¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Domingo, 1 de Julio de 2018

DOMINGO 13° DEL TIEMPO ORDINARIO

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24 / 2 Corintios 8, 7. 9. 13-15

/ Marcos 5, 21-43

Salmo Responsorial, Sal 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b

R/. "Yo te glorifico, Señor, porque Tú me libraste"

 

Santoral:

San Simeón, San Teodorico, San Servando, Santos Justino Orona

y Atilano Cruz, Beato Junípero Serra, Beato Damián de Veuster,

Beato Fernando María Baccilieri, Beato Ignacio Falz

y Beato Tchang-Hoa-Lu

 

 

LECTURAS DEL DOMINGO 1 DE JULIO DE 2018

 

DOMINGO 13° DEL TIEMPO ORDINARIO

 

 

Por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo

 

Lectura del libro de la Sabiduría

1, 13-15; 2, 23-24

 

Dios no ha hecho la muerte

ni se complace en la perdición de los vivientes.

Él ha creado todas las cosas para que subsistan;

las criaturas del mundo son saludables,

no hay en ellas ningún veneno mortal

y la muerte no ejerce su dominio sobre la tierra.

Porque la justicia es inmortal.

 

Dios creó al hombre para que fuera incorruptible

y lo hizo a imagen de su propia naturaleza,

pero por la envidia del demonio

entró la muerte en el mundo,

y los que pertenecen a él tienen que padecerla.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b

 

R.    Yo te glorifico, Señor, porque Tú me libraste.

 

Yo te glorifico, Señor, porque Tú me libraste

y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí.

Tú, Señor, me levantaste del Abismo

y me hiciste revivir,

cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. R.

 

Canten al Señor, sus fieles;

den gracias a su santo Nombre,

porque su enojo dura un instante,

y su bondad, toda la vida:

si por la noche se derraman lágrimas,

por la mañana renace la alegría. R.

 

Escucha, Señor, ten piedad de mí;

ven a ayudarme, Señor.

Tú convertiste mi lamento en júbilo.

¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente! R.

 

 

 

Que la abundancia de ustedes supla la necesidad de los hermanos

 

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto

8, 7. 9. 13-15

 

Hermanos:

Ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en elocuencia, en ciencia, en toda clase de solicitud por los demás, y en el amor que nosotros les hemos comunicado, espero que también se distingan en generosidad.

Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza.

No se trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan en la abundancia, sino de que haya igualdad. En el caso presente, la abundancia de ustedes suple la necesidad de ellos, para que un día, la abundancia de ellos supla la necesidad de ustedes.

Así habrá igualdad, de acuerdo con lo que dice la Escritura: “El que había recogido mucho no tuvo de sobra, y el que había recogido poco no sufrió escasez”.

 

Palabra de Dios.

 

 

 

EVANGELIO

 

¡Niña, Yo te lo ordeno, levántate!

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos

5, 21-43

 

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y Él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se sane y viva». Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré sanada». Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba sanada de su mal.

Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de Él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?»

Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?» Pero Él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.

Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.

Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?» Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas». Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga.

Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme». Y se burlaban de Él.

Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con Él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, Yo te lo ordeno, levántate!» En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y Él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que dieran de comer a la niña.

 

Palabra del Señor.

 

 

Reflexión

 

 

LA FE, ES DECIR, LA FIDELIDAD, LA CONFIANZA EN DIOS NOS SALVA

1.- Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: “mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Jesús se fue con él… y le dijo: “no temas, basta con que tengas fe”. Jairo, el jefe de la sinagoga judía, tenía fe en el profeta de Galilea; confiaba en él y por eso le siguió hasta donde estaba su hija. Es claro que estaba dispuesto a hacer por la vida de su hija lo que Jesús le pidiera. La fe en Jesús del padre de la niña, su confianza en Jesús, fue lo que salvó la vida de la hija de Jairo. Nosotros, en los tiempos en los ahora vivimos, sabemos que la fe en Jesús no siempre salva la vida material de una persona, aunque se lo pidamos insistentemente. Pero también sabemos que Dios siempre va a dar al que se lo pide con fe lo que más convenga para el alma por el que pedimos. Dios siempre nos da a todos lo que más nos conviene, cuando se lo pedimos con fe. Si hemos dicho tantas veces que Dios es nuestro Padre, tenemos que creer que nos da siempre lo que más nos conviene. Esto es algo que debemos creer todos los cristianos, aunque en la vida real y diaria no veamos esto confirmado empíricamente. Nuestra fe no es una cuestión empírica, sino una actitud religiosa ante Dios. Tengamos fe en Jesús, fe en Dios, confianza y fidelidad a Dios, aunque científicamente no podamos demostrar lo que creemos.

