¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Domingo, 24 de Diciembre de 2017

DOMINGO CUARTO DE ADVIENTO

2 Sam 7, 1-5. 8b-12. 14a. 16 / Romanos 16, 25-27 / Lucas 1, 26-38

Salmo Responsorial  Sal 88, 2-5. 27.29

R/.  "Cantaré eternamente el amor del Señor"

 

Santoral:

San Charbel Majluf, San Gregorio, San Justo

y San Viator, Beata Paula Isabel Carioli,

San Delfín, Santa Irmina y Santa

 

 

 

LECTURAS DEL DOMINGO 24 DE DICIEMBRE DE 2017

  

DOMINGO I DE ADVIENTO

 

 

El reino de David durará eternamente delante del Señor

 

Lectura del segundo libro de Samuel

7, 1-5. 8b-12. 14a. 16

 

Cuando David se estableció en su casa y el Señor le dio paz, librándolo de todos sus enemigos de alrededor, el rey dijo al profeta Natán:

«Mira, yo habito en una casa de cedro, mientras el Arca de Dios está en una tienda de campaña».

Natán respondió al rey:

«Ve a hacer todo lo que tienes pensado, porque el Señor está contigo».

Pero aquella misma noche, la palabra del Señor llegó a Natán en estos términos:

«Ve a decirle a mi servidor David: Así habla el Señor: ¿Eres tú el que me va a edificar una casa para que Yo la habite?

Yo te saqué del campo de pastoreo, de detrás del rebaño, para que fueras el jefe de mi pueblo Israel. Estuve contigo dondequiera que fuiste y exterminé a todos tus enemigos delante de ti. Yo haré que tu nombre sea tan grande como el de los grandes de la tierra.

Fijaré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré para que tenga allí su morada. Ya no será perturbado, ni los malhechores seguirán oprimiéndolo como lo hacían antes, desde el día en que establecí Jueces sobre mi pueblo Israel. Yo te he dado paz, librándote de todos tus enemigos. Y el Señor te ha anunciado que El mismo te hará una casa.

Sí, cuando hayas llegado al término de tus días y vayas a descansar con tus padres, Yo elevaré después de ti a uno de tus descendientes, a uno que saldrá de tus entrañas, y afianzaré su realeza. Seré un padre para él, y él será para mí un hijo.

Tu casa y tu reino durarán eternamente delante de mí, y tu trono será estable para siempre».

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                                                 88, 2-5. 27. 29

 

R.    Cantaré eternamente el amor del Señor.

 

Cantaré eternamente el amor del Señor,

proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones.

Porque Tú has dicho: «Mi amor se mantendrá eternamente,

mi fidelidad está afianzada en el cielo».  R.

 

Yo sellé una alianza con mi elegido,

hice este juramento a David, mi servidor:

«Estableceré tu descendencia para siempre,

mantendré tu trono por todas las generaciones».  R.

 

Él me dirá:, «Tú eres mi padre,

mi Dios, mi Roca salvadora».

Le aseguraré mi amor eternamente,

y mi alianza será estable para él.  R.

 

 

 

El misterio guardado en secreto desde la eternidad

ahora se ha manifestado

 

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Roma

16, 25-27

 

Hermanos:

¡Gloria a Dios,

que tiene el poder de afianzarlos,

según la Buena Noticia que yo anuncio,

proclamando a Jesucristo,

y revelando un misterio

que fue guardado en secreto desde la eternidad

y que ahora se ha manifestado!

Éste es el misterio

que, por medio de los escritos proféticos

y según el designio del Dios eterno,

fue dado a conocer a todas las naciones

para llevarlas a la obediencia de la fe.

¡A Dios, el único sabio,

por Jesucristo,

sea la gloria eternamente! Amén.

 

Palabra de Dios.

 

 

 

EVANGELIO

 

Concebirás y darás a luz un hijo

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

1, 26-38

 

El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo:

«¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Ángel le dijo:

«No temas, María, porque Dios te ha favorecido., Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; El será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».

María dijo al Ángel:

«¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?»

El Ángel le respondió:

«El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios».

María dijo entonces:

«Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra».

Y el Ángel se alejó.

 

Palabra del Señor.

 

 

Reflexión

 

 

MARÍA, LA MUJER CREYENTE

1.- La promesa mesiánica de Dios se hace realidad. Estamos ya tocando la Navidad, tiempo de gracia en que se hacen realidad las promesas mesiánicas. Dios advierte a David por medio del profeta Natán que no urge en absoluto la construcción de un santuario de piedra, de un templo, y que nunca ha pedido tal cosa. Se subraya en este segundo libro de Samuel que lo característico de Yahvé es caminar delante de su pueblo, sacarlo una y otra vez de todas las esclavitudes y conducirlo a la verdadera tierra prometida en la que, al fin, habite la justicia. El Dios de los nómadas que no tienen ciudad permanente nunca podrá confundirse con los dioses que consagran un territorio y un orden establecido. Por eso no será David el que construya una casa, un templo, para Yahvé, sino que Yahvé construirá la casa de David; es decir, lo hará padre de una dinastía. El profeta Isaías precisará que el Mesías ha de nacer de la casa de David y anunciará la eternidad de su reinado. Pero este reinado será universal y para todos en el Mesías, Jesucristo, en quien el Hijo de Dios planta su tienda en medio de nosotros. Jesucristo será el descendiente de David y será también el verdadero templo de Dios no construido por manos de hombre.

