¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Domingo, 20 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

Solemnidad - Rojo

Hechos 2, 1-11 / 1 Corintios 12, 3b-7. 12-13

/ Juan 20, 19-23

Salmo Responsorial, Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34

R/. "Señor, envía tu Espíritu

y renueva la faz de la tierra"

 

Santoral:

San Bernardino de Siena, San Protasio

Chong Kurbo y Beata Columba de Rieti

 

 

 

LECTURAS DEL DOMINGO 20 DE MAYO DE 2018

 

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

 

MISA DEL DÍA

 

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo,

y comenzaron a hablar

Lectura de los Hechos de los Apóstoles

2, 1-11

 

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.

Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían:

«¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios».

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                         103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34

 

R.    Señor, envía tu Espíritu

y renueva la faz de la tierra.

 

Bendice al Señor, alma mía:

¡Señor, Dios mío, qué grande eres!

¡Qué variadas son tus obras, Señor!

¡La tierra está llena de tus criaturas!  R.

 

Si les quitas el aliento,

expiran y vuelven al polvo.

Si envías tu aliento, son creados,

y renuevas la superficie de la tierra.  R.

 

¡Gloria al Señor para siempre,

alégrese el Señor por sus obras!

Que mi canto le sea agradable,

y yo me alegraré en el Señor.  R.

 

 

 

Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu

 para formar un solo Cuerpo

 

Lectura de la primera carta del Apóstol

san Pablo a los cristianos de Corinto

12, 3b-7. 12-13

 

Hermanos:

Nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo.

Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común.

Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.

 

Palabra de Dios.

 

 

SECUENCIA

 

Ven, Espíritu Santo,

y envía desde el cielo

un rayo de tu luz.

 

Ven, Padre de los pobres,

ven a damos tus dones,

ven a damos tu luz.

 

Consolador lleno de bondad,

dulce huésped del alma

suave alivio de los hombres.

 

Tú eres descanso en el trabajo,

templanza de las pasiones,

alegría en nuestro llanto.

 

Penetra con tu santa luz

en lo más íntimo

del corazón de tus fieles.

 

Sin tu ayuda divina

no hay nada en el hombre,

nada que sea inocente.

 

Lava nuestras manchas,

riega nuestra aridez,

sana nuestras heridas.

 

Suaviza nuestra dureza,

elimina con tu calor nuestra frialdad,

corrige nuestros desvíos.

 

Concede a tus fieles,

que confían en Ti,

tus siete dones sagrados.

 

Premia nuestra virtud,

salva nuestras almas,

danos la eterna alegría.

 

 

 

EVANGELIO

 

Como el Padre me envió a mí,

yo también los envío a ustedes:

Reciban el Espíritu Santo

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan

20, 19-23

 

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

«¡La paz esté con ustedes!

Como el Padre me envió a mí,

Yo también los envío a ustedes».

 

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:

«Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados

a los que ustedes se los perdonen,

y serán retenidos

a los que ustedes se los retengan».

 

Palabra del Señor.

  

 

Reflexión

 

 

