¡Alégrate, el Señor está contigo!

Mensaje Espiritual

 

 

 

Viernes, 13 de Abril de 2018

Segunda Semana de Pascua

Feria o Memoria libre – Blanco / Rojo

Hechos 5, 34-42 / Juan 6, 1-15

Salmo responsorial Sal 26, 1. 4. 13-14

R/. "El Señor es mi luz y mi salvación”

 

Santoral:

San Martín I, San Hermenegildo,

San Marte y Beata Ida

 

Busquemos la reconciliación

 

La reconciliación es un elemento necesario para la convivencia

humana y significa recuperar o reconstruir lo que se rompe

en pedazos o se daña. Reconciliación implica volver a empezar

una relación más profunda y restablecer con fundamentos

más sólidos lo que se está desmoronando.

Significa volver a construir un puente que conduzca

a una mejor relación entre dos o más personas.

 

Todo el mundo tiene cosas feas y malas, pero rápidamente

y sin medir las consecuencias levantamos el dedo para señalar

y acusar a los demás. Pasamos por la vida inmaculados e intachables,

creyendo que somos los únicos perfectos y esto es muy peligroso.

Al convertirnos en jueces, creemos que todos los demás merecen

enfrentar nuestra justicia y seguimos por la vida señalando culpabilidades.

 

El Reino de Dios es un mundo de personas reconciliadas, solidarias

y en armonía, que respetan la dignidad humana y pueden dialogar.

Es un mundo donde podemos convivir, comunicarnos y entendernos;

un mundo donde hay justicia social, donde nos sentimos

verdaderamente hermanos y nadie pase hambre física ni de amor.

El Señor quiere un mundo donde Cristo Jesús reine y se viva la fraternidad.

 

Escucha hermano, para que el Reino de Dios se haga presente

en nuestra vida, necesitamos reconciliarnos con el Señor.

Nadie puede reconciliarse con su hermano si no está previamente

reconciliado con Dios. La fuente del amor, la comprensión,

la generosidad y la paz es Dios, nuestro Señor.

El amor de Dios brota como un ojo de agua que derrama

el agua cristalina a borbotones, llevando un caudal

impresionante y convirtiéndose en un río majestuoso.

 

Si queremos vivir reconciliados con los demás, reconciliémonos con Dios.

Caigamos de rodillas ante el Señor y pidamos perdón por nuestros pecados,

para que Él arranque de raíz el mal y las sombras que hay en nuestra vida

y con Su poder y Su fuerza rompa las cadenas que nos atan al pecado.

Reconciliados con el Señor, puestos de rodillas ante Él, recibiendo esa paz

que solamente Él nos puede dar, esa paz que es el mismo Dios,

podemos levantarnos y abrir los brazos para acoger a nuestros hermanos.

No puede existir reconciliación con los demás si no existe una previa

reconciliación con Dios. Cristo es el camino, la verdad y la vida.

Él nos conduce a un Padre amoroso que está siempre

esperándonos para reconciliarnos.

 

Ora mucho por la persona con quien tú tienes problemas;

bendícela, lánzale flechas de amor profundo para que

se le ablande el corazón. Pide ayuda a Dios para lograr

la reconciliación. No olvides que con Dios todo es posible

porque con Él, tú eres . . . ¡Invencible!

 

Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.