¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

EVANGELIO DEL DÍA

Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Jn 6, 68

 

    

Viernes, 19 de enero de 2018

Semana 2ª durante el año

Feria - Verde

1 Samuel 24, 3-21 / Marcos 3, 13-19

Salmo responsorial Sal 56, 2-4. 6. 11

R/. "¡Ten piedad de mí, Dios mío, ten piedad!”

 

Santoral:

Santos Mario, Marta y sus Hijos Audifax y Abaco,

San Canuto y San Macario

 

 

Suelta tu carga

 

Un hombre iba por un camino con un pesado costal de papas

sobre sus espaldas. Caminaba lenta y sufridamente.

Dios, que lo veía, le preguntó: "¿Hacia dónde vas con ese costal de papas?".

El hombre miró hacia el cielo y le respondió insolentemente:

"¿Por qué me preguntas si tú lo sabes todo?". Y siguió su camino.

 

En otro lugar, alejado de allí, otro hombre iba cargando

una carretilla llena de ladrillos.

Dios, que lo veía le preguntó: "¿Hacia dónde vas con esa carretilla?".

El hombre respondió: "Voy al pueblo".

Dios le dijo: "¿Quieres que te ayude con esa carga?".

El hombre le contestó: "Puedo solo"...

 

En otro lugar, un hombre iba cargando un montón de leña

atada con una cuerda.

Dios, que lo veía, le dijo: "¿Hacia dónde vas con esa leña?".

El hombre respondió: "La llevo a mi casa al otro lado

de ese cerro".

Dios le dijo:- ¿quieres que te ayude?".

El hombre accedió y Dios tomó la cuerda y cargó la leña.

Poco habían caminado, cuando el hombre le quitó la leña a Dios

y la volvió a cargar él mismo. Dios siguió caminando a su lado

y un kilómetro más adelante, el hombre se la volvió a entregar 

para que Él la cargara. Pero, más adelante, el hombre se la volvió

a quitar y la cargó nuevamente y así siguió a lo largo del camino...

 

En otro lugar, muy lejos de allí, otro hombre iba por un camino llevando

un pesado costal de arena.

Dios, que lo veía, le dijo: "¿Hacia dónde vas con ese costal de arena?".

El hombre respondió: "Tengo que llevárselo a mi patrón, que vive

a 5 Km.. de aquí".

Le dijo Dios: "¿Quieres que te ayude?".

El hombre sonrió y le dijo: "¡Oh sí Señor, yo ya no puedo con esta carga!"

y se la entregó. Siguieron caminando y el hombre le iba contando a Dios

alegremente de su vida, de su familia y de su trabajo. Le hacía preguntas,

le pedía opiniones, en fin, el hombre y Dios, conversando y conversando,

llegaron a destino. El hombre ya no se había acordado más de su carga.

El Señor mismo cumplió la encomienda de entregársela al patrón

de aquel hombre. El hombre agradeció mucho la ayuda y el Señor le dijo:

“No te dejaré ni te desampararé, siempre que me necesites, estaré contigo”.

 

¿Con cuál de estos cuatro hombres te identificas?

¿Eres como el primero que cuando tienes problemas, no tomas en cuenta a Dios?...

O ¿eres como el segundo hombre, orgulloso y soberbio, que no acepta

la ayuda de nadie? O ¿eres como el tercer hombre, que entrega su carga

a Dios, pero en realidad su fe es escasa y decide volverla a cargar él mismo?

 

O ¿eres como el cuarto hombre, que mantiene una buena relación con Dios

y humildemente y con alegría, acepta Su ayuda y se olvida de su carga

hasta el final del camino, porque confía en que Él tiene el poder para librarlo

de esa carga, al punto de que él ya no tiene que preocuparse más por ella?...

 

Quizá cuando estás en problemas acudes a Dios, le pides, le lloras,

pero no sueltas tu carga. Sigues soportando y sufriendo, en constante afán.

Sólo cuando voluntariamente le entregues esa carga, Él la tomará

y la cargará sobre Sus hombros.

 

Sigue el ejemplo del cuarto hombre, mantén una buena relación con Dios,

deja que Él te ayude con toda tu carga y descansa en Él, esto quiere

decir que ya no vas a seguir angustiado, porque tu problema está en Sus manos.

Ya no vas a sentir su peso, ¡porque ese peso lo está llevando el Señor!.

 

¿Cuál es tu carga?...

¿Decepción, traición, resentimiento, abuso, abandono, soledad, tristeza,

baja autoestima, adicciones...? Cualquiera que sea tu carga, no importa

el tiempo que la llevas sobre tu espalda, Jesús te dice:

Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados,

y yo les daré descanso” (Mateo 11, 28)

¡DIOS ES MAS GRANDE QUE TUS PROBLEMAS!