EL ESPÍRITU SANTO: DULCE HUÉSPED DE NUESTRA ALMA

1.- Ven, dulce huésped del alma. Esta oración que leemos en la “secuencia” del domingo de Pentecostés, antes de la lectura del evangelio, es una de las oraciones más bellas y más devotamente rezadas por todos los cristianos a la largo de los siglos. Rezada con devoción y amor, esta oración nos da paz interior, consuelo y descanso en nuestro siempre difícil caminar por este mundo. Cuando el Espíritu Santo se hace nuestro huésped interior y se apodera de nuestra alma, nos ilumina, nos vivifica y nos fortalece. Sí, como decimos cuando rezamos esta bellísima oración, El Espíritu Santo nos fortalece cuando estamos débiles, nos llena interiormente cuando nos sentimos pobres y vacíos, nos da luz y calor cuando estamos apagados y fríos, nos orienta y sana nuestro corazón desorientado y enfermo, sucio o indómito. Por naturaleza somos egoístas, débiles y tornadizos; si nos dejamos arrastrar por nuestros instintos más primarios, caemos fácilmente en actitudes y comportamientos que son más animales que espirituales. Necesitamos la fuerza del Espíritu, la gracia y el calor de lo alto, para sobreponernos a las tentaciones del mundo, del demonio y de la carne. Tenemos que pedir hoy con fervor que el Espíritu Santo se haga dulce huésped de nuestra alma, brisa en las horas de fuego, gozo que enjugue las lágrimas, don en sus dones espléndido. Que sea agua viva que riegue nuestro corazón árido y seco, aliento que vivifique y dé vida a nuestra alma, padre amoroso que, con su amor, guíe y llene nuestro corazón que está siempre inquieto e insatisfecho cuando no descansa en Dios.

2.- Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Podríamos decir que, realmente, la Iglesia nació el día de Pentecostés, porque ese día fue cuando los discípulos de Jesús comenzaron a predicar con fuerza y sin miedo el evangelio que les había predicado el Maestro. Hasta ese día, después de la muerte de Cristo, los discípulos se habían mantenido acobardados, encerrados en una casa, con las puertas y el alma bien cerradas por miedo a los judíos. Fue a partir del día de Pentecostés cuando recibieron la fuerza del Espíritu Santo como motor de sus vidas, que les impulsó a predicar, primero a los judíos y después a los gentiles, el evangelio del Reino, tal como lo habían escuchado de boca del mismo Jesús. Predicaron el evangelio de Jesús con el alma llena de alegría, derramando la paz del Espíritu que habían recibido, y con el alma llena de perdón. Así tenemos que hacer los cristianos de hoy; que se nos note la alegría del Espíritu, la paz de Dios y la capacidad de personar siempre con espíritu cristiano. Es decir, que seamos cristianos valientes, alegres, pacíficos y perdonadores.

3. - Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu les sugería. La lengua del Espíritu es siempre una lengua ardiente y luminosa, porque enciende e ilumina el alma del que habla y el alma del que sabe escuchar. Las lenguas del Espíritu no son sólo sonidos y voces, son actitudes, gestos, expresiones que salen del fondo del alma, como lava de un volcán irreprimible. Las lenguas del Espíritu son siempre amor, llamaradas, y el lenguaje del amor es universal. Si nos relacionamos con los demás con el lenguaje del verdadero amor, del amor del Espíritu, todos los que estén poseídos por el Espíritu nos entenderán como si les hablásemos en su propia lengua. El lenguaje del misionero cristiano es antes amor que lengua, porque Dios es amor y a Dios sólo se le transmite transmitiendo amor.

4. - Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; en cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común. En muchos casos, la única manera de saber si nuestro lenguaje y nuestros dones son del Espíritu, o no. es mirar si contribuyen al bien común. Porque, evidentemente, no todos los dones que tenemos las personas contribuyen siempre al bien común. Es esta carta a los Corintios, el apóstol Pablo solo recomienda los dones que, procediendo del Espíritu, contribuyen al bien común. Estos son, pues, los dones que hoy cada uno de nosotros debemos pedir al Espíritu Santo, los dones que, procediendo del Espíritu, contribuyen al bien común de los demás. Con palabras de la <secuencia> pidamos ahora al Espíritu Santo que “reparta los siete dones, según la fe sus siervos” y que aumente cada día un poco más en nosotros, sus siervos, nuestra fe.

 

Gabriel González del Estal

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LOS DONES DEL ESPÍRITU EN NOSOTROS HOY

1.- Pentecostés es la fiesta de Espíritu y de la comunidad. Es la culminación de la Pascua. La vida nueva que Jesús consiguió es también nuestra vida. Muchas veces no somos conscientes de la actuación del Espíritu en nosotros. Quizá sea porque no le dejamos actuar....Da la sensación de que estamos como los discípulos antes de Pentecostés: decimos que creemos en Jesús, nos confesamos cristianos, pero vivimos apocados, medrosos, sin garra. Entonces nos refugiamos en nuestra fortaleza por miedo a salir al mundo. Pero la imagen que define mejor a la Iglesia no es la de la fortaleza, sino la de la tienda que se planta en medio del mundo.

