¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

EVANGELIO DEL DÍA

Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Jn 6, 68

 

     

 

Domingo, 29 de Julio de 2018

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO

2 Reyes 4, 42-44 / Efesios 4, 1-6

/ Juan 6, 1-15

Salmo Responsorial, Sal 144, 10-11. 15-18

R/. "Abres tu mano, Señor, y nos colmas con tus bienes"

 

Santoral:

Santa Marta, San Olaf , San Lupo de Troyes, Santa Julia,

San José Zhang Wenlan, Pablo Chen Changpin,

Juan Bautista Lo y Marta Luo de Wang, Beato

Juan Egazcaezábal Al, Beatos Lucio Martinez,

Antonio López Couceiro, Felicísimo Diez González,

Saturio Rey Robles, Tirso Manrique Melero,

Gumersindo Soto Barros y Lamberto de Navasc

y Beato Manuel Segura López

 

 

LECTURAS DEL DOMINGO 29 DE JULIO DE 2018

 

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO

 

 

Comerán y sobrará

Lectura del segundo libro de los Reyes

4, 42-44

 

En aquellos días:

Llegó un hombre de Baal Salisá, trayendo pan de los primeros frutos para el profeta Eliseo, veinte panes de cebada y grano recién cortado, en una alforja.

Eliseo dijo: «Dáselo a la gente para que coman».

Pero su servidor respondió: «¿Cómo voy a servir esto a cien personas? »

«Dáselo a la gente para que coman, replicó él, porque así habla el Señor: “Comerán y sobrará” ».

El servidor se lo sirvió; todos comieron y sobró, conforme a la palabra del Señor.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                 144, 10-11. 15-18

 

R.    Abres tu mano, Señor, y nos colmas con tus bienes.

 

Que todas tus obras te den gracias, Señor,

y tus fieles te bendigan;

que anuncien la gloria de tu reino

y proclamen tu poder. R.

 

Los ojos de todos esperan en ti,

y Tú les das la comida a su tiempo;

abres tu mano y colmas de favores

a todos los vivientes. R.

 

El Señor es justo en todos sus caminos

y bondadoso en todas sus acciones;

está cerca de aquéllos que lo invocan,

de aquéllos que lo invocan de verdad. R.

 

 

 

Un solo Cuerpo, un solo Señor,

una sola fe, un solo bautismo

 

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Éfeso

4, 1-6

 

Hermanos:

Yo, que estoy preso por el Señor, los exhorto a comportarse de una manera digna de la vocación que han recibido. Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor. Traten de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz.

Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos.

 

Palabra de Dios.

 

 

 

EVANGELIO

 

Distribuyó a los que estaban sentados,

dándoles todo lo que quisieron

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan

6, 1-15

 

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía sanando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a Él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?»

Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.

Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan».

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»

Jesús le respondió: «Háganlos sentar».

Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.

Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada».

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.

Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Éste es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo».

Jesús, sabiendo que querían apoderarse de Él para hacerla rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

 

Palabra del Señor.

 

 

Reflexión

 

 

LA CARIDAD DIVINA Y HUMANA PUEDE HACER MILAGROS

1.- Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. La misericordia de Dios es infinita y Jesús de Nazaret, en este relato evangélico y en otros muchos, se portó como un verdadero Dios: con cinco panes y dos peces dio de comer a más de cinco mil personas. No nos importa ahora analizar la historicidad literal del número de comensales. El pueblo sencillo, en el mundo judío, leía los textos bíblicos con una finalidad más catequética, que histórica, tal como entendemos hoy la historia. Yo, hoy, también quiero ser gente sencilla y en el relato de la multiplicación de los panes y los peces lo que admiro es, sobre todo, la infinita misericordia de Dios para con nosotros. Jesús era un hombre compasivo y, al ver a tanta gente con hambre y con sed, lo primero que pensó y quiso fue saciar el hambre y la sed de aquellas personas. Este es el mensaje que tiene hoy para mí la multiplicación de los panes y los peces. Nosotros sabemos hoy que hay no miles, sino millones de personas que tienen hambre. ¿Qué hacemos los discípulos de Jesús para saciar el hambre de estos millones de personas? Las soluciones que están intentando dar nuestros jefes, banqueros y políticos a la crisis económica que padecemos no tiene parecido alguno con la actitud de Jesús. Y esto está ocurriendo en una Europa que es, al menos en sus raíces, cristiana. Pero no pensemos ahora en los banqueros y en los políticos, ¿qué estamos haciendo cada uno de nosotros para saciar el hambre de esos millones de personas que se están muriendo de hambre?