2.- Una mujer que tenía flujos de sangre desde hacía doce años… oyó hablar de Jesús y acercándose por detrás le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias. Jesús le dijo: “hija, tu fe te ha curado, vete en paz y con salud”. Ni los mismos discípulos de Jesús podían creer a la hemorroísa. No debe extrañarnos, porque tampoco nosotros creemos fácilmente los milagros que algunas personas nos cuentas de determinados peregrinos que vienen de Lourdes, o cualquier otro santuario mariano. Tenemos que insistir: entre fe religiosa y razón empírica no siempre hay una conexión lógica. Los sentimientos y las creencias de una persona religiosa pueden llegar más lejos que su razón empírica. El gran sabio Pascal lo sabía y por eso dio a sus sentimientos y creencias unas dimensiones superiores a las de su razón y lo mismo le pasó al gran filósofo converso al catolicismo Manuel García Morente. Respetemos, pues, las creencias religiosas de las personas, aunque muchas veces no podamos compartirlas. Pero, por supuesto, procuremos que nuestras creencias religiosas sean, al menos, razonables ante los demás.

3.- Dios no hizo la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Este libro de la Sabiduría es un libro tardío en la Biblia, escrito en la Diáspora, ya originalmente en griego. En este libro se afirma ya sin rodeos la fe en la inmortalidad del ser humano; el cuerpo, evidentemente, se corrompe en el sepulcro, pero el alma fiel al Señor vive ya para siempre junto a Dios. Para el autor del libro de la Sabiduría la fe en la Resurrección es una fe consoladora, como lo fue ya para los filósofos griegos Sócrates y Platón, y, con mucho más fuerza aún para san Pablo. También debe serlo para nosotros. Nuestra fe en la Resurrección debe llenarnos de esperanza cristiana y de amor agradecido a Dios y a Jesucristo. Un cristiano debe ser siempre una persona llena de esperanza, con una esperanza que le permita superar las dificultades que la vida presente le pueda presentar. Todos los grandes santos fueron en su vida testigos firmes de la esperanza en la resurrección cristiana; seámoslo también nosotros, porque sabemos que nuestro Dios es un Dios amante de la vida.

4.- Hermanos: distinguíos también ahora por vuestra generosidad, porque ya sabéis lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo. La dimensión social de la doctrina paulina, cuando predica la generosidad, como hace hoy en esta carta a los Corintios, es algo que no podemos olvidar hoy ningún cristiano. El cristiano no puede vivir pensando solo en sí mismo, debe vivir siempre pensando en los demás. Vivimos nosotros ahora, como ocurría en tiempos de san Pablo, en un mundo injusto y tremendamente desigual: hay ricos riquísimos y pobres pobrísimos. Condenemos este mundo tan injusto no sólo con nuestras palabras, sino también con nuestra vida y con nuestras acciones. La falta de caridad en este mundo tan desigual es, casi siempre, también una falta de justicia. Ya decía san Agustín que el dinero que sobra a los ricos es dinero de los pobres. Caridad y justicia no sólo no son virtudes contrarias, sino que deben ir siempre unidas. Así fue el pensamiento y el ejemplo de las primeras comunidades cristianas.