¿No nos dijo Jesús el domingo pasado que bajáramos al valle y no nos quedásemos plantados mirando al cielo? También los discípulos estaban dentro con las puertas y ventanas cerradas por miedo a los judíos. Comparten miedos, ilusiones y el recuerdo de Jesús. El Espíritu se presentó como un vendaval y unas llamas de fuego. El viento y el fuego purifican y transforman. Y entonces..., salieron a predicar, sin miedo, sin utilizar la fuerza, sostenidos en su debilidad por el Espíritu. Cuando la Iglesia se encierra en sí misma por miedo a contaminarse con el mundo, cuando la imagen que da es la de una fortaleza firme, no convence. Se convierte en piedra de escándalo para muchos.

2. - "Estaban todos reunidos". No dice el Libro de los Hechos que estaban solo los apóstoles, sino todos, es decir el conjunto de los discípulos, todos los que se proclamaban seguidores de Jesús. Por tanto, los dones del Espíritu lo reciben todos los cristianos, no sólo los que han recibido el orden ministerial. El Espíritu actúa en todo, aunque cada uno reciba un don y una función. A cada carisma o don corresponde un ministerio o servicio. Pero todos somos miembros del cuerpo de Cristo y hemos recibido la misma dignidad por el Bautismo. ¿Reconoces en ti el carisma que has recibido?, ¡sabes cuál es tu misión dentro de la Iglesia! En este momento de la historia más que nunca hay que reconocer la importancia de los ministerios laicales. La Iglesia debe tener una estructura circular y no piramidal.

3.- Realizar las obras del Espíritu. Nos dice la Carta a los Gálatas que andemos según el Espíritu, que no realicemos las obras de la carne. Las obras de la carne que cita San Pablo degradan al hombre y lo someten a esclavitud. Estas obras, están patentes también en nuestro tiempo: fornicación, libertinaje, hechicería, idolatría, sectarismo, rivalidades, violencia, borracheras, orgías. Era aquella una sociedad decadente, ¿no lo será también la nuestra? San Agustín tuvo en sí la experiencia de la lucha de la carne contra el espíritu, cuando leyó este texto se sintió reflejado en él y decidió revestirse de Cristo para saborear los frutos del Espíritu. Este fue el momento de su conversión. Comenzó a vivir con amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad y dominio de sí.

4- Los dones del Espíritu tienen hoy su traducción. El don de sabiduría nos capacita para distinguir la realidad de la fantasía y vivir en consecuencia. El sabio es aquel que encuentra el secreto de la felicidad: la vida según Cristo. La inteligencia nos ayuda a aceptar los cambios que se producen en la sociedad para el bien común. Tener una mente abierta es señal de inteligencia. El don de consejo nos lleva a indagar bajo lo visible para descubrir las causas ocultas y poder ayudar al que nos lo pide. La piedad nos protege del egoísmo y del materialismo. La ciencia nos marca una dirección consistente en nuestras vidas, nos ayuda a conocer cómo son las cosas. El temor de Dios, entendido en el buen sentido, es beneficioso y nos hace realizar obras buenas, como el niño que respeta a su querido padre y no quiere defraudarle. La fortaleza es necesaria para un verdadero amor, pues nos da valor para asumir un compromiso auténtico y maduro. Con los dones que el Espíritu nos regala todo es posible desde ahora.

 

José María Martín OSA

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SOBRA ALGO, FALTA ESPÍRITU

Con la Solemnidad de Pentecostés alcanzamos el final de este tiempo, de vida y de resurrección, de plenitud y de redención que hemos vivido durante toda la Pascua.