2.- La fe, respuesta al Evangelio, compromete al hombre entero. Por eso la fe en la Carta a los Romanos es concebida como obediencia. Ella implica, efectivamente, que el hombre acepte libremente comprometer su vida y su persona al Dios que se revela a él como fiel y veraz y que, renovando al hombre, le permite y posibilita obedecer a su voluntad. Si la contemplación del misterio revelado ahora en Jesús no nos lleva a una acción solidaria en favor de los más desprovistos del pueblo, tal vez estemos vaciando de contenido lo más específico de nuestra fe. Esta es la verdadera obediencia: amar al hombre entero. Tal vez ésta sea la mejor manera de poder acercarse al misterio de Jesús entre nosotros.

3.- Fe y entrega sin condiciones de María. En la escena de la Anunciación se pone la última piedra de la casa prometida por Dios a David. Se pone, a su vez, la primera piedra del verdadero templo de Dios entre los hombres. El cielo se acerca a la tierra. La tierra escogida para levantar este santuario es María, una joven desconocida de Nazaret, un pueblo insignificante. Ahora las promesas hechas a David se cumplen: "El Señor Dios le dará el trono de David, su padre... y su reino no tendrá fin". Al oír las palabras del ángel María “se turbó..." Hay en ella pues, una primera reacción de desconcierto. En María, la esclava del Señor, tenemos una verdadera creyente. Al sentirse favorecida del Altísimo, no le responde que la deje pensar más despacio a fin de calcular mejor los riesgos. María reproduce el gesto de Abraham, padre de los creyentes, cuando deja su patria para irse hacia lo desconocido. La persona de fe se confía en Dios como el bebé en su madre. María-madre es a la vez María-niña, que no pone objeciones. Es la entrega sin buscar recompensa, la servidora a cualquier riesgo. María cierra la escena con unas palabras que son paradigma de la actitud del creyente: disponerse confiadamente a ser instrumento de la acción de Dios: “Hágase en mí según tu palabra”

 

José María Martín OSA

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SANTA MARÍA DEL ADVIENTO.

1.- En este cuarto y último domingo del Adviento leemos, una vez más, este evangelio de la Anunciación. Estando ya, como estamos, a las puertas de la Navidad –dentro de unas horas celebraremos la Nochebuena– es bueno que nos detengamos un momento a contemplar la figura de María, turbada en un principio ante las palabras del ángel, pero llena después de agradecimiento, de contemplación y de gozo por el privilegio tan inmenso que Dios le acababa de otorgar. En su seno empezaba ya a formarse, por obra y gracia del Espíritu Santo, el que había de ser llamado Hijo del Altísimo. A partir de ese mismo momento María entra como en un éxtasis de alegría y esperanza. Si el tiempo de Adviento es un tiempo de esperanza en la venida de nuestro Dios, nadie más que María esperó esta venida. Santa María del Adviento es, desde el momento mismo de la Anunciación, Santa María de la Esperanza. Con la semilla de la esperanza comienzan a crecer en María, al unísono, las semillas de la fe y del amor. La fe de María es una fe activa, que la empuja a confiar en Dios, a entregarse a Él, y su amor es un amor encendido y ardiente, que le da fuerzas para poner toda su vida al servicio de Dios, para ser corredentora de todos sus hermanos. En un golpe de vista privilegiado, María vislumbra y acierta a ver ya cómo el Hijo que bulle en sus entrañas camina por los difíciles caminos de Palestina; lo ve gritando y voceando amor hacia los más pobres y marginados, denunciando las injusticias de los poderosos; ve que esto le llevará a la cruz, una cruz que su hijo llevará con amor y por amor, y lo ve ya resucitando, glorioso, al tercer día. La esperanza arde en el corazón de María, la llena de humildad y coraje, su alma proclama la grandeza del Señor y su espíritu se alegra en Dios su Salvador.