 

Gabriel González del Estal

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FE DEL SER HUMANO Y COMPASIÓN DE JESÚS

1.- Dios ama la vida. Sobre todo le importa la vida del hombre y no se recrea en la destrucción y en la muerte. Ha creado todas las cosas "para que sean". Sin embargo, la muerte existe. El autor del Libro de la Sabiduría considera la muerte física como una consecuencia de la muerte moral o pecado. Ninguna de las dos muertes existía en el principio. El universo creado por Dios era armonioso; no había en él criaturas maléficas ni dominaba sobre la tierra el poder del Abismo. El universo salido de las manos de Dios era el reino de la paz, pero el pecado del hombre ha comprometido el orden del mundo y ha puesto en peligro la vida, ha introducido la muerte, que es el reverso del acto creador. No obstante, la "justicia es inmortal"; esto es, los que practican la justicia no morirán para siempre. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, participante de la inmortalidad divina; pero el poder del pecado lo sedujo, y con el pecado del hombre vino la muerte. El nuevo Adán salvador es Jesucristo. Por El hemos sido salvados de la muerte cuantos creemos en él si practicamos la justicia.

2.- Compartir nuestros bienes con los necesitados. Los primeros cristianos, según el Libro de los Hechos, compartían sus bienes. Se da una situación de necesidad entre los hermanos de Palestina. Pablo recuerda a los corintios que su comunidad se ha destacado en todo y que sería un absurdo que no sobresaliera igualmente por su generosidad. Apela al cariño especial que siempre han demostrado por su persona. Pero la última razón y el verdadero motivo no puede ser otro que el ejemplo del amor de Cristo. El cual, siendo rico, se hizo pobre para que todos nos enriqueciéramos con su pobreza. También los corintios han sido objeto del amor de Cristo y han recibido, por el ministerio de Pablo, la verdadera riqueza. El amor cristiano nivela las diferencias y busca la igualdad como expresión de la común fraternidad en el Señor. Las comunidades cristianas primitivas trataron de poner en práctica este principio. La colecta de Pablo en favor de los cristianos de Palestina es una demostración de ecumenismo. Los cristianos de hoy tenemos también que compartir, pero no solo lo que nos sobra.

3.- Compasión de Jesús hacia todo ser humano. Jesús regresa con sus discípulos a la orilla occidental del lago de Genesaret. Han sido unas jornadas agotadoras, tras la cuales regresa a Cafarnaún, pueblo en el que se había establecido durante la misión evangélica en Galilea. Dos personajes, dos realidades, se acercan a Jesús: un judío y una gentil, Jairo y la hemorroísa Posiblemente los dos habían visto cómo Jesús curaba a los enfermos imponiéndoles las manos. Ahora Jairo espera que le acompañe a su casa y haga otro tanto con su hija enferma. En el camino ocurre otro milagro en beneficio de la pobre mujer que padece una enfermedad vergonzosa. Ella sabía muy bien que, según la Ley, debía evitar todo contacto con las personas, pues era una mujer "impura". Sin embargo, no perderá la ocasión de acercarse sigilosamente a Jesús y de tocar la orla de su manto para ser curada. La fe de esta mujer es impresionante. Jesús demuestra su compasión por ella. No le importa de qué lugar viene, es un ser humano enfermo. Lo vivido estos días de atrás en el Mediterráneo con el barco “Aquarius” nos sitúa a nosotros ante una realidad sufriente ante la que no podemos permanecer impasibles. Cáritas ha demostrado una vez más su humanidad desde el espíritu evangélico, mientras muchos políticos solo querían hacerse la foto. Pero no podemos olvidar que son miles los que llegan en pateras cada día desde África y muchos los perecen en el mediterráneo, una cruel tumba, como ha denunciado el Papa.

4.- Jairo también demuestra su fe en Jesús. Los que le acompañan se ríen después al oír decir a Jesús que la niña estaba dormida. La resurrección de la niña acontece por el poder de la palabra de Jesús, que Marcos ha conservado en original arameo. Jesús se manifiesta como señor de la vida y de la muerte. Todos los milagros que se refieren a resurrecciones no son más que la proclamación de que en Jesús y por Jesús la vida triunfa sobre la muerte. Con frecuencia vemos como Jesús impone silencio a los testigos de sus milagros. Tanto que se ha hablado de la "ley del silencio". Si Jesús establece esa ley es para evitar que sus paisanos confundan el sentido de su mesianismo y caigan en falsos triunfalismos. Él ha venido a demostrar cuál es su mensaje: misericordia y espíritu compasivo.