 

 

 

 

 

 

Liturgia - Lecturas del día

 

 

Viernes, 19 de enero de 2018

No extenderé mi mano contra el rey,

porque es el ungido del Señor

 

Lectura del primer libro de Samuel

 

24, 3-21

 

Saúl reunió a tres mil hombres seleccionados entre todo Israel y partió en busca de David y sus hombres; hacia las Peñas de las Cabras salvajes. Al llegar a los corrales de ovejas que están junto al camino, donde había una cueva, Saúl entró a hacer sus necesidades. En el fondo de la cueva, estaban sentados David y sus hombres. Ellos le dijeron: «Éste es el día en que el Señor te dice: "Yo pongo a tu enemigo en tus manos; tú lo tratarás como mejor te parezca"».

Entonces David se levantó y cortó sigilosamente el borde del manto de Saul. Pero después le remordió la conciencia, por haber cortado el borde del manto de Saúl, y dijo a sus hombres: «¡Dios me libre de hacer semejante cosa a mi señor, el ungido del Señor! ¡No extenderé mi mano contra él, porque es el ungido del Señor!» Con estas palabras, David retuvo a sus hombres y no dejó que se abalanzaran sobre Saúl. Así Saúl abandonó la cueva y siguió su camino.

Después de esto, David se levantó, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl: «¡Mí señor, el rey!» Saúl miró hacia atrás, y David, inclinándose con el rostro en tierra, se postró y le dijo: «¿Por qué haces caso a los rumores de la gente, cuando dicen que David busca tu ruina? Hoy has visto con tus propios ojos que el Señor te puso en mis manos dentro de la cueva. Aquí se habló de matarte, pero yo tuve compasión de ti y dije: "No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido del Señor".

¡Mira, padre mío, sí, mira en mi mano el borde de tu manto! Si yo corté el borde de tu manto y no te maté, tienes que comprender que no hay en mí ni perfidia ni rebeldía, y que no he pecado contra ti. ¡Eres tú el que me acechas para quitarme la vida! Que el Señor juzgue entre tú y yo, y que Él me vengue de ti. Pero mi mano no se alzará contra ti.

"La maldad engendra maldad", dice el viejo refrán. Pero yo no alzaré mi mano contra ti. ¿Detrás de quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién estás persiguiendo? ¡A un perro muerto! ¡A una pulga! ¡Que el Señor sea el árbitro y juzgue entre tú y yo; que Él examine y defienda mi causa, y me haga justicia, librándome de tu mano!»

Cuando David terminó de dirigir estas palabras a Saúl, éste exclamó: «¿No es esa tu voz, hijo mío, David?», y prorrumpió en sollozos. Luego dijo a David: «La justicia está de tu parte, no de la mía. Porque tú me has tratado bien y yo te he tratado mal. Hoy sí que has demostrado tu bondad para conmigo, porque el Señor me puso en tus manos y tú no me mataste. Cuando alguien encuentra a su enemigo, ¿lo deja seguir su camino tranquilamente? ¡Que el Señor te recompense por el bien que me has hecho hoy! Ahora sé muy bien que tú serás rey y que la realeza sobre Israel se mantendrá firme en tus manos».

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                                 56, 2-4. 6. 11

 

R.    ¡Ten piedad de mí, Dios mío, ten piedad!

 

Ten piedad de mí, Dios mío, ten piedad,

porque mi alma se refugia en ti;

yo me refugio a la sombra de tus alas

hasta que pase la desgracia. R.

 

Invocaré a Dios, el Altísimo,

al Dios que lo hace todo por mí:

Él me enviará la salvación desde el cielo

y humillará a los que me atacan.

¡Que Dios envíe su amor y su fidelidad! R.

 

¡Levántate, Dios, por encima del cielo,

y que tu gloria cubra toda la tierra!

Porque tu misericordia se eleva hasta el cielo,

y tu fidelidad hasta las nubes. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

Llamó a los que quiso para que estuvieran con Él

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos

3, 13-19

 

Jesús subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él, y Jesús instituyó a doce, a los que les dio el nombre de Apóstoles, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios.

Así instituyó a los Doce: Simón, al que puso el sobrenombre de Pedro; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, hermano de Santiago, a los que dio el nombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno; luego, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Tadeo, Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

 

Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

1Sam. 24, 3-21. ¿Quién es justo, sino sólo Dios? ¿Quien de nosotros pudiera decir que no tiene pecado, para lanzar la primera piedra contra los pecadores?

Dios quiere que reconozcamos nuestra propia realidad, aquella que sólo Él conoce, pues ante Él estamos como desnudos: todo está patente ante sus ojos. Él podría habernos condenado; pero el amor que nos tiene le llevó incluso a enviarnos a su propio Hijo para que, libres por medio de Él de todo pecado, podamos presentarnos ante Él santos, purificados y convertidos en hijos suyos.

