¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Domingo, 9 de Setiembre de 2018

DOMINGO 23° DEL TIEMPO ORDINARIO

Isaías 35, 4-7a / Santiago 2, 1-7

/ Marcos 7, 31-37

Salmo Responsorial, Sal 145, 7-10

R/. "¡Alaba al Señor, alma mía!"

 

Santoral:

San Pedro Claver, San Audemaro, San Auberto,

Beato Santiago Laval, Beata Serafina, Beato Alano

de la Roca y Beata Inés Takeya

 

 

LECTURAS DEL DOMINGO 9 DE SETIEMBRE DE 2018

 

DOMINGO 23° DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Se despertarán los oídos de los sordos

y la lengua de los mudos gritará de júbilo

 

Lectura del libro de Isaías

35, 4-7a

 

Digan a los que están desalentados:

«¡ Sean fuertes, no teman:

ahí está su Dios!

Llega la venganza, la represalia de Dios:

Él mismo viene a salvarlos».

 

Entonces se abrirán los ojos de los ciegos

y se destaparán los oídos de los sordos,

entonces el tullido saltará como un ciervo

y la lengua de los mudos gritará de júbilo.

Porque brotarán aguas en el desierto

y torrentes en la estepa;

el páramo se convertirá en un estanque

y la tierra sedienta en manantiales.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL 145, 7-10

 

R.    ¡Alaba al Señor, alma mía!.

 

El Señor hace justicia a los oprimidos

y da pan a los hambrientos.

El Señor libera a los cautivos. R.

 

El Señor abre los ojos de los ciegos

y endereza a los que están encorvados.

El Señor ama a los justos,

y protege a los extranjeros. R.

Sustenta al huérfano y a la viuda;

y entorpece el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente,

reina tu Dios, Sión, a lo largo de las generaciones. R.

 

 

 

¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres

para hacerlos herederos del Reino?

 

Lectura de la carta de Santiago

2, 1-7

 

Hermanos, ustedes que creen en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no hagan acepción de personas.

Supongamos que cuando están reunidos, entra un hombre con un anillo de oro y vestido elegantemente, y al mismo tiempo, entra otro pobremente vestido. Si ustedes se fijan en el que está muy bien vestido y le dicen: «Siéntate aquí, en el lugar de honor», y al pobre le dicen: «Quédate allí, de pie», o bien: «Siéntate a mis pies», ¿no están haciendo acaso distinciones entre ustedes y actuando como jueces malintencionados?

Escuchen, hermanos muy queridos: ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que ha prometido a los que lo aman?

Y sin embargo, ¡ustedes desprecian al pobre! ¿No son acaso los ricos los que los oprimen a ustedes y los hacen comparecer ante los tribunales? ¿No son ellos los que blasfeman contra el Nombre tan hermoso que ha sido pronunciado sobre ustedes?

 

Palabra de Dios.

 

 

 

EVANGELIO

 

Hace oír a los sordos y hablar a los mudos

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos

7, 31-37

 

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.

Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua; Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete». Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

 

Palabra del Señor.

 

 

Reflexión

 

 

LA ESPERANZA CRISTIANA EN UN DIOS QUE SALVA A LOS DESVALIDOS

1.- Le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y dijo: “Effeta”, esto es “ábrete”. Y, al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Las tres lecturas de este domingo –profeta Isaías, apóstol Santiago, evangelio según san Marcos– hablan de un Dios que manifiesta una indudable preferencia por las personas más necesitadas: ciegos, cojos, enfermos, pobres, personas marginadas por su condición física, social o religiosa. A todas estas personas Dios quiere salvarlas de sus desvalimientos. No habla aquí de una salvación eterna, después de esta vida temporal, no, se trata de salvarlas, socorrerlas, aquí en nuestra tierra y en la sociedad en la que viven. Socorrer y curar a los cojos, ciegos, mudos, pobres, marginados, en la sociedad en la que viven. Pues bien, esto es lo que tenemos que hacer nosotros en nuestra sociedad, en la medida de nuestras posibilidades. Es evidente que no podremos salvar la vida de todos los enfermos, ni acabar con todos los pobres y marginados del mundo en el que nosotros vivimos. Pero todos nosotros tenemos alguna posibilidad de ayudar para que el orden y la situación de nuestro mundo sea un poco más justo y menos desigual. Ayuda social, o ayuda económica, o religiosa, Con nuestro dinero, con nuestra oración, con nuestra ayuda personal, cuando esto sea posible. No pensemos, en primer lugar, en un mundo lejano al nuestro, al que nosotros no podemos llegar; pensemos en un mundo, en una sociedad a la que, de alguna manera, nosotros tenemos acceso. Pensemos, sí, en primer lugar, en nuestra propia familia, en nuestros amigos y conocidos, en el pueblo, ciudad y nación donde vivimos. Y en los pobres y marginados de otros lugares a los que nosotros, de alguna manera tenemos posibilidad de llegar con nuestro dinero, con nuestra oración, con nuestra presencia y acción personal concreta. Pensemos siempre con cierta preferencia y amor en las personas que más nos necesitan, estén donde estén y a las que nosotros de alguna manera podamos llegar. Esto hizo Jesús de Nazaret mientras vivió aquí en la tierra.

