¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

EVANGELIO DEL DÍA

Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Jn 6, 68

 

     

Domingo, 24 de Febrero de 2019

DOMINGO 7º DEL TIEMPO ORDINARIO

1 Samuel 26, 2. 7-9. 12-14. 22-23 / 1 Corintios 15, 45-49

/ Lucas 6, 27-38

Salmo Responsorial Sal 102, 1-4. 8. 10. 12-13

R/. "¡Feliz el que pone en el Señor su confianza!"

 

Santoral:

San Vartán y compañeros

 

LECTURAS DEL DOMINGO 24 DE FEBRERO DE 2019

 

 

DOMINGO 7º DEL TIEMPO ORDINARIO

 

 

 

 

El Señor te entregó en mis manos,

pero no quise atentar contra el ungido del Señor

 

Lectura del primer libro de Samuel

26, 2. 7-9. 12-14. 22-23

 

Saúl bajó al desierto de Zif con tres mil hombres, lo más selecto de Israel, para buscar a David en el desierto.

David y Abisai llegaron de noche, mientras Saúl estaba acostado, durmiendo en el centro del campamento. Su lanza estaba clavada en tierra, a su cabecera, y Abner y la tropa estaban acostados alrededor de él.

Abisai dijo a David: «Dios ha puesto a tu enemigo en tus manos. Déjame clavarlo en tierra con la lanza, de una sola vez; no tendré que repetir el golpe». Pero David replicó a Abisai: «¡No, no lo mates! ¿Quién podría atentar impunemente contra el ungido del Señor?»

David tomó la lanza y el jarro de agua que estaban a la cabecera de Saúl, y se fueron. Nadie vio ni se dio cuenta de nada, ni se despertó nadie, porque estaban todos dormidos: un profundo sueño, enviado por el Señor, había caído sobre ellos.

Luego David cruzó al otro lado y se puso en la cima del monte, a lo lejos, de manera que había un gran espacio entre ellos, y empezó a gritar a la tropa y al rey Saúl: «¡Aquí está la lanza del rey! Que cruce uno de los muchachos y la recoja. El Señor le pagará a cada uno según su justicia y su lealtad. Porque hoy el Señor te entregó en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor».

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                        102, 1-4. 8. 10. 12-13

 

R.    El Señor es bondadoso y compasivo.

 

Bendice al Señor, alma mía,

que todo mi ser bendiga su santo Nombre,

bendice al Señor, alma mía,

y nunca olvides sus beneficios. R

 

Él perdona todas tus culpas

y sana todas tus dolencias;

rescata tu vida del sepulcro,

te corona de amor y de ternura. R.

 

El Señor es bondadoso y compasivo,

lento para enojarse y de gran misericordia;

no nos trata según nuestros pecados

ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.

 

Cuanto dista el oriente del occidente,

así aparta de nosotros nuestros pecados.

Como un padre cariñoso con sus hijos,

así es cariñoso el Señor con sus fieles. R.

 

 

Como hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal,

 también lo seremos de la imagen del hombre celestial

 

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto

15,  45-49

 

Hermanos:

"¡Esto es lo que dice la Escritura: «El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente»; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida. Pero no existió primero lo espiritual sino lo puramente natural; lo espiritual viene después.

El primer hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del cielo. Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales como el celestial.

De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal, también lo seremos de la imagen del hombre celestial.

 

Palabra de Dios.

 

 

 

EVANGELIO

 

Sean misericordiosos,

como el Padre de ustedes es misericordioso

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

6, 27-38

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.

Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.

Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque El es bueno con los desagradecidos y los malos.

Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.

 

Palabra del Señor. 

 

 

Reflexión

 

 

 

 ABRIR EL OÍDO A LA PALABRA DE DIOS

Después de escuchar el pasado domingo las bienaventuranzas del Evangelio de san Lucas, hoy seguimos con el llamado discurso de la llanura. Es curioso que Jesús se comienza diciendo: “En cambio, a vosotros los que me escucháis os digo”. Las advertencias que Jesús dice a continuación van dirigidas a quienes escuchan sus palabras. Quien no abre su oído para escuchar la palabra de Dios y deja que ésta entre de verdad en su corazón, no podrá nunca entender lo que Jesús nos dirá hoy acerca del amor a los enemigos.