2.- Le seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. En este texto evangélico hemos visto que la misericordia de Dios es infinita, pero también podemos ver en este mismo texto que el egoísmo y la tacañería humana es humana, demasiado humana. La mayor parte de la gente que seguía a Jesús no lo hacía por amor a Jesús, sino por amor a sí mismos. Cuando llegaba Jesús a un determinado lugar la gente sencilla acudía en masa a verle. ¿Para qué? Para que les curara de sus enfermedades o, como en este caso, para que les resolviera sus problemas sociales y laborales. Al final del texto nos dice el evangelista que Jesús, “sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo”. Es decir, que hombres eran entonces y hombres somos ahora: siempre preocupados por nosotros mismos y pocas veces preocupados por los demás. Gracias a Dios que hay maravillosas excepciones, hay personas que intentan de verdad, y a veces lo consiguen, parecerse a Jesús de Nazaret. Vamos a pedirle al buen Dios que nos ayude a despojarnos de nuestro habitual egoísmo y que nos dé fuerzas para vestirnos con el hábito de generosidad y amor de su hijo, Jesús. Puesto que sabemos que también hoy la gente sencilla nos seguirá principalmente por nuestra generosidad y por nuestro amor, seamos generosos y caritativos con la gente. Al estilo de Jesús.

3.- Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente, con amor. Al final, como se nos dice hoy en esta carta de san Pablo a los Efesios, lo que debe distinguir a los cristianos es el amor. El amor de Cristo, claro. Dios es amor y, si vivimos con amor y por amor, viviremos como Dios, como vivió el Cristo que multiplicó los cinco panes y los dos peces. El amor, según san Pablo, es humildad, es amabilidad, es comprensión, es comunión, es paz. El espíritu de Cristo fue también amor, un amor que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Si todos los cristianos tuviéramos el espíritu de Cristo, la gente, la gente sencilla al menos, nos seguiría como siguió a Jesús.

 

Gabriel González del Estal

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EL GRAN SIGNO DE LA SOLIDARIDAD

1.- Ver el hambre de la gente. En tiempo de Eliseo el pueblo está sufriendo en carne viva las consecuencias de un hambre prolongada. Era una costumbre el llevar a los hombres de Dios, como signo de sacrificio y consagración a Dios, los primeros frutos del campo. Lo que en principio estaba destinado para el goce de uno solo, por obra de Dios en manos de su profeta, se va a convertir en salud para muchos. El paralelismo de este relato con los evangélicos de la multiplicación de los panes es verdaderamente llamativo. Dios no abandona del todo a su pueblo. Jesús en el evangelio hace realidad la Buena Nueva que predica. Nadie le pide que intervenga. Es él mismo quien intuye el hambre de aquella gente y plantea, movido por la compasión, la necesidad de alimentarla. Jesús no solo alimentaba a la gente con la Buena Noticia de Dios, sino que le preocupaba también el hambre de sus hijos e hijas.

2.- El gran signo es “compartir”. El signo de la multiplicación de los panes está en los cuatro evangelistas, lo cual quiere decir esta comida compartida impresionó a los primeros cristianos. Es un texto cargado de simbolismo. Lo explica así San Agustín: “Los cinco mil hombres significan el pueblo sometido a los cinco libros de la ley; los doce canastos son los doce apóstoles, que, a su vez, se llenaron con los fragmentos de la ley. Los dos peces son o bien los dos mandamientos del amor de Dios y del prójimo, o bien los dos pueblos: el de la circuncisión y el del prepucio, o las dos funciones sagradas, la real y la sacerdotal”. Los apóstoles, acomodando a las gentes, repartiendo el pan y recogiendo las sobras, hacen referencia a la Iglesia, dispensadora del pan de los pobres y del pan de la Palabra y la Eucaristía. Jesús une la palabra y el pan. La Iglesia, si quiere ser fiel a Cristo, ha de unir a la palabra el pan de la caridad. Esta comida compartida era para los primeros cristianos un símbolo atractivo de la comunidad nacida de Jesús para construir una humanidad nueva y fraterna. Si hay hambre en el mundo, no es por escasez de alimentos sino porque nos falta generosidad para compartir. No echemos la culpa solo a los poderosos. La gente se muere de hambre porque somos egoístas. La lacra del hambre es consecuencia de nuestro pecado, pues Dios ha puesto los bienes del mundo al servicio de todos, no de unos pocos. Nosotros podemos saciar el hambre, Jesús nos lo pide: "Dadles vosotros de comer".