No condenemos y no seremos condenados; no juzguemos y no seremos juzgados. Y aun cuando tengamos a nuestro enemigo a la altura de nuestra mano jamás nos hagamos justicia, pues nosotros hemos sido enviados como signos del amor de Cristo para salvar a todos, pues el juicio sólo le corresponde a Dios; y Él nos tiene paciencia y retarda su juicio hasta el final de nuestra vida; mientras, como un Padre amoroso, espera nuestro retorno para recibirnos llenos de alegría en su casa.

Amemos, por tanto, a nuestros hermanos, como nosotros hemos sido amados por Dios.

 

Sal. 57 (56). Dios es nuestro poderoso refugio; quienes confiamos en Él jamás seremos defraudados.

Sin embargo esto no elude nuestras responsabilidades, ni puede hacernos temerosos en el anuncio del Evangelio. Dios nos quiere fuertes en la fe y en el testimonio de la Buena Nueva que nos ha confiado, sabiendo que, aun cuando los demás nos persigan y acaben con nuestra vida, Dios nos levantará victoriosos al final del tiempo.

Nosotros no buscamos, de un modo enfermizo, camuflado en una falsa espiritualidad, morir por el Evangelio, sino el anunciarlo con toda lealtad, aceptando, con amor, todo aquello que podría venírsenos como consecuencia del cumplimiento de la Misión que el Señor nos ha confiado.

 

Mc. 3, 13-19. De entre la multitud Jesús escoge doce, a los que da el nombre de Apóstoles. Hay una finalidad: Para que se queden con Él; para mandarlos a predicar y para que tuvieran el poder de expulsar a los demonios.

En primer lugar debemos tener una experiencia personal del Señor. Un enviado debe convivir con quien lo envía, y saber cuáles son sus planes, sus proyectos; en nuestro caso: conocer el plan, el proyecto de salvación de Dios sobre la humanidad.

Además no sólo conocer la voluntad de Dios, sino ser uno mismo objeto de esa voluntad salvífica. Entonces podrá uno ir no sólo como profeta, sino como testigo del amor y de la misericordia de Dios.

Aquel que va, no en nombre propio, sino en Nombre de Jesús, participa de su Misión, la que Él recibió del Padre; y participa también de su poder para vencer al mal. Así, el enviado se convierte en la prolongación espiritual de Jesús en la historia; es el memorial del Señor que continúa salvando, que continúa liberando al hombre de sus esclavitudes y que continúa entregando su vida para que a todos llegue el perdón de Dios y la Vida y el Espíritu que Él ofrece a quienes crean en Él.

Para los que hemos sido llamados como testigos de Cristo en el mundo, el reunirnos para la celebración de la Eucaristía se convierte para nosotros en una necesidad que nos lleva tanto a estar con el Señor, como a escuchar su Palabra para hacerla nuestra, para conformar a ella nuestra vida.

Sólo después de haber estado con el Señor podremos anunciar con verdad su Nombre a los demás.

Cristo nos quiere siempre unidos a Él. Y nuestra unión a Él se realiza, especialmente en la Eucaristía; pero también se realiza a través de nuestra unión a quienes Él escogió como apóstoles suyos y como sucesores de ellos en la Iglesia.

Aquel que viva fiel en la escucha y en la puesta en práctica de las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, puede decir que entra en intimidad con Cristo y permanece en la Verdad. Por eso, a la par que vivimos nuestra unión con el Señor en la celebración del Memorial de su Pascua, aprendamos a vivir unidos a aquellos que legítimamente han sido constituidos en Pastores y Cabeza del Pueblo de Dios.

Dios ha enviado a su Iglesia a proclamar el Evangelio.

La Buena noticia del amor de Dios no podemos proclamarla sólo por habernos convertido en eruditos de la predicación. Quien no entre en una relación de intimidad con el Señor no puede sentirse autorizado a proclamar el Evangelio de Salvación a los demás, pues no son los medios humanos, sino el Espíritu Santo el que da la eficacia necesaria al anuncio del Evangelio para que se convierta en Palabra de Salvación para el mundo.

A partir de vivir unidos a Jesucristo por la fe podremos ver con sus ojos el mundo y su historia; entonces podremos sentir como nuestras las miserias de los demás y buscaremos soluciones adecuadas a las mismas, no desde nuestras imaginaciones, sino desde el corazón amoroso y misericordioso de Dios.

Sólo entonces no permaneceremos indiferentes al pecado del mundo, sino que, incluso con la entrega de nuestra propia vida, trabajaremos para que la salvación llegue a todos.

Aquel que vive lejos de Dios y se dedica a proclamar su Nombre, lo único que hará es tratar de pasar como un sabio, conforme a los criterios del mundo, esperando la alabanza de los demás por sus discursos bien elaborados, pero será incapaz de involucrarse en la acción salvífica de Dios aceptando incluso dar su vida por el bien de los demás.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir de tal forma unidos a Jesucristo, su Hijo, que no sólo anunciemos su Nombre a los demás con las palabras, sino que nuestra vida misma se convierta en un signo de su amor salvador para toda la humanidad. Amén.

 

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