¡Alégrate, el Señor está contigo!

 

EVANGELIO DEL DÍA

Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Jn 6, 68

 

    

Sábado, 23 de junio de 2018

Semana 11ª durante el año

Feria o Memoria libre – Verde / Blanco

2 Crónicas 24, 17-25 / Mateo 6, 24-34

Salmo responsorial Sal 88, 4-5. 29-35

R/. “El Señor asegura su amor eternamente”

 

Santoral:

San Gaspar de Búfalo, San José Cafasso,

Beato Bernhard Lichtenberg

y Beata María Rafaela

 

 

Que yo, Señor, también te anuncie

 

Por mis senderos y mis propias calles

llevando a los que me rodean a tu CAMINO

y te conozcan y te amen,

al igual que yo lo hago contigo.

Que en medio de tantos desiertos,

de los que te buscan y no te encuentran,

de los que andan perdidos y no quieren dar contigo,

de los que te conocieron y te olvidaron,

nunca me eche atrás, oh Señor,

y siga siendo heraldo de tu Evangelio,

pregonero de tus gracias y de tu presencia,

altavoz de tus verdades grandes y ciertas.

 

Que yo, Señor, también te anuncie.

Con mis palabras, pero sobre todo, con mi vida.

Con mi alegría, pero ante todo, con mi corazón.

Con mi fuerza, pero siempre, con tu Espíritu.

Con mi convencimiento, pero con tu auxilio.

 

Que yo, Señor, también te anuncie.

Que sea profeta en este mundo incierto

en el que sobra la  palabrería

y echamos en falta palabras de amor y de consuelo.

Que sea un pequeño profeta, oh Señor,

y, como Juan Bautista, comunique tu llegada

que, hoy y aquí, sigues vivo  entre nosotros,

empujando y sosteniendo a tu Iglesia,

alimentando las esperanzas de tu pueblo,

dando testimonio de que, Tú, eres el Hijo de Dios.

Tú, Cordero de Dios, que vienes a salvarnos

bendícenos con tu mano siempre abierta

y que, lejos de fatigarnos,

nos des la fuerza del Espíritu Santo,

para seguir siendo voces de tu Reino.

Amén.

 

P. Javier Leoz

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Liturgia - Lecturas del día

 

 

Sábado, 23 de junio de 2018

 

Zacarías, al que asesinaron entre el santuario y el altar

 

Lectura del segundo libro de las Crónicas

24, 17-25

 

 

Después de la muerte del sacerdote Iehoiadá, los jefes de Judá fueron a postrarse delante del rey, y éste se dejó llevar por sus palabras. Entonces abandonaron el la Casa del Señor, el Dios de sus padres, y rindieron culto a los postes sagrados y a los ídolos. Por este pecado, se desató la indignación del Señor contra Judá y Jerusalén. Les envió profetas que dieron testimonio contra ellos, para que se convirtieran al Señor, pero no quisieron escucharlos.

El espíritu de Dios revistió a Zacarías, hijo del sacerdote Iehoiadá, y éste se presentó delante del pueblo y les dijo: «Así habla Dios: ¿Por qué quebrantan los mandamientos del Señor? Así no conseguirán nada. ¡Por haber abandonado al Señor, Él los abandonará a ustedes!»

Ellos se confabularon contra él y, por orden del rey lo apedrearon en el atrio de la Casa del Señor. El rey Joás no se acordó de la fidelidad que le había profesado Iehoiadá, padre de Zacarías, e hizo matar a su hijo, el cual exclamó al morir: «¡Que el Señor vea esto y les pida cuentas!»

Al comenzar el año, el ejército de los arameos subió a combatir contra Joás. Invadieron Judá y Jerusalén, ejecutaron a todos los jefes que había en el pueblo, y enviaron el botín al rey de Damasco. Aunque el ejército de Arám había venido con pocos hombres, el Señor entregó en sus manos a un ejército mucho más numeroso, por haberlo abandonado a Él, el Dios de sus padres. De esta manera los arameos hicieron justicia con Joás, y cuando se fueron, lo dejaron gravemente enfermo. Sus servidores tramaron una conspiración contra él para vengar la sangre del hijo del sacerdote Iehoiadá, y lo asesinaron en su mataron cuando estaba en su lecho. Así murió y fue sepultado en la Ciudad de David, pero no en el sepulcro de los reyes.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO REPONSORIAL                                         88, 4-5. 29-35

 

R.    El Señor asegura su amor eternamente.

 

Yo sellé una Alianza con mi elegido,

hice este juramento a David, mi servidor:

«Estableceré tu descendencia para siempre,

mantendré tu trono por todas las generaciones». R.

 

Le aseguraré mi amor eternamente,

y mi Alianza será estable para él;

le daré una descendencia eterna

y un trono duradero como el cielo. R.

 

Si sus hijos abandonan mi enseñanza

y no proceden de acuerdo con mis juicios;

Si profanan mis preceptos

y no observan mis mandamientos,

castigaré sus rebeldías con la vara y sus culpas, con el látigo. R.

 

Pero a él no le retiraré mi amor

ni dementiré mi fidelidad;

no quebrantaré mi Alianza

ni cambiaré lo que salió de mis labios. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

No se inquieten por el día de mañana

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

6, 24-34

 

Dijo Jesús a sus discípulos:

Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer o qué van a beber, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido?

Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros y, sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?

¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!

No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?» Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.

Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.

 

Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

2 Crón. 24, 17-25. A pesar de las infidelidades del Pueblo, Dios jamás lo abandonará, ni dejará de cumplirle las promesas que le hizo. Ojalá y no nos hagamos reos de la sangre derramada, desde el justo Abel, hasta la de Zacarías, asesinado entre el Altar y el Santuario.

No podemos negar nuestras propias infidelidades a nuestro Dios y Padre. Sin embargo el Señor jamás nos ha abandonado, sino que nos ha tendido la mano cuando le buscamos con un corazón sincero. Él no se olvida de que es nuestro Padre. Él no quiere castigarnos. Más bien Él espera que nos convirtamos y vivamos para Él en una continua alabanza a su Santo Nombre. En Cristo Jesús, su Hijo, hemos recibido el perdón y la gracia. Quienes aceptamos entrar en comunión de vida con Él no escuchamos sentencia de condenación, sino palabras de perdón y de disculpa ante el trono de Dios.

¿Aprovecharemos la gracia que Dios nos ofrece en su Hijo?

 

Sal. 89 (88). Lo que Dios da lo da de una vez y para siempre. Él jamás se arrepiente de sus promesas; Él cumplirá todo aquello en lo que empeñó su Palabra.

Dios nos ha llamado a la vida para que estemos con Él eternamente. A veces la vida se nos complica un poco o un mucho. Mas no por eso podemos pensar que Dios se ha olvidado de nosotros. Dios jamás nos retirará su favor, y siempre estará junto a nosotros como poderoso Salvador. Tratemos de vivir nuestro compromiso de fe con Él, de tal forma que en verdad podamos ser dignos de alcanzar los bienes eternos, como gracia de Dios y como término de nuestro camino tras las huellas del amor fiel de Jesucristo.

 

Mt. 6, 24-34. Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón. Si hemos optado por el Reino de Dios lo demás vendrá a nosotros por añadidura, viviremos en paz y sabremos que Dios protege a quienes le aman y le viven fieles.

Este texto de la Escritura no puede provocar en nosotros la flojera, haciéndonos pensar equivocadamente que, puesto que Dios es nuestro Padre, Él velará por nosotros y no dejará que muramos de hambre; y, por tanto, si hay pobres, no tenemos por qué preocuparnos de ellos, pues tienen un Padre del Cielo que vele por ellos mejor de como cuida a los pájaros del cielo y las flores del campo.

El Señor nos ha pedido que hagamos una opción fundamental por el Reino de los Cielos; y que, puestos a su servicio, no nos esclavicemos a lo pasajero de tal forma que embote nuestra mente y nuestro corazón, y nos impida amar con el compromiso de llegar incluso a quitarnos lo nuestro para vestir y alimentar a los que nada tienen.

Si conocemos a Dios es porque amamos a nuestro prójimo; quien no conoce a Dios no ama a su prójimo, porque Dios es amor; y en el amor hay más alegría en dar que en recibir.

Por tanto, hablar de Dios nos debe llevar a amar haciendo el bien a nuestro prójimo hasta dar la vida por Él; este es el lenguaje del verdadero cristiano; y no lo es el de aquel que para dar culto a Dios se pierde entre ceremonias cargadas de signos materiales, pero que ha perdido el sentido del amor al prójimo, especialmente de aquel que sufre azotado por la pobreza, por la enfermedad o por las esclavitudes nacidas del pecado.

En esta Eucaristía estamos siendo testigo de la fidelidad del Señor a la Alianza que ha sellado con nosotros por medio de su sangre. Él se ha puesto exclusivamente a nuestro servicio para que encontremos en Él la salvación, es decir, nuestra plena unión con Dios.

En Cristo Dios nos ha buscado para salvarnos, para reunirnos en un sólo pueblo que, como un sólo Cuerpo cuya Cabeza es el Señor, seamos como una continua ofrenda de alabanza tributada a su santo Nombre.

A pesar de nuestra fragilidad y de que continuamente nos seducen las cosas pasajeras, en el Señor encontramos la gracia suficiente que nos basta para que en nosotros se manifieste el poder salvador de Dios. Por eso no tememos ningún mal, pues el Señor, en verdad, está con nosotros.

Pero no basta con darle culto al Señor; no basta con tener conciencia de su poder salvador en nosotros; no basta con sabernos amados y protegidos por el Señor. Quien tiene esa experiencia de Él es porque el mismo Señor lo quiere convertir en un signo de su amor, de su bondad, de su misericordia, de su perdón, de su providencia para toda la humanidad, especialmente para los más desprotegidos. Quien contemple el sufrimiento o el dolor de muchos que padecen estas miserias y viva como hombre sin entrañas ante ellos, no puede decirse persona de fe y mucho menos decir que es hijo de Dios.

Peor es aquel que se convierte en causa de dolor y sufrimiento para los inocentes y desprotegidos.

Dios quiere que seamos signos de su amor, sin esclavitudes a lo pasajero, sin que seamos ocasión de escándalo para los demás, acumulando riquezas para nosotros mismos sin saber compartir, incluso, la propia vida con los demás haciéndoles siempre el bien, como Dios lo ha hecho en favor nuestro.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, la capacidad de amar como Él nos ha amado a nosotros. Amén.

 

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