1. Ser cristiano no es vivir como todo el mundo. La propuesta que Jesús nos hace en el Evangelio de hoy, dirigida a quienes escuchan sus palabras, es muy distinta a como vive una persona sin fe. Es cierto que quien no tiene fe también puede ser buena persona. Conocemos todos nosotros a personas que no son creyentes y que viven haciendo el bien, que aman a las personas que tienen a su alrededor, incluso que aman a sus enemigos hasta el punto de perdonarles y de pedirles perdón. Por otro lado, también podemos decir que conocemos a cristianos que dicen tener fe y que ni tan siquiera intentan vivir el amor como Jesús nos lo enseña hoy en el Evangelio. Pero sin duda, para todo aquel que quiere tomarse la vida cristiana en serio y seguir de verdad a Cristo, no cabe la opción de no intentar vivir como nos enseña hoy el Señor. Ser cristiano consiste en vivir en el mismo amor de Dios. Puesto que Dios me ama, y lo puedo experimentar cada día en los sacramentos, en la oración, en la lectura de la palabra de Dios, en la vida de fe… yo también he de vivir este amor hacia los demás, incluso hacia mis enemigos, como lo hizo Cristo, si quiero ser su discípulo. A los cristianos, por lo tanto, se nos pide algo más que al resto de personas. No podemos contentarnos con la ira, el rencor, las envidias y tantas otras formas de desamor que existe entre nosotros muchas veces. Los cristianos, si de verdad queremos serlo, hemos de vivir el amor a los enemigos, haciendo el bien a todos, sin esperar nada a cambio, gratuitamente.

2. Llevamos en nosotros la imagen del hombre celestial. En la segunda lectura, san Pablo nos ayuda a seguir profundizando en lo que hemos dicho en el punto anterior. El cristiano, al participar por el bautismo de la muerte y resurrección de Cristo, es ya un hombre nuevo. El hombre viejo, refiriéndose a Adán, al hombre que se deja llevar por el pecado, por la desobediencia, es un hombre que proviene de la tierra. Sin embargo, san Pablo asegura que ha venido el nuevo hombre, el nuevo Adán, que es Cristo. Este nuevo hombre ya no viene de la tierra de lo material, sino que viene del espíritu. Los cristianos, nacidos en primer lugar del hombre viejo por nuestra condición humana, hemos vuelto a nacer después del hombre nuevo, del hombre espiritual. Ya no vivimos sólo desde la materia, sino que nuestra vida comienza ahora en el Espíritu. Así, san Pablo nos invita a no vivir ya más como el hombre viejo, sino a vivir desde el hombre nuevo, desde Cristo, dejándonos llevar del Espíritu que nos lleva siempre a hacer el bien, a vivir el amor, como hizo Cristo, el hombre nuevo.

3. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Queda, por tanto, que cada día nos acerquemos más a Cristo, el hombre nuevo, que aprendamos de ÉL, que vivamos de Él, para ir creciendo así en el amor a todos, en la vida nueva que Dios quiere. Todo cuanto el mismo Jesús nos pide hoy en el Evangelio lo ha vivido ÉL primero. El amor incluso a los enemigos lo vivió a lo largo de su vida pública, pero especialmente en la cruz, cuando murió perdonando a quienes le crucificaban. El dar sin esperar nada a cambio lo vivió al entregar su vida por nosotros, aun sabiendo que nosotros tantas veces nos olvidamos de Él. Y finalmente la regla de oro: “Como queráis que la gente se porte con vosotros, de igual manera portaos con ella”, nos lo enseña el mismo Jesús por ejemplo en la Última Cena, cuando se arrodilla ante sus discípulos para lavarles los pies. Este es el amor más grande, el amor sin medida, sin condiciones, sin recompensas, el amor incluso a los enemigos. Cuanto más nos acerquemos a Dios, más descubriremos este amor de Él para con nosotros, y más nos ayudará a vivirlo también hacia los demás. No hay nada que Cristo nos pida y que no haya hecho Él primero por nosotros. Vivamos así cada día, creciendo en el amor y en la misericordia.

Cada Eucaristía está llena del amor, de la misericordia y del perdón de Dios. Vivamos esta celebración como un momento especial de encuentro con el amor de Dios, para que así podamos nosotros llevar ese amor a nuestra propia vida amando sin límites a los demás, incluso a nuestros enemigos, viviendo así el mismo amor de Dios.

 

Francisco Javier Colomina Campos

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EL AMOR CRISTIANO A LOS ENEMIGOS

1. A vosotros los que me escucháis os digo: haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian… Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso… Amad a vuestros enemigos.