 

José María Martín OSA

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¿CÓMO ES NUESTRA FE?

Creencia y confianza son dos pilares que, desgraciadamente, han dinamitado la sociedad del consumo y del bienestar a la que nos encontramos agarrados. ¿En qué tenemos confianza? ¿En quién y en qué creemos? Inseguridad en nuestros dirigentes y en muchas instituciones o la ausencia de confianza, de fe en alguien o en algo, aumenta nuestra vulnerabilidad. Nos hace más débiles.

1.-En el evangelio de este domingo, Jesús, se encuentra ante dos situaciones distintas pero con un mismo común denominador: existía fe allá donde se requería su presencia. Tanto el jefe de la sinagoga como la mujer que se iba en sangre confiaban plenamente su persona. Él, y con creces, premió esa fe con la salud.

La ciencia ayuda pero, bien lo sabemos, no lo es todo: llega hasta donde llega. ¿Quién puede sino Cristo arrancarnos de la muerte? ¿Quién puede sino Cristo ir más allá de esa frontera donde la técnica más moderna es incapaz de alcanzar? La técnica prolonga la vida (o la acorta). Cristo la mima, la recupera, la eterniza. La técnica necesita y mira al cuerpo. Cristo va más al fondo: a la persona, a la fe, al alma.

Ante una realidad donde parece sólo creíble lo que se demuestra o se ve, la fe, juega un papel fundamental: quien cree se salva. Quien cree vive la dimensión del dolor desde otra perspectiva. Quien pone en Jesús sus debilidades o sus hemorragias (internas o externas) está llamado a recuperarse, a sanarse.

-Flujos de desesperanza. Más allá de las promesas de nuestros gobernantes, hemos de poner nuestros ojos en aquel Dios que siempre pone aliento en nuestro camino.

-Flujos de sin sentido. Ante el pesimismo que nos invade (con la crisis cabalgando sobre nuestros hombros), el Señor nos invita a permaneced firmes en Él.

-Flujos de incredulidad. El consumismo nos ha acostumbrado a vivir bajo los dioses de lo placentero y en el camino fácil. ¿Qué consecuencias se derivarán de todo ello? El Señor nos señala un sendero: ser sus discípulos.

-Flujos de inquietud. Nos abruman muchos acontecimientos. Nos agobian las situaciones que nos rodean. Al tocar el manto de Jesús (la Eucaristía, la oración personal, los sacramentos) podemos revitalizar nuestro cuerpo físico y espiritual.

2.- La experiencia que tuvo Jesús (murió para ser resucitado por el Padre) la podemos tener cada uno de nosotros si somos capaces de dormir en la cruz con las mismas palabras de fe y de confianza con las que Él lo hizo: “En tus manos Padre encomiendo mi espíritu”. Al tercer día, Cristo saltó de la oscuridad a la luz, del absurdo a la vida, de la muerte a la resurrección. Confió, creyó y tuvo fe ciega en su Padre. Ello le valió, a Él y a nosotros, la redención de toda la humanidad.

A veces exigimos pruebas a Dios de su existencia y, en cambio, reclamamos poco a nuestra fe. A veces podemos considerar que ya son suficientes unas prácticas sacramentales, el estar bautizado o incluso el practicar de cuando en vez la caridad. ¿No hizo muchísimo más Cristo por nosotros?

-Además de caridad, con su cuerpo en la cruz, dio muestras de la grandeza de su amor

-Además de orar, defendió públicamente el Reino de Dios ante los poderosos de su tiempo

-Además de dejarse bautizar en el Jordán, no hizo ascos a ese otro bautismo de sangre: su muerte en cruz

3.- ¿Y aún nos resistimos a creer? ¿No habrá llegado el momento de publicitar, con todos los medios a nuestro alcance (especialmente desde la experiencia personal) que el manto de Cristo se sigue dilatando a lo largo y ancho del mundo? ¿No será que la humanidad, desangrándose en miles de flujos, desconoce que hay un Cristo que puede y desea taponar todas esas heridas sin más respuesta que la fe?

 

Javier Leoz

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