¡Alégrate, el Señor está contigo!

Mensaje Espiritual

 

 

 

Viernes, 12 de enero de 2018

Semana 1ª durante el año

Feria - Verde
1 Samuel 8, 4-7.
10-22a / Marcos 2, 1-12

Salmo responsorial Sal 88, 16-19

R/. "¡Cantaré eternamente tu misericordia, Señor!”

 

Santoral:

Santa Margarita Bourgeoy, San Arcadio,

San Benito Biscop, San Ailred

y Santa Cesarina

 

Aprender a ser felices (II)

 

No hay «recetas infalibles» para la felicidad, sí hay

una serie de caminos por los que, con certeza,

se puede caminar hacia ella. A mí se me ocurren,

así de repente, unos cuantos:

 

Valorar y reforzar las fuerzas positivas de nuestra alma.

Descubrir y disfrutar de todo lo bueno que tenemos.

No tener que esperar a encontrarnos con un ciego

para enterarnos de lo hermosos e importantes

que son nuestros ojos. No necesitar conocer

a un sordo para descubrir la maravilla de oír.

Sacar jugo al gozo de que nuestras manos

se muevan sin que sea preciso para este

descubrimiento ver las manos muertas

de un paralítico.

 

Asumir después serenamente las partes negativas

o deficitarias de nuestra existencia. No encerrarnos

masoquistamente en nuestros dolores. No magnificar

las pequeñas cosas que nos faltan. No sufrir por temores

o sueños de posibles desgracias que probablemente

nunca nos llegarán.

 

 Vivir abiertos hacia el prójimo. Pensar que es preferible

que nos engañen cuatro o cinco veces en la vida que

pasarnos la vida desconfiando de los demás.

Tratar de comprenderles y de aceptarles tal y como son,

distintos a nosotros. Pero buscar también en todos

más lo que nos une que lo que nos separa, más aquello

en lo que coincidimos que en lo que discrepamos.

Ceder siempre que no se trate de valores esenciales.

No confundir los valores esenciales con nuestro egoísmo.

 

Tener un gran ideal, algo que centre nuestra existencia

y hacia lo que dirigir lo mejor de nuestras energías.

Caminar hacia él incesantemente, aunque sea con algunos

retrocesos. Aceptar la lenta maduración de todas las cosas,

comenzando por nuestra propia alma. Aspirar siempre a más,

pero no a demasiado más. Dar cada día un paso.

No confiar en los golpes de la fortuna.

 

Creer descaradamente en el bien. Tener confianza

en que a la larga —y a veces muy a la larga— terminará

siempre por imponerse. No angustiarse si otros avanzan

aparentemente más deprisa por caminos torcidos.

Creer en la también lenta eficacia del amor.

Saber esperar.

 

En el amor, preocuparse más por amar que por ser amados.

Tener el alma siempre joven y, por tanto, siempre abierta

a nuevas experiencias. Estar siempre dispuestos a revisar

nuestras propias ideas, pero no cambiar fácilmente de ellas.

Decidir no morirse mientras estemos vivos.

 

Elegir, si se puede, un trabajo que nos guste.

Y si esto es imposible, tratar de amar el trabajo

que tenemos, encontrando en él

sus aspectos positivos.

 

Revisar constantemente nuestras escalas

de valores. Cuidar de que el dinero no se apodere

de nuestro corazón, pues es un ídolo difícil de arrancar

de él cuando nos ha hecho sus esclavos. Descubrir

que la amistad, la belleza de la naturaleza, los placeres

artísticos y muchos otros valores son infinitamente

más rentables que lo crematístico.

 

Descubrir que Dios es alegre, que una religiosidad

que atenaza o estrecha el alma no puede ser

la verdadera, porque Dios o es el Dios de la vida

o es un ídolo.

 

Procurar sonreír con ganas o sin ellas. Estar seguros

de que el hombre es capaz de superar muchos dolores,

mucho más de lo que el mismo hombre sospecha.

La lista podría ser más larga. Pero creo que, tal vez,

esas pocas lecciones podrían servir para iniciar

el estudio de la asignatura más importante

de nuestra carrera de hombres:

la construcción de la felicidad.

 

José Luis Martín Descalzo