1.- El mandato que recibimos en el día de la Ascensión “Id y anunciad” lo iniciamos con Aquel en el que se sostiene toda la misión de Jesús: el Espíritu Santo.

-Sin Él, sin Pentecostés, nuestras obras pueden ser muchas, pero sin calado eterno. Es como aquel arquitecto que diseñaba y levantaba un gran edificio, pero no lograba su propósito de alcanzar el cielo ni que, en el interior de su construcción, los moradores estuvieran cómodos.

-Pentecostés nos eleva y nos comunica la fuerza de Dios para cimentar su Iglesia. Nos empuja para que no nos detengamos por los caminos ante las dificultades con las que choca nuestro deseo de evangelizar.

-Pentecostés nos hace buscar y anhelar más lo que nos une que aquello que nos separa. Si Dios es amor, el Espíritu Santo, nos comunica ese potencial de adhesión a Cristo y, desde Cristo, a los hermanos.

-Pentecostés es vida espiritual. No podemos subsistir sin el Espíritu de Dios. Estamos muy acostumbrados a vivir según las medidas del mundo que hemos olvidado ese gran tesoro que Jesús nos transmite: su Espíritu Santo ¿Por qué esa separación entre vida espiritual y vida activa? ¿No sería bueno llevar a cabo nuestras acciones apostólicas, políticas, económicas, sociales, lúdicas…sin olvidar lo qué somos y a qué aspiramos?

-Pentecostés, además, es llamada a la humildad. No podemos transformar las estructuras del mundo (las de nuestra familia, escuela, pueblo, ciudad, parroquia) o las nuestras personales, con nuestro propio esfuerzo o criterio. Sólo con el Espíritu lograremos alcanzar aquello que urge una renovación o un cambio.

2.- Hoy damos gracias a Dios por la Iglesia. No es una mera dispensadora de Sacramentos. Mucho menos una estación de servicios (aunque algunos la vean o la utilicen de esa forma). La Iglesia se renueva y está constantemente preñada por la presencia del Espíritu Santo. En Él está su fuerza, su potencial, su riqueza y su motor para seguir anunciando que Jesús es el Señor, principio y fin de todo.

-Sobran en nuestra Iglesia muchas palabras (a veces hasta sacramentos no dignamente celebrados) y hacen falta profetas. Hombres y mujeres, de carne y hueso, que sin temor y con atrevimiento anuncien que Cristo sigue vivo. Que no es Alguien que quedó en el ayer.

-Sobran desafinamientos y desatinos (que merman nuestros afanes apostólicos) y es necesario personas que cuenten y canten la vida, muerte, pasión y resurrección de Cristo.

-Sobran lamentos, críticas y, con el Espíritu, se precisa de manos dispuestas a curar heridas, a cerrar grietas por las que se desangra muchas veces nuestra comunión, nuestra fraternidad.

-Sobran regidores, funcionarios, asalariados y hace falta gente que, sin sentirse ni gobernados ni sumisos, pongan al servicio de la comunidad, de la Iglesia, todos los talentos y carismas, dones y aptitudes que el Espíritu nos ha concedido. Hoy, nuestra Iglesia, más que dinámicas, reuniones, proyectos o planes pastorales necesita interrogarse sobre si, al Espíritu Santo, le dejamos el espacio debido y suficiente para que Él sea artífice, principio y fundamento de todo lo que hacemos, pensamos, soñamos o decimos.

En plena crisis económica, por lo menos aquí en España, necesitamos un soplo del Espíritu que nos conceda un poco de paz y de calma (no solamente en los bolsillos). Que ÉL nos conceda ese oasis de felicidad y de ternura, de sosiego y de optimismo, de futuro y de bienestar espiritual y material que tanto necesitamos.

¡Ven, Espíritu Santo y llena nuestra vida de la presencia de Dios!

 

Javier Leoz

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