3.- La misión de la Iglesia. Los pastores de la Iglesia han de dar ese pan y ayudarnos a compartirlo. Deben ayudar a que llegue a todos el pan material que acaba con el hambre del cuerpo, y el pan de la palabra y la Eucaristía, que sacia el hambre más existencial del hombre. En este signo de la multiplicación de los panes se ven diseñadas las tareas pastorales de la Iglesia: predicar la palabra, repartir el pan eucarístico y servir el pan a los pobres. El hambre de verdad y plenitud sólo puede saciarla Dios. No nos reservemos para nosotros la gracia recibida. Son doce los cestos sobrantes, somos nosotros ahora los discípulos de Jesús. Vivamos de verdad la gran fiesta de la solidaridad

 

José María Martín OSA

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LA BUENA VOLUNTAD, VALE TODO

1.- Todos sabemos lo que significa el pan. Entre otros aspectos, nos trae connotaciones de bienestar. Nos recuerda que, el trabajo, nos procura aquello que más necesitamos para seguir adelante: el pan de cada día.

El sabor a pan marca también el evangelio de este domingo. El secreto de la generosidad no está en la abundancia sino en la bondad del corazón. Constantemente nos encontramos con personas acaudaladas que son inmensamente tacañas y, por el contrario, con gente con escasos recursos económicos que son tremendamente espléndidos.

Y es que, la buena voluntad, es lo que nos hace grandes, solidarios, cercanos y sensibles a las carencias de los demás. Cuando existe la buena voluntad, está asegurado el primer paso para alcanzar un corazón grande. Es el todo, aún teniendo poco.

2.- Para muestra un botón; un Jesús consciente de la necesidad de aquellos que le escuchaban. Eran personas con hambre de Dios pero, como humanos, con ganas de pan recién amasado. Las dos carencias, supo y quiso satisfacer con mano providente. Jesús les dio el pan del cielo y les multiplicó a manos llenas el pan que requerían para seguir viviendo.

¿Qué hubiera ocurrido con aquellas personas si Jesús no hubiera salido al frente de aquella necesidad? ¿Hubieran desertado? ¿Se hubieran quedado famélicos y decepcionados? Tal vez. Pero, el Evangelio, nos habla del auxilio puntual de Jesús. En su mano se encuentra la bondad misma de Dios. Es un Dios que salva al hombre de sus angustias.

3.- Que aprendamos esta gran lección: la felicidad no reside tanto en el tener cuanto en el compartir. Cuando se ofrece, el corazón vibra, se oxigena, se rejuvenece. ¿Sirve, al final de la vida, un gran patrimonio que no ha estado inclinado o abierto al servicio de alguien o de una buena causa cristiana?

Todos, cada día, debiéramos de mirar nuestras manos. No para que nos lean el futuro, cuanto para percatarnos si –en esas horas– hemos realizado una buena obra; si hemos ofrecido cariño; si hemos desplegado las alas de nuestra caridad; si hemos construido o por el contrario derrumbado; si nos hemos centuplicado o restado en bien de la justicia o de la fraternidad.

Si, amigos. Cada día que pasa, cada día que vivimos es una oportunidad que Dios nos da para multiplicarnos, desgastarnos y brindarnos generosamente por los demás.

Al fin y al cabo, en el atardecer de la vida, nos examinarán del amor. Dejarán de tener efecto nuestras cuentas corrientes. Nuestras inversiones. Nuestros apellidos y nobleza. Nuestra apariencia y riqueza….y comenzará a valer, su peso en oro, las manos que supieron estar siempre abiertas.

 

Javier Leoz

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