¡Alégrate, el Señor está contigo!

Mensaje Espiritual

 

 

 

Viernes, 2 de noviembre de 2018

Conmemoración de los Fieles Difuntos

Morado o negro

Apocalípsis 21, 1-5a. 6b- 7 / 1 Corintios 15, 20-23

/ Lucas 24, 1-8

Salmo responsorial  Sal 26, 1. 4. 7. 8b-9a. 13-14

R/. “El Señor es mi luz y mi salvación"

 

Santoral:

Los Fieles Difuntos

 

Nunca será tarde, hermanos

 

Para, después de la vida,

salpicada de obstáculos y de sobresaltos,

aguardar el momento definitivo

donde, lo que no entendíamos, lo veremos,

donde, lo que no alcanzábamos….

con nuestros ojos mismos lo contemplaremos.

 

Nunca será tarde, hermanos.

Para los que fuisteis padres,

recibir el abrazo del que es Padre,

y premiará los desvelos por vuestros hijos,

la mano de los que, anteponiendo el amor,

enseñasteis y dejasteis lo mejor de vosotros mismos.

 

Nunca será tarde, hermanos.

Para los que, siendo jóvenes o niños,

la muerte os cortó sin previo aviso.

Para los que, teniendo la vida por delante,

el silencio y el absurdo,

os apartó para siempre de nuestros ojos.

No será tarde porque, en el cielo,

seréis eternamente jóvenes,

como joven fue y murió el mismo Jesucristo.

No será tarde porque, en el cielo,

siendo niños disfrutaréis de una Madre

que acoge, con amor de Madre,

a los que acuden pidiendo amor y regazo.

 

Nunca será tarde, hermanos.

Amigos y consagrados, sacerdotes y religiosos,

enfermos y trabajadores, anónimos y olvidados…

Porque, Dios, lejos de olvidar…siempre recuerda

con nombre y apellidos,

las huellas que, al pasar por esta tierra,

todos vamos dejando en los mil caminos recorridos.

No será tarde para aquellos que, siendo heraldos,

predicaron lo que hoy celebramos:

la Vida sobre la muerte… Dios venciendo al maligno.

Nunca será tarde, cuando llegue el momento,

de abrazarnos con abrazo eterno,

de sonreír en una inmensa alegría eterna,

de vivir en una VIDA que ya no cesará,

de disfrutar en una ETERNA FIESTA en el cielo.

Nunca, así lo creemos, será tarde

para, después de la muerte, descubrir el velo

que nos traslada al lugar donde todo es gozo eterno.

Amén.

 

P. Javier Leoz