Debemos tener en cuenta que el amor cristiano llega mucho más lejos que el amor puramente afectivo y sentimental. Afectiva y sentimentalmente no podemos amar a todas las personas que conocemos y con las que nos relacionamos, porque el amor puramente afectivo y sentimental depende de unas causas psicológicas que nuestra voluntad no siempre puede controlar y dirigir. Pero el amor cristiano, el que Cristo nos pide, es otra cosa: es querer el bien para todos, incluidos los enemigos, y no desear nunca el mal a nadie. En este sentido, sí podemos afirmar con rotundidad que un cristiano sí pude y debe bendecir a los que le maldicen y orar por los que le calumnian. Tampoco debemos confundir nunca el amor cristiano con el olvido de los males que algunas personas nos hayan hecho. Podemos perdonar siempre, aunque no siempre podamos olvidar. El ejemplo supremo para un cristiano debe ser siempre Cristo y Cristo perdonó a sus enemigos y rezó a su Padre para que les perdonara: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” dijo en la cruz, refiriéndose a los que le estaban matando violenta y cruelmente. Y es que el corazón de Cristo era el corazón de Dios que, como nos dice hoy el salmo 102, el salmo responsorial, es un corazón compasivo y misericordioso, que perdona todas nuestras culpas y nos colma de gracia y de ternura. Los que queremos ser buenos cristianos amemos, pues, a todas las personas, incluidos nuestros enemigos, bendigamos a los que nos maldicen y oremos por los que nos calumnian. Quizá lo que más fácilmente podemos hacer siempre es rezar por los que nos quieren mal y nos hacen el mal. Oremos, por tanto, como buenos cristianos, por todos, amigos y enemigos, por los que hablan bien de nosotros y por los que hablan mal, por los que nos quieren bien y por los que nos quieren mal. Esto es lo que nos exige nuestro amor cristiano, el amor de Cristo.

2. Abisay dijo a David: Dios pone hoy al enemigo en tu mano. Déjame que lo clave de un golpe con la lanza en la tierra. No tendré que repetir. David respondió: No acabes con él, pues ¿quién ha extendido su mano contra el ungido del Señor y ha quedado impune?

La escena que nos relata hoy el libro de Samuel entre el rey Saúl y el que sería el rey más famoso de Israel, David, la conocemos bien todos los que hemos leído la Biblia. El rey Saúl consideraba a David su enemigo y quería matarlo porque este era más querido que él por el pueblo. Al futuro rey David se le presenta ahora la oportunidad de matar a su rey legítimo y ser nombrado él mismo rey de Israel. David renuncia a matar a su rey porque lo considera “el ungido de Yahvé”. Aún hoy día la actitud de David, renunciando a matar a su enemigo, el rey, nos parece de una grandeza de ánimo inmensa y nos enseña a valorar en su justa medida a todos los que legal y socialmente están por encima de nosotros. Aprendamos a distinguir entre la bondad y el justo comportamiento de los cargos políticos y sociales por un lado y el respeto que debemos tener siempre a su autoridad legítima, por otro, aunque no aprobemos su comportamiento.

3. Hermanos: El primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente. El último Adán, en espíritu vivificante. Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material y después lo espiritual.

Así es nuestra condición humana, como nos dice muy bien san Pablo en esta su primera carta a los Corintios. Como seres humanos, somos descendientes de Adán y de Cristo, pero como cristianos debemos saber comportarnos siempre en nuestra vida diaria como auténticos discípulos de Cristo. Esto no es nada fácil, porque los frutos de la carne se oponen a los frutos del espíritu y el hombre viejo se resiste a dejarse dirigir por el hombre nuevo. Que se lo pregunten al mismo san Pablo, cuando él mismo nos dice que más de una vez hace lo que no quiere y no hace lo que, como hombre nuevo, querría hacer. Esta lucha la vamos a tener dentro de nosotros hasta que nos muramos; no renunciemos nunca a la misma, aunque a veces nos cueste mucho. Como buenos cristianos tratemos de ser siempre buenos discípulos de Cristo.

 

Gabriel González del Estal

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AMOR GRATUITO

1.- Amor y perdón. Son dos palabras claves que se repiten en las lecturas de este domingo. Fáciles de pronunciar, pero difíciles de practicar. Amar a los que nos aman puede ser interesado. El mérito está en amar a aquél que no nos lo puede devolver, e incluso a aquél que nos odia. Eso hizo David cuando perdonó la vida a su perseguidor, el rey Saúl. Es lo que hizo Jesús en la Cruz cuando perdonó a los que le maltrataban: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

2.- Perdonar a nuestros enemigos. Porque Dios es el primero que nos perdona a nosotros, porque como proclamamos en el salmo “el Señor es compasivo y misericordioso”. Él no nos trata como merecen nuestros pecados y derrama raudales de misericordia con nosotros. A mi mente viene aquella anécdota en la que un niño, intrigado por las palabras de su catequista que le decía que Dios con su providencia infinita está siempre despierto velando por nosotros, le preguntó a Dios si no se aburría teniendo que estar todo el tiempo despierto. Dios le contestó al niño con estas palabras: “no me aburro, me paso el día perdonando”. Contrasta la “ternura” de Dios con esa imagen de Dios “eternamente enojado”, que me parece muy poco acorde con el Evangelio.