2.- Esta esperanza cristiana de María, esta esperanza cristiana del Adviento, es la que nosotros debemos pedir hoy al Niño que va a nacer en Belén. Sin esperanza cristiana no se puede levantar y sostener el cristianismo. Sin esperanza cristiana nuestra vida camina por un túnel lóbrego y sin luz, una vida que camina hacia la nada, una noche que no amanece nunca. Nuestra esperanza es una esperanza anhelante, una esperanza que creemos y anhelamos que se convierta algún día en realidad. No serán nuestros méritos los que obren el milagro, serán los méritos de este Niño que va a nacer los que quiten nuestros pecados y los pecados del mundo. Por eso nos alegramos con su nacimiento, también nosotros exultamos en Dios nuestro Salvador. La desesperanza produce pesimismo, derrotismo, negatividad. Los cristianos debemos ser personas optimistas, luchadoras, llenas de generosidad y de amor cristiano. Nunca presuntuosas, nunca despreciadoras, porque sabemos que ha sido un Dios pobre y nacido en un portal el que ha dignificado nuestro barro, el que nos ha salvado, el que nos ha enseñado el camino de la salvación. Santa María del Adviento quiso ser siempre la humilde esclava del Señor, por eso vivió siempre animada por la cierta esperanza de que la salvaría a ella y a nosotros la misericordia de un Dios Salvador que se había encarnado en sus purísimas entrañas.

3.- A la Virgen del Adviento la pintan tradicionalmente los artistas como a una joven doncella, embarazada, que contempla, con agradecida ternura, al Dios que está naciendo en sus entrañas. Escuchemos hoy nosotros, con humildad y agradecimiento, la súplica de un Dios que nos está pidiendo permiso para nacer dentro de nuestro corazón.

 

Gabriel González del Estal

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SEAMOS ÁNGELES

En esta jornada de hoy –día 24 de diciembre— que culminaremos con la Nochebuena, en el inmediato umbral de la Navidad, al leer el relato evangélico de este cuarto domingo de adviento, uno siente la llamada a proclamar aquello que ángel San Gabriel llevó hasta los oídos de Santa María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.

1.- Esta noticia es la que, en estos días, no podemos apagar ni consentir que deje de resonar como fundamento y fondo de la Navidad: ¡EL SEÑOR ESTA CONTIGO! ¡VIENE A ESTAR CONTIGO! Contigo, mundo, que te agitas en un mar de dudas. Cuando piensas que, tus problemas, son mayores que tus fuerzas para hacerle frente. ¡El Señor está contigo!

Este anuncio, sintiéndonos ángeles, mensajeros y enviados por Dios, puede ser nuestra tarea y nuestra misión dentro de la Navidad. ¿Podemos consentir que, las luces, sean más impactantes que el destello de la Luz Divina?

En nuestro empeño queda precisamente ese envío, permanente y gozoso, de anunciar al mundo que el hombre no está sólo; que Dios viene para acompañarle; que una Virgen –porque se fio y creyó– se sintió llena de una felicidad que, sólo la fe, es capaz de ofrecer.

2.- Hoy, como entonces, el Señor sabe perfectamente que no se va a encontrar con un hotel de cuatro estrellas; que tropezará con pocos o escasos colaboradores que popularicen su nacimiento. Pero ojala, el Señor, atine los corazones de algunas personas como esas sencillas cuevas en las que Dios pueda nacer y crecer de nuevo para brindar a la humanidad una puerta o una ventana por la que podamos entrar o ver un poco la salvación. ¿Seremos capaces de cruzar por esa puerta –pequeña y estrecha– que es la puerta de belén? ¿Seremos hábiles para asomarnos con la mirada de la fe y saborear y contemplar el Misterio como lo hizo María?

3.- ¡EL SEÑOR ESTA CONTIGO! Es un grito que, desde la Iglesia y desde las convicciones más profundas de todo creyente, lanzamos a una sociedad capitaneada por mil soledades; a un ser humano acosado por falsas esperanzas; a una realidad social individualista y con cierta sensación de orfandad. ¿No me digáis que el anuncio de “El Señor está contigo” no despierta en nosotros sentimientos de paz y de serenidad, de seguridad y de confianza, de tranquilidad y de fe?

Todos, en estas Navidades, podemos ser trompetas anunciadoras del gran Misterio de la Navidad o, por el contrario, sordina ante lo que celebramos. ¿Qué preferimos ser? ¿Ángeles o silenciadores de la Buena Nueva?

4.- María, ante la llegada del Señor, se entregó de lleno a la causa de Jesús. No le faltarían preocupaciones, turbaciones, dudas pero, a continuación, supo que algo grande iba a ocurrir y puso alma, cuerpo y vida, para que Dios –a través de ella y con ella– se hiciera presente en el mundo en Jesucristo.

Por eso, en este cuarto domingo de adviento, damos gracias a la Virgen, a María. Su “sí” nos sigue empujando a exclamar a los cuatro vientos que, el Señor, ya está llegando; que el Señor va a nacer; que el Señor está tan dentro de nuestras entrañas como un día lo estuvo en las de Ella. El calendario civil nos hace celebrar en pocas horas el final del adviento y el inicio de la Navidad. ¡Gracias, María! ¡Contigo y con nosotros estará el Señor!

 

Javier Leoz

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