que serían como el premio a su fidelidad a lo que Dios les había pedido. Por eso muchos despreciaban a los profetas, pues les echaban en cara su falta de amor por los pobres, por los enfermos, por los marginados.

Los profetas hablaban de que todo lo temporal era pasajero y no tenía la última palabra. Al final Dios sería la recompensa del justo; y este, para serlo en verdad, debería vivir el amor concreto hacia su prójimo, no tener el gesto amenazador hacia los demás, no comprar al pobre por un par de sandalias, saber compartir los bienes con quienes tuvieron menos oportunidades que uno.

Sin embargo, muchos embotaron sus mentes con los bienes pasajeros, con el poder, con el prestigio y vieron morir de hambre hasta a sus mismos padres y no fueron capaces de tenderles la mano, pues pensaron que sus enfermedades y pobrezas eran un castigo de Dios a causa de sus malos comportamientos.

Jesús, nos habla en el Evangelio de este día acerca de lo que le pasa a quien no es capaz de abrir, no sólo los ojos, sino el corazón ante el hermano que sufre, para poner, como Zaqueo, la mitad de los bienes, a la disposición de los pobres; o para llegar a la perfección del amor que indica Cristo: Ve, vende todo lo que tienes y reparte el dinero entre los pobres, luego ven y sígueme.

Jesucristo no es para nosotros una migaja que cae de la mesa de la riqueza de Dios. La Escritura nos dice que Él se hizo pobre para enriquecernos con todos sus bienes.

La Eucaristía, en la que nos reunimos en este día, es para nosotros la donación total de Él para nosotros. Al entrar en comunión de vida con Él participamos de su misma Vida, con toda su plenitud, como Él la recibe del Padre.

En esta comunión fraterna no hay distinción de personas. La Eucaristía no es de élites, no se celebra para grupos cerrados. La Eucaristía es el signo más importante que tiene la Iglesia para manifestar la comunión y la universalidad del amor de Dios.

No hay Eucaristía verdadera cuando se entra a ella por invitación y se cierra la puerta a quienes no tienen boleto de entrada, o no pertenecen a la familia o al grupo. El Señor quiere que todos estemos sentados a la misma mesa y disfrutemos de los bienes que ha preparado para todos.

Su salvación se celebra en la fraternidad, sin divisiones ni fronteras.

La Eucaristía se prolonga en nuestra vida. Nosotros debemos ser una Eucaristía para los demás. En nuestro corazón no puede haber candados que impidan que nuestro amor, nuestra ayuda llegue a todas las personas. No podemos disfrutar egoístamente de lo que poseemos; no podemos llamarnos personas de fe en Cristo cuando pasamos de largo, indiferentemente, ante el dolor de nuestros hermanos.

Las grandes ciudades y el contacto continuo con el dolor de la humanidad a través de los medios masivos de comunicación social, han creado mucha indiferencia en todos nosotros. Difícilmente se detiene uno ante el dolor de los demás. Hay muchas manos tendidas que se quedan sin respuesta. Muchos han contribuido a esta indiferencia por haber hecho de la apariencia de pobreza un modo fácil de vivir. Hay estudios de que la mendicidad aporta buenas cantidades a quienes aparentan pobreza. Hay quienes, al pedir se vuelven exigentes y dejan la comida a la puerta de las casas por no dárseles como ellos la piden.

Sin embargo llegamos a conocer personas, tal vez vecinos nuestros, que en verdad pasan grandes necesidades. Si a esto aumentamos la pobreza en los valores morales que han degradado a muchos, veremos que el campo de socorrer a los necesitados no es juego de niños, sino de personas maduras en la fe que se han de esforzar por compartir con los demás los bienes de los que no somos dueños, sino solo administradores.

Hay naciones que se mueren de hambre, mientras otras no encuentran en qué despilfarrar lo que tienen.

Hay oídos sordos al amor que Cristo vino a enseñarnos como camino que salva. La acumulación de bienes genera hambres y descontentos. Dios no puede estar de parte de quien ha cerrado los ojos ante el hambriento, el desnudo, el enfermo, el encarcelado. Al final sólo el amor al prójimo será lo que cuente; Por eso mientras lo hayamos destruido no podremos decir que fuimos gratos al Señor.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de amar no sólo con los labios, no sólo a los que nos hacen el bien, no sólo a los nuestros, sino a todos con las obras, con la sinceridad, lealtad y estilo en que Cristo nos ha amado a nosotros. Amén.

 

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