2.- Decid a los cobardes de corazón: “sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará”. En este texto, el profeta Isaías habla a personas –cobardes de corazón– que viven sin esperanza en los poderosos de la tierra y sin esperanza en un Dios que venga a salvarlos. Y el profeta, en nombre de Dios, les dice que tengan esperanza y confíen en Dios, porque Dios sí va a venir en persona a salvarlos: despegará los ojos del ciego, abrirá los oídos de los sordos, hará que los cojos salten como ciervos y la lengua de los mudos cantará. Se refiere directamente al pueblo de Israel que sacudirá el yugo de la esclavitud y hará de Israel un pueblo libre y poderoso. Nosotros, los cristianos, siempre hemos aplicado este texto al Mesías verdadero, al Dios encarnado en Cristo. El Dios encarnado en Cristo nos salvará de nuestras miserias y desvalimientos. No siempre nos va a salvar de nuestras miserias y desvalimientos corporales, pero siempre la fe en Cristo, Cristo Jesús mismo, nos va a dar ánimo espiritual para vencer espiritualmente nuestras miserias y problemas, tanto físicos como espirituales. Seamos nosotros, además, personas que, en nombre y con el poder de Cristo, ayudemos a las personas enfermas y necesitadas a ser espiritualmente fuertes, que confíen en la salvación de un Dios que quiere salvarnos a todos.

3.- No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo con el favoritismo. Se ve que en tiempos del apóstol Santiago ya existía el vicio del favoritismo, el vicio del nepotismo, del que, a lo largo de los siglos, tanto practicó la Iglesia católica, después del tiempo del emperador Constantino. Hoy, afortunadamente, nuestra Iglesia, en concreto nuestro Papa Francisco, está recuperando el amor y la preferencia por los más pobres y desvalidos. Tratemos nosotros, los católicos de a pie, de imitar a nuestro Pontífice. Y por este renacer de nuestra Iglesia, en su amor a las personas más necesitadas, digamos con el salmo responsorial: “Alaba, alma mía al Señor… que hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos”.

 

Gabriel González del Estal

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¡DANOS, SEÑOR, OÍDOS ATENTOS Y LENGUAS DESATADAS!

1- Su mensaje es una Buena Noticia. El texto de Isaías de la primera lectura es el mismo que leyó Jesús allá en la sinagoga de su pueblo. Todos los judíos conocían este texto que anunciaba la liberación de Israel. Estaban ya cansados de tanta opresión. Se anuncia la vuelta de los desterrados con imágenes muy palpables: "se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará". Es la victoria sobre todo los impedimentos físicos y el resurgir de la naturaleza: "han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque; lo reseco un manantial". Pero hay una frase que omitirá Jesús. El no anunciará "el desquite" de Dios, pues Jesús, en cambio, anunciará "el año de gracia". He aquí la diferencia: en las palabras de Jesús no hay anuncio de venganza, sino de reconciliación y salvación para todos. Por eso su mensaje es una Buena Noticia. Pero necesita que nosotros colaboremos para que esta Buena Noticia sea una realidad, abriendo nuestros ojos, nuestros oídos y nuestra boca

2.- Los “excluidos” son los preferidos de Dios. Jesús hace realidad las palabras del salmo 145: "El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. Hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos. El Señor sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados". Esta es la Gran Noticia: Dios está a favor de los débiles, de los pobres y necesitados. En aquella época los pobres eran los huérfanos y las viudas, que no tenían ninguna pensión para mantenerse. ¿Quiénes son hoy día los pobres y oprimidos?... Pensemos en los inmigrantes que llegan a nuestras costas y después son devueltos a su país o repartidos por diversos lugares. Pensemos en los ancianos que viven solos. Pensemos en las mujeres y los hombres víctimas de la "violencia de género". Pensemos en los enfermos del sida y en los que mueren en la guerra. Pensemos en los niños de familias desestructuradas que tienen de todo menos lo que necesitan de verdad. ¡Hay tantos pobres y oprimidos a nuestro alrededor! Son los que el Papa Francisco llama “excluidos de nuestro mundo”. Sin embargo, Dios ha elegido a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que le aman.

3.- Abrirse a Dios y a los hermanos. No sabemos si el sordo que apenas podía hablar era judío o pagano. Probablemente era pagano. Jesús no rehúsa hacer un milagro también en tierra de paganos, pues el anuncio de su salvación es universal, sin distinciones. Se presenta a Jesús como una especie de taumaturgo o mago que realiza curaciones. Pero Jesús no es eso: mira al cielo antes de ayudar a aquel pobre hombre. Realiza la curación en nombre de Dios y movido por el poder de la oración. Le dice con fuerza: ¡Ábrete! Le pide que se abra a la fe. También nosotros necesitamos abrir nuestros ojos y nuestro corazón a Dios y a los hermanos. Ábrete a los que necesitan tu amistad, ábrete al que necesita tu cariño, ábrete al que necesita que alguien le escuche, ábrete a ese hermano que te resulta tan pesado, ábrete al enfermo que espera tu visita en el hospital, ábrete a aquél que no te saluda, ábrete a aquél que está llorando con lágrimas de desaliento y soledad. También te dice: escucha los gemidos del triste, escucha los lamentos de aquél que la vida trata injustamente, escucha a aquél que ya no puede ni hablar, pero te está diciendo todo con sus gestos. No seas mudo ni sordo, deja que el Señor abra tu boca y tus oídos. Unos discípulos “sordos” a su mensaje, estarán “mudos” al anunciar el evangelio. Si vivimos sordos al mensaje de Jesús, si no entendemos su proyecto, ni captamos su amor a los que sufren, nos encerraremos en nuestros problemas y no escucharemos los de la gente. Pero, entonces, no sabremos anunciar ninguna noticia buena. Deformaremos el mensaje de Jesús. A muchos se les hará difícil entender nuestro “evangelio”. Es urgente que todos escuchemos a Jesús: “Ábrete”. ¡Danos, señor, oídos atentos y lenguas desatadas!

 

José María Martín, OSA

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¿SORDINA O FINURA DE OÍDO?

 “No ya peor sordo que, aquel que no quiere oír”. Y también, en la vida de la fe, hay mucho sordo.

1.- A veces pensamos que Dios que es tan bueno que comprende y hasta asume nuestras debilidades. Por eso, su Palabra, cuando es excesivamente dura y nos pone las cartas sobre la mesa, solemos decir: eso es para otros. Automáticamente nos hacemos los sordos. Es algo que no va con nosotros.

Y es que, alcanzar la verdad en nuestra existencia, es una tarea ardua, difícil. Exige empeño, atención, perseverancia. Y, porque no decirlo, son tantos los inconvenientes, los “inhibidores” que nos impiden escuchar con nitidez a Dios que, en el campo de la fe, hay mucho sordo. Sobre todo, y lo más grave, la sordera espiritual que nos hace caer en el olvido sistemático de Dios. Yo diría que estamos padeciendo la “gripe E”. La gripe espiritual. Donde nos dejamos contagiar por lo malo. Y damos por bueno lo que es pernicioso para nuestra salud espiritual.

¿Qué hacer para luchar contra la “gripe E”?

a) Primero salir de nuestros egoísmos personales. El abrirnos, además de darnos horizontes, nos posibilita un enriquecimiento personal y comunitario. ¿Cómo me encuentro frente a Dios y frente a mis hermanos? ¿Qué actitud presento en palabras y obras?

b) Segundo: tenemos que despertar de nuevo, con ilusión y con entusiasmo, en la alegría de creer y de esperar en Jesús. No podemos dejar que, la mano providente del Señor, salga constantemente a nuestro encuentro. ¿Qué hacemos nosotros? ¿Nos ponemos en disposición de cambio? ¿Estamos dispuestos a ello? Para ello, antes que nada, pedir al Espíritu Santo que nos haga sentir con fuerza la presencia de Dios. Sólo un torrente de agua es capaz de deslizarse con fuerza por las laderas de un monte. Sólo un cristiano tocado por el Señor será capaz de dar testimonio en los precipicios a los que se asoma la humanidad.

c) Tercero: pidamos al Señor, que siempre que nos presentemos ante EL, lo hagamos con docilidad. Ni vemos todo lo que hay ni oímos todo lo que Él nos dice. La peor sordera que existe en el mundo cristiano es precisamente que nos cuesta escuchar mensajes cristianos. Preferimos mundanizar nuestra fe, a que nuestra fe cristianice todo lo que somos, tenemos y decimos. Nos podríamos preguntar, por ejemplo, si en nuestras redes sociales (las que están a nuestro alcance) si las ponemos a disposición de los mensajes cristiano o si, por el contrario, también les hemos puesto sordina para todo lo que suene a divino.

Que el Señor abra nuestros oídos. Que seamos capaces de percibir su presencia. Que su Palabra sea un río de agua viva. Que, en medio de tantas enfermedades y preocupaciones, la fe sea fuente de salud, de confianza y de esperanza.

Hay muchos intereses y muchos medios empeñados en producir sordera ante todo lo que suena a espiritual. Que seamos capaces de enfrentarnos a ello, limpiándonos una y otra vez el oído que da cobertura a nuestra fe.

 

Javier Leoz

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