3.- La cadena de la violencia sólo se rompe amando. Es la mirada de amor la que puede transformar el corazón de piedra del agresor. No cabe duda de que la violencia engendra violencia y esta rueda sólo se puede parar con la fuerza del amor. Hay un lado “provocador” en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: poned la otra mejilla, bendecid a los que nos maldicen, amad al enemigo, no juzguéis y no seréis juzgados. El amor puede hacer que el enemigo deje de ser enemigo y se convierta en un hermano, que reconozca su mal y trate de repararlo, que cambie de forma de pensar y de actuar. Seamos sinceros al decir en el padrenuestro “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Seamos comprensivos y compasivos como lo es Dios con nosotros. Si nos es difícil vivirlo pidamos, al menos, que nos ayude.... a perdonar como Él nos perdona.

4.- Amar de forma gratuita. La existencia de muchas personas cambiaría y adquiriría otro color y otra vida si aprendieran a amar gratis a alguien. El ser humano está llamado a amar desinteresadamente; y, si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar. No es una ingenuidad escuchar las palabras de Jesús: “Haced el bien... sin esperar nada”. Puede ser el secreto de la vida, lo que puede devolvernos la alegría de vivir. Ágape, amor gratuito, es el nombre del amor cristiano. Así nos ama siempre Dios, aunque nosotros no seamos capaces de corresponderle.

 

José María Martín OSA.

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Y, SOBRE TODO, ¡EL OTRO!

1.- En este domingo 7º del Tiempo Ordinario, San Lucas, nos sorprende con una serie de actitudes que, los seguidores de Jesús, hemos de cultivar y no obviar. Esos modos los podemos resumir con una frase: por encima de todo, ¡el bien del otro!

Es el mundo al revés. Es lo contrario a lo que estamos habituados a escuchar en muchos de los círculos donde nos encontramos.

En definitiva, “sobre todo el otro” es la locura y el centro de la predicación de Jesús. ¿Lo es también en nosotros?

Pensar en “el enemigo” no es buscar esa categoría en las luchas fratricidas o en las películas entre buenos y de malos. El enemigo, sin darnos cuenta, se localiza muy cerca de nosotros:

-Las personas a las que, por pensar de diferente forma a la nuestra, las alejamos de la órbita de nuestras amistades

-Las personas que, por pequeñas o grandes decepciones, las hemos dejado marginadas

-Las personas que, por mil excusas o por ninguna, las hemos olvidado o, incluso, humillado.

-Todo cristiano tiene dos caminos: uno el que conduce hasta que Jesús y, otro, el que conduce exclusivamente a uno mismo.

 -El cristiano que elige el camino hacia Jesús, cae en la cuenta de que –ese camino- tiene una derivación obligatoria: los hermanos que nos rodean.

 -El cristiano que, por sistema o con mil excusas, opta por el camino de “uno mismo” corre el riesgo de poner en el centro sus propios intereses. Corremos el peligro de buscarnos a nosotros mismos. De gritar a los cuatro vientos aquello de ¡sálvese quien pueda!

2.- El evangelio de este día, es casi un anuncio de lo que conllevar el vivir codo a codo o el trabajar mano a mano con el Señor: el bien del otro. Por encima de todo y sobre todo, el bien del otro. Nuestra vida cristiana no puede ser un carnaval. Es decir; un traje bajo el cual nos ocultamos para aparentar lo que no somos o un disfraz que utilizamos de vez en cuando para ser irreconocibles. Entre otras cosas, nuestra vida cristiana, no puede ser un carnaval porque, Dios, siempre sabe quién se esconde detrás.

3.- Ojala que, ese semblante, lo sepamos alegrar y divinizar con tantas cosas buenas que San Lucas nos ha sugerido en el evangelio de este día. Porque, el perfil de las personas (incluidos los nuestros) no necesitan caretas o máscaras para transmitir una alegría que tal vez no existe. Las fisonomías de las personas que creen en Jesús irradian auténtica alegría y desbordan de entusiasmo cuando…saben que el ¡todo por el otro! es lo máximo a lo que un hombre o mujer de fe puede aspirar.

¡Abajo las máscaras y arriba el rostro de nuestra fe!

 

Javier